La mala educación

En México es casi obligado pensar que los políticos son inútiles. Eso, en el mejor de los casos. El ejercicio cognitivo que implica alabar las virtudes, inteligencia o trayectoria de un político es tan agotador, tan alejado de nuestra realidad, que se decide ni siquiera practicarlo. Es comprensible que tirar árboles sea mucho más sencillo y divertido quizá, que plantarlos, cuidarlos o regarlos. Procuramos entonces serruchar los discursos de nuestros representantes y deshojar sus propuestas. Sus palabras nos parecen vacías, huecas, alejadas de la realidad, ineptas. Sus acciones burdas, torpes e incomprensibles. Todo, desde sus actos de corrupción, sus propuestas legislativas (o la inexistencia de las mismas), sus gastos desorbitados y pasando por sus peinados y romances, nos parece indicadores claros, consistentes e inequívocos de su estupidez. No le damos más vueltas al asunto: nuestros políticos tienen la cabeza tan vacía como la Cámara de Diputados en sus prolongadas vacaciones.

Sin embargo, y contrario a lo que muchos quisieran creer, existe un argumento razonablemente sólido para desestimar lo anterior. En la escuela nos enseñaron a todos a seguir y creer ciegamente en un sistema numérico que matemáticamente probaba quién era inteligente y quién no. Quién se sacaba el diploma al final del año y la foto con el director, y quién era regañado por sus padres porque no apreciaba “el gran esfuerzo” que éstos hacían por él o ella. Con esto me refiero a las calificaciones. Hoy día es impensable la utilización de otro tipo de método escolar por el cual se mida la aptitud de los estudiantes, su preparación para seguir avanzando los niveles educativos, cual videojuego, en el cual nuestros políticos han llegado a los niveles más altos y con muchas “vidas”.

El argumento de inutilidad procurado contra nuestros representantes, pierde solidez y peso cuando evaluamos sus respectivas credenciales académicas (las cuales, como ya vimos, otorgarían el título nobiliario e intangible de “inteligencia” en nuestro mundo). Es ahí donde los políticos le regresan a la ciudadanía la cachetada de la incompetencia con el guante más blanco de su repertorio. Empecemos pues por el Presidente Calderón. El hombre es abogado por la Escuela Libre de Derecho (una de las más prestigiosas y tradicionales en ese ámbito en el país), y cuenta con una maestría en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (otra casa de estudios reconocida por su calidad), y por si fuera poco, una maestría en Administración Pública de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la que es, quizá, la mejor y más reconocida universidad a nivel mundial: Harvard.

La erudición no para ahí. Ernesto Cordero, secretario de Hacienda y el mismo que alguna vez declaró que con seis mil pesos podía vivir una familia mexicana pagando escuela privada y con auto y casa propia, logró llegar a ese razonamiento después de haberse graduado como actuario en el ITAM, realizado una maestría en economía en la misma universidad y rematando con otra maestría en economía, esta vez por la Universidad de Pennsylvania. Alonso Lujambio, secretario de Educación Pública es un graduado en Ciencias Sociales por el ITAM, y además Maestro en Ciencias Políticas por otra de las instituciones más prestigiosas del orbe: Yale.

Aún así se entendería el tildar de indoctos a nuestra intelectual élite gobernante si ésta fuera una modalidad nueva o de reciente adquisición por parte de la sociedad mexicana, acostumbrada a ser representada por mequetrefes. Sin embargo, desde aquel primer Licenciado que se convirtió en Presidente, éste título ha sido un mínimo necesario (aunque no por la Constitución) para considerarse un digno habitante de los Pinos, u ocupante de un curul o cargo gubernamental. Empero, la verdadera revolución tecnocrática se suscitó a partir del gobierno de Salinas de Gortari, doctor en economía por la universidad de Harvard (aunadas a otras dos maestrías por la misma institución). Le sucedió en el cargo Ernesto Zedillo, que graduado del modesto Instituto Politécnico Nacional, voló alto hacia Connecticut para realizar estudios de maestría y doctorado en Yale, donde actualmente se desempeña como catedrático. Vicente Fox por su parte, puede presumir en su rancho un diploma de la Universidad Iberoamericana, y juntito, uno de Harvard.

Los anteriores datos ponen en una severa disyuntiva y dilema a aquel que busca resolver los problemas del país al declarar categóricamente, que sus políticos no cuentan con el capital intelectual suficiente. Por un lado, si en efecto somos gobernados por inútiles, ¿cómo hicieron éstos para graduarse de algunas de las universidades más prestigiosas de México y el mundo? ¿Qué clase de institución permitiría el recibimiento de semejantes ignorantes? ¿Qué credibilidad le resta entonces a Harvard, a Yale o al ITAM? Por el otro, si esos títulos fueron ganados a pulso, sangre, sudor y horas de estudio ¿por qué salen tan mal las cosas? ¿Por qué México no camina como se espera? ¿Qué hacen estas personas con el conocimiento del que presume su semblanza? Está también la tercera opción, la cual invita al mundo de las conspiraciones y a creer que en efecto los políticos ponen a trabajar a sus cerebros al máximo a diario, pero a título y beneficio personal.

Sin embargo, creo que la reflexión ulterior radica en la disonancia que producen, en algunos casos, las calificaciones, los dieces, las estrellitas en la frente y los resultados, acciones, discursos pronunciados y rumbo actual, no sólo de México, sino del mundo. Las boletas de calificaciones vuelan cual servilletas en el aire fuera de los salones, y ahí se pierden.

Cabe resaltar que este mal no es endémico de los políticos y que éstos sirven como un perfecto ejemplo de las cuestiones más profundas sobre nuestros sistemas sociales y económicos contemporáneos.

¿Qué hacemos con el sistema educativo actual, imperante en la mayor parte del mundo? ¿Sirve? ¿Qué beneficios le ha traído al mundo que sus líderes (en distintos sectores) sean eruditos graduados? ¿Cuál es el camino a seguir?

Continuaremos en la siguiente entrega.

Anuncios

Comments

  1. Caudal says:

    //
    Estás leyendo…
    El Rincón del Bardo
    La mala educación
    Posted by lmdrgl ⋅ 6 mayo, 2011 ⋅ 1 comentario

    En México es casi obligado pensar que los políticos son inútiles. Eso, en el mejor de los casos. El ejercicio cognitivo que implica alabar las virtudes, inteligencia o trayectoria de un político es tan agotador, tan alejado de nuestra realidad, que se decide ni siquiera practicarlo. Es comprensible que tirar árboles sea mucho más sencillo y divertido quizá, que plantarlos, cuidarlos o regarlos. Procuramos entonces serruchar los discursos de nuestros representantes y deshojar sus propuestas. Sus palabras nos parecen vacías, huecas, alejadas de la realidad, ineptas. Sus acciones burdas, torpes e incomprensibles. Todo, desde sus actos de corrupción, sus propuestas legislativas (o la inexistencia de las mismas), sus gastos desorbitados y pasando por sus peinados y romances, nos parece indicadores claros, consistentes e inequívocos de su estupidez. No le damos más vueltas al asunto: nuestros políticos tienen la cabeza tan vacía como la Cámara de Diputados en sus prolongadas vacaciones.

    Sin embargo, y contrario a lo que muchos quisieran creer, existe un argumento razonablemente sólido para desestimar lo anterior. En la escuela nos enseñaron a todos a seguir y creer ciegamente en un sistema numérico que matemáticamente probaba quién era inteligente y quién no. Quién se sacaba el diploma al final del año y la foto con el director, y quién era regañado por sus padres porque no apreciaba “el gran esfuerzo” que éstos hacían por él o ella. Con esto me refiero a las calificaciones. Hoy día es impensable la utilización de otro tipo de método escolar por el cual se mida la aptitud de los estudiantes, su preparación para seguir avanzando los niveles educativos, cual videojuego, en el cual nuestros políticos han llegado a los niveles más altos y con muchas “vidas”.

    El argumento de inutilidad procurado contra nuestros representantes, pierde solidez y peso cuando evaluamos sus respectivas credenciales académicas (las cuales, como ya vimos, otorgarían el título nobiliario e intangible de “inteligencia” en nuestro mundo). Es ahí donde los políticos le regresan a la ciudadanía la cachetada de la incompetencia con el guante más blanco de su repertorio. Empecemos pues por el Presidente Calderón. El hombre es abogado por la Escuela Libre de Derecho (una de las más prestigiosas y tradicionales en ese ámbito en el país), y cuenta con una maestría en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (otra casa de estudios reconocida por su calidad), y por si fuera poco, una maestría en Administración Pública de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de la que es, quizá, la mejor y más reconocida universidad a nivel mundial: Harvard.

    La erudición no para ahí. Ernesto Cordero, secretario de Hacienda y el mismo que alguna vez declaró que con seis mil pesos podía vivir una familia mexicana pagando escuela privada y con auto y casa propia, logró llegar a ese razonamiento después de haberse graduado como actuario en el ITAM, realizado una maestría en economía en la misma universidad y rematando con otra maestría en economía, esta vez por la Universidad de Pennsylvania. Alonso Lujambio, secretario de Educación Pública es un graduado en Ciencias Sociales por el ITAM, y además Maestro en Ciencias Políticas por otra de las instituciones más prestigiosas del orbe: Yale.

    Aún así se entendería el tildar de indoctos a nuestra intelectual élite gobernante si ésta fuera una modalidad nueva o de reciente adquisición por parte de la sociedad mexicana, acostumbrada a ser representada por mequetrefes. Sin embargo, desde aquel primer Licenciado que se convirtió en Presidente, éste título ha sido un mínimo necesario (aunque no por la Constitución) para considerarse un digno habitante de los Pinos, u ocupante de un curul o cargo gubernamental. Empero, la verdadera revolución tecnocrática se suscitó a partir del gobierno de Salinas de Gortari, doctor en economía por la universidad de Harvard (aunadas a otras dos maestrías por la misma institución). Le sucedió en el cargo Ernesto Zedillo, que graduado del modesto Instituto Politécnico Nacional, voló alto hacia Connecticut para realizar estudios de maestría y doctorado en Yale, donde actualmente se desempeña como catedrático. Vicente Fox por su parte, puede presumir en su rancho un diploma de la Universidad Iberoamericana, y juntito, uno de Harvard.

    Los anteriores datos ponen en una severa disyuntiva y dilema a aquel que busca resolver los problemas del país al declarar categóricamente, que sus políticos no cuentan con el capital intelectual suficiente. Por un lado, si en efecto somos gobernados por inútiles, ¿cómo hicieron éstos para graduarse de algunas de las universidades más prestigiosas de México y el mundo? ¿Qué clase de institución permitiría el recibimiento de semejantes ignorantes? ¿Qué credibilidad le resta entonces a Harvard, a Yale o al ITAM? Por el otro, si esos títulos fueron ganados a pulso, sangre, sudor y horas de estudio ¿por qué salen tan mal las cosas? ¿Por qué México no camina como se espera? ¿Qué hacen estas personas con el conocimiento del que presume su semblanza? Está también la tercera opción, la cual invita al mundo de las conspiraciones y a creer que en efecto los políticos ponen a trabajar a sus cerebros al máximo a diario, pero a título y beneficio personal.

    Sin embargo, creo que la reflexión ulterior radica en la disonancia que producen, en algunos casos, las calificaciones, los dieces, las estrellitas en la frente y los resultados, acciones, discursos pronunciados y rumbo actual, no sólo de México, sino del mundo. Las boletas de calificaciones vuelan cual servilletas en el aire fuera de los salones, y ahí se pierden.

    Cabe resaltar que este mal no es endémico de los políticos y que éstos sirven como un perfecto ejemplo de las cuestiones más profundas sobre nuestros sistemas sociales y económicos contemporáneos.

    ¿Qué hacemos con el sistema educativo actual, imperante en la mayor parte del mundo? ¿Sirve? ¿Qué beneficios le ha traído al mundo que sus líderes (en distintos sectores) sean eruditos graduados? ¿Cuál es el camino a seguir?

    Continuaremos en la siguiente entrega.

    * Comparte esto:
    *
    * Facebook
    * Correo electrónico
    * Press This
    * Share
    *

    * Imprimir
    * Digg
    *
    * Reddit
    * StumbleUpon
    *
    *

    « La generalidad de los géneros
    De Darwin a Casanova: 2da parte »
    Like
    Be the first to like this post.
    Comentarios
    Una respuesta to “La mala educación”

    1.

    “Cuidado con los políticos, a sus palabras de oro, les siguen actos de plomo” Alejando Jodorowsky

    “La política es el arte de comer caca sin hacer gestos” Juan Molinar Horcasitas

    Posted by Davilowsky | 7 mayo, 2011, 12:58
    Reply to this comment
    2.
    Buena reflexión: mesurada, pero a su vez crítica y fundamentada; muy ‘periodística’.

    Gran manera en la que manejas los párrafos curriculares de los políticos: concretos, cortos e informativos. Esto hace, creo yo, que el lector obtenga una serie de datos aburridos sin aburrirse, lo cual es un logro.

    El juego de imágenes es sobresaliente. Felicidades. Exquisitas las analogías de los discursos políticos con árboles serruchados o de las boletas con servilletas voladoras. En verdad magnífico.

    Por su parte, la doble conclusión socrática que haces (una a medio párrafo y la otra utilizando uno completo) es buena, sin embargo, yo la juntaría o la reduciría. El juego de preguntas llega a ser cansado, incluso hasta redundante.

    Saludos.

  2. Buena reflexión: mesurada, pero a su vez crítica y fundamentada; muy ‘periodística’.

    Gran manera en la que manejas los párrafos curriculares de los políticos: concretos, cortos e informativos. Esto hace, creo yo, que el lector obtenga una serie de datos aburridos sin aburrirse, lo cual es un logro.

    El juego de imágenes es sobresaliente. Felicidades. Exquisitas las analogías de los discursos políticos con árboles serruchados o de las boletas con servilletas voladoras. En verdad magnífico.

    Por su parte, la doble conclusión socrática que haces (una a medio párrafo y la otra utilizando uno completo) es buena, sin embargo, yo la juntaría o la reduciría. El juego de preguntas llega a ser cansado, incluso hasta redundante.

    Saludos.

  3. Davilowsky says:

    “Cuidado con los políticos, a sus palabras de oro, les siguen actos de plomo” Alejando Jodorowsky

    “La política es el arte de comer caca sin hacer gestos” Juan Molinar Horcasitas

    • Davilowsky says:

      Mira lo que encontré, a ver si te gusta: “Los políticos son anos que defecan palabras en espectadores con orejas de bacinica.” Alejandoro Jodorowsky

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
A %d blogueros les gusta esto: