Presto el nombre, comparto el alma


“Queremos ser más felices que los demás, y eso es dificilísimo, porque siempre les imaginamos mucho más felices de lo que son en realidad”

Charles-Louis de Secondat

Gracias. Hoy no hay protocolo, por hoy he decidido hacer a un lado mi engordado ego y dar paso a la reflexión de un estimado colega y también, así como tú, protagonista de la vida. Jonatán Gireh.

Suele pensarse que los tiempos pasados fueron mejores. Todos tenemos en mente algún momento histórico al que nos gustaría pertenecer. Quizás Versalles, durante el esplendor de la corte del Rey. Para alguien será una casa sureña de Estados Unidos, como la heroína de “Lo que el viento se llevó”. En Egipto, cerca de Cleopatra. En una isla en el Pacífico, gozando la lejanía de la civilización. Quizás tú, amigo, estarás soñando como el poseedor de un harén en el Medio Oriente, o siendo un petrolero Texano.

Hay quienes sienten pasado el climax de su historia personal y viven suspirando por años irrecuperables. Otros tienen como referencia las anécdotas familiares, y se quejan por no haber vivido como sus abuelos. Claro que son agradables esas charlas donde recreamos momentos pretéritos. A veces, al hablar de ellos, descubrimos valores olvidados que pueden buscarse otra vez, pero hay que tener cuidado de no magnificarlos. Todas estas ensoñaciones que miran insistentemente hacia atrás coinciden en imaginar el tiempo elegido, menospreciar el presente y olvidarse de construir un futuro mejor. Cuando el momento actual no parece muy halagador, la tentación es mayor. Hoy, en nuestro país, muchas personas y grupos están cayendo en ello.

¿Cuántos priístas sueñan con volver al tiempo de partido-gobierno, dirigido verticalmente desde la presidencia? Añoran los “Sí, Señor”, “Como usted diga, licenciado”, de la disciplina partidista, la “discreción” en cuanto al uso de los recursos; los criterios  para hacerlos llegar de un renglón a otro, sin que glosas y contralorías complicaran las acciones. La ausencia de incertidumbre electoral, en fin, muchas otras “glorias” que podríamos seguir enumerando.

Entre varios panistas la nostalgia de las haciendas, los viajes en barco a Europa, y los bailes de blanco y negro, es genética. Están convencidos de que la economía nacional se redefiniría desde la base: la agricultura, si se eliminaran los ejidos y los programas nunca efectivos de apoyo al campo, y se permitiesen los latifundios en manos de personas “capaces y emprendedoras”. Aseguran que la educación y la salud pueden ser resueltas a base de filantropía (como sus caritativas bisabuelas, que enseñaban a leer y escribir el catecismo a los hijos de los peones, además de asistir partos y enfermedades), en vez de la creación de estructuras sociales que den acceso a oportunidades similares. Me preocupa que en esta filosofía se inspiran varios de los supuestamente nuevos programas de desarrollo social, que hacen del gobierno el sustituto de los antiguos patrones deificados, de quienes depende vida y futuro de las pequeñas poblaciones.

En cuanto a los perredistas, parece haber utopías diversas. Muchos de ellos tienen grabada con letras doradas en la mente a la URSS de Stalin. Otros veneran a Fidel Castro, y culpan sólo a E.U. del fracaso de su proyecto. En ambos casos omiten de su memoria la violenta represión. Los Càrdenistas no ven defecto en nuestros 30’s, y se olvidan de que Làzaro era también priísta, y son ciegos a lo mucho de los “tricolores” vicios que hay en su partido. Los lopezobradoristas, llenos de rencor, sólo creen en su líder y en el venezolano Chávez. Los más realistas entre ellos piden para México un Felipe González, como Hidalgo pedía a Fernando VII. Quizás no sea tan mala idea…

Los ecologistas imaginan un mundo a la Jean Jacques Rousseau, y tienen su ejemplo en la realidad Canadiense. Ojalá pudiésemos… Si fuéramos capaces de respetar a la naturaleza, cuánto más tolerante sería la convivencia con nuestros semejantes.

¿Sería posible extraer de todas estas palabras, medidas aplicables aquí y ahora? ¿Podremos hacer algo más que suspirar y lamentarnos?¿Por qué no intentamos, reuniendo sueños, extrayendo de ellos lo aplicable, aceptando que lo pasado pasó y lo nuestro son presente y futuro, construir algún tiempo venidero común, no tan malo?

Hasta luego y aunque suelo firmar esta columna, lo haré en nombre suyo.

Por Jonatán Gireh

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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