Traición de la ideología

Mañana se cumplen diez años desde que el mundo atónito miraba cómo los vuelos de American Airlines implotaban una nación. Muchos fueron engañados por sus sentidos, aquellos que les sugerían que lo visto era sólo una película más de Emmerich, una nueva destrucción ilusoria de la ciudad, un nuevo juego de luces, efectos, un costoso montaje a los que los había acostumbrado el cine de Hollywood. Otros sintieron el ataque como si fuera en tierra propia, como si ellos fueran norteamericanos, como si el terror lo sufrieran ellos. Y en parte, tienen razón.

No faltará quien descalifique a quienes se impactaron e indignaron por el ataque a las torres gemelas. Quienes digan que ese es un problema “gringo”, “su merecido”, las consecuencias de su imperialismo o la estupidez de Bush. Otros se suben al carro de la conspiración, de la simulación última expresada en términos de reactivar una economía de guerra que tan buenos dividendos les ha traído a los norteamericanos en el pasado. La verdad, sin embargo, es que conspiración o no, hubieron muertos en el atentado.

Muertos que no eran George Bush, Dick Cheney o Donald Rumsfeld. Muertos que no invadían naciones del Tercer Mundo, que no tenían aspiraciones de dominación, ningún destino manifiesto. Muertos que no son gringos, latinos, chinos, de limpieza, bomberos o empleados. Muertos que son personas, seres humanos, lo que significa que su dignidad no termina ahí donde el río Bravo, que su valor e importancia no se acaban como un pasaporte. Es ahí donde aquellos que sintieron el ataque de Al Qaeda como uno a la humanidad, al hombre, a la civilización entera, tienen toda la razón en sentirse invadidos, indignados, vulnerables, aterrorizados.

Terror que nace de la incertidumbre, del no saber si en el avión en que viajan hay un terrorista en potencia. Terror de pensar que el hombre puede y ha llegado a tales formas de confrontación. Diálogo, democracia, tolerancia, respeto, libertades (de opinión, prensa, etc.)…eso que a la humanidad le ha costado siglos y sangre alcanzar se desvanece entre el humo de unas torres. El asumir que vivimos ahora en un estado del hombre donde la muerte de inocentes está a la vuelta de la esquina, es para erizar la piel de cualquiera.

El trece de septiembre, apenas unas horas después de los atentados, el diario francés Le Monde, publicaba un editorial que expresaba el sentir de miles: Nous sommes tous Américains (Todos somos norteamericanos). Así como en el 63, John F. Kennedy proclamó que él también era berlinés, los franceses (y buena parte del mundo) puso su mano en la espalda de Estados Unidos. Como nunca antes, el país de las barras y las estrellas recibió el apoyo de varias naciones que consideraban que si al país más poderoso del mundo le podía pasar esto, los demás estaban en un peor sitio.

Notas fonéticas de Kennedy para la pronunciación alemana

Pero más allá de las implicaciones políticas, el mundo reconoció que un ataque de esa naturaleza no puede ser tolerado. Se entendió que en ese momento, la condena debía de ser total para aborrecer otro momento más en que la ideología se olvidó del hombre.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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