El mal es una cesta

Es inevitable el recurrir al archivo mental titulado maldad cada vez que nuestros ojos se postran frente al bigote recortado, o los gestos icónicos de un tal Adolf. Es impensable otra palabra que no sea sinónimo de malquerencia cuando somos testigos de las atrocidades de la guerra, de la discriminación rampante, del linchamiento barbárico, de la tortura feroz. ¿Es entonces la maldad un ente intangible pero omnipresente en nuestro mundo? ¿Es un fenómeno aislado, una falla de carácter, una tentación irresistible? Ciertamente, no existe respuesta lo suficientemente breve para explicar las anteriores cuestiones. Sin embargo, y a propósito del espacio y la brevedad requerida, la respuesta más sencilla sería un no.

La línea que separa a héroes de villanos, es sumamente movible, permeable, efímera e intranquila. No sobra quien asegura de manera categórica que amor y odio (dos manifestaciones paradigmáticas del bien y el mal) son dos caras de una misma moneda. También existe quien, como Philip Zimbardo, ha dedicado buena parte de su vida al estudio de la psicología del mal, encontrando que éste puede ser definido en términos sumamente sencillos, como el ejercicio del poder. Un poder que pruebe ser irresponsable, sin consecuencias por sus actos y de preferencia anónimo. Lo anterior explica que se conciba al mal no como una característica inherente al ser humano o a una dualidad maniquea en su espíritu, sino más bien como el producto de ciertas condiciones fáciles de sentar. No es entonces la manzana, sino la cesta la que está podrida.

Es el sistema, las situaciones y el contexto lo que transforma al hombre. Lo que lo lleva del Hombre de Vitrubio, a la crucifixión de inocentes. Bajo un enfoque contextualista, Zimbardo comprende al mal como un yerro sistémico, un lastre social que hemos preservado desde tiempos bíblicos. Zimbardo se cuestiona, tal como Rousseau siglos antes, si el hombre es bueno por naturaleza, incorrupto, racional y capaz. Sin embargo, a esta pregunta añade algo que el filósofo no tomó en cuenta: la propensión humana a caer en la trampa del mal tan pronto como la mesa esté puesta. El sistema permea todo, y tiende los manteles para que aparezcan las expresiones más horrendas del carácter humano: disfraza a sus soldados para ir a la guerra y de manera anónima, hacerlos olvidar que del otro lado de la trinchera (en el mejor de los casos) son hombres, padres y hermanos a los que disparan. Diseña un modelo de autoridad donde todos siguen órdenes, y la responsabilidad recae en nadie. Es decir, son las situaciones que los hombres mismos hemos creado, las que nos ahogan de presión, nos llevan al límite, esa región donde no nos conocemos, donde más de dos terceras partes de nosotros le aplicaría ataques eléctricos a un inocente desconocido.

Si todo mal inicia con quince voltios, ¿dónde encontramos el alto al interruptor? ¿Dónde desconectamos los circuitos que llevan a una intoxicación ética del individuo, donde la diferencia entre lo bueno y malo se difumina de manera preocupante? ¿Cómo corregir el sistema? La respuesta dista de ser única y definitiva, pero concuerdo con la visión de Zimbardo sobre un mundo que impulse el heroísmo. Es decir, nadar contracorriente a la noción de que los héroes sólo existen en las tiras cómicas, en la imaginación de los niños. Todos necesitamos héroes, o algo que por lo menos sople en la dirección correcta y nos haga voltear la mirada. Si todos empezamos a comportarnos como héroes, empezaremos a tener menos villanos. Y digo menos deliberadamente, pues considero, como Zimbardo, que hasta que el problema del mal no sea tratado como un asunto de salud pública (y no como una desviación individual), bajo una perspectiva más holística, éste no desaparecerá.

Para esto, debemos también solidificar las bases sobre las cuales actúa el individuo que son, en mayor o menor grado, conocimiento. Es por esto que la producción de conocimiento debe también hacerse de manera consciente del problema sistémico del mal que acarreamos como sociedad. Si esto lograra trascender, el enfoque del saber entonces podríamos orientarlo hacia la sociedad, no centrarlo en el individuo. Empezar a educar en el respeto, en la tolerancia, en la libertad colectiva. Una libertad en la que todos gocemos de los mismos derechos y obligaciones, donde se cultive un sentido de la dignidad de la persona, el valor de la vida, los derechos humanos, la justicia y la paz. Acaso así lograremos que de la cesta no aparezca otro Anders Behring Breivik.

Para conocer más sobre Philip Zimbardo y el grueso de su pensamiento, el video enlazado aquí resulta sumamente interesante.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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