Esa rara cualidad

De repente, alguien se levanta y dice “es que no leo”. En ese momento, desconfío de esa persona de manera irremediable. No es un mero sinsentido o un escepticismo trasnochado, sino una razón lógica y válida la que me lleva por este camino. Pero no la daré de inmediato. Antes hablemos acerca de lo que la frase representa. Para ello, utilizaré tres casos paradigmáticos de quienes han popularizado esta frase hasta límites insospechados. Mediante la detenida y crítica lectura de los mismos, usted podrá ir encontrando contradicciones en el pensamiento de estos personajes para llegar a una satisfactoria conclusión acerca de la lectura en nuestras vidas. Repasemos pues, estos tres ángulos.

Algunas veces, la escuchamos en el salón de clase (con un letrero en la puerta que anuncia “Aula X”) ante la pregunta explícita de algún profesor. La situación es de máxima tensión después de que el instructor había pedido para la clase de este día, la lectura obligatoria de algún Diálogo de Platón (¿empieza usted a notar algo extraño? No se preocupe, siga leyendo) y nuestro primer personaje no la realizó. Estudiante tras estudiante, el profesor recibe negativas que corresponden de manera dramática con una disminución de puntos en las calificaciones. Llegado el turno de nuestro primer no-lector, ese momento de decisión climática, éste no sólo confiesa la verdad, sino que adopta una brava posición y le recuerda al profesor que es inútil dejar una lectura a jóvenes que pertenecen a “un país donde no se lee”.

Fragmento de "La Escuela de Atenas" de Rafael

Ya envalentonado, el alumno entonces sugiere al profesor que se trabaje mejor con otras técnicas didácticas “¿no hay una película?” (¿Y si la hubiera, en griego y con subtítulos? Pero sigamos). Este personaje es entonces víctima de un entorno negativo que gira alrededor suyo, un sujeto del determinismo, mártir de unas condiciones bajo las cuales, como mero ejemplar de laboratorio, influyen sobre él de manera irremediable: no puede ser contravenir el “espíritu nacional” y abrir un libro.

Es un caso patológico sin duda, que requiere más atención, pero el espacio apremia y existen otros personajes también interesantes. Está aquel que pronuncia la famosa frase a manera de introducción personal como para denotar algo especial en su carácter, una rara cualidad. Inmediatamente después de enumerar sus defectos (lo cual le toma muy poco dado que escasean), este personaje lista entre sus gustos la música y películas como “El Padrino”, “El Resplandor”, “Tiburón” y “todas las de Harry Potter” (¡pero qué caradura!) al mismo tiempo que decanta su fehaciente aversión a la literatura y cualquier forma de libro.

Como si el no leer hiciera a las personas más atractivas e interesantes, este personaje se apresura a declarar su individualidad expresada en sus radicales decisiones. Un inconforme con el sistema, claro está. Un idealista que desecha las palabras (lo sé, lo sé, usted ya se ha dado cuenta, pero siga leyendo), un espécimen único en el género humano. Para este tipo, la lectura poco vale, y la vida “real” se vive en el asfalto, en las calles (¿Que conoce entonces por color u olor?). Ante las críticas de quienes le sugieren leer más, él se escuda en su singularidad, en el irresistible atractivo que poseen los “chicos malos” como él, que no leen ni cuando están aburridos frente a la guía de Cablevisión (para quienes no la conocen, ésta se despliega como texto en la pantalla indicando los programas de televisión a continuación y sus respectivos horarios).

Un último caso lo ejemplifica aquel que utiliza la frase como excusa cancina, una suerte de olvido de la responsabilidad, un defecto de nacimiento que le impide biológicamente ir siguiendo las palabras frente a él. Este hombre no lee porque no entiende, las palabras lo confunden y solamente le regalan dolores de cabeza que debe aliviar inmediatamente buscando en un botiquín la caja que dice “Aspirina” (vaya). Para este sujeto, las teorías genéticas resultan sumamente interesantes (aquellas que son publicadas de tanto en tanto en las revistas) pues le permiten asegurar con certeza científica, que lo que él tiene es un trastorno cuantificable, probado, irremediable. “Me falta un gen” es la segunda frase que más pronuncian en el día.

Al igual que en el primer caso, existe un deslinde completo de las responsabilidades: no hay tal donde no hay una decisión, y para ellos la decisión ya ha sido tomada por alguien más. La patria, el gen, la migraña, el hambre. Todos estos son considerados válidos pretextos que los excusan del martirio de leer, cual bola blanca en servicio militar. Sin embargo, si usted repasa el mensaje entre líneas que este texto pretende compartir, se dará cuenta que de una u otra manera, todos estos personajes leen. Y aquí es donde radica el problema.

En nuestra sociedad, el verbo “leer” está perdido. Tan manido pues, que su significado mismo se ha ido perdiendo a través del tiempo, de las generaciones, de los datos estadísticos del INEGI, del 0.5 de libro al año. Se cree entonces que leer es una actividad elitista, algo a lo que sólo los privilegiados tienen acceso, un derecho restringido. Se cree que leer significa repasar la Divina Comedia de Dante, o regodearse con los personajes de Cien Años de Soledad. Se cree que leer es solo comerse “libros gordos y aburridos” y por eso en cuanto se presenta una oportunidad, todos se declaran no-lectores, no vaya a ser que la sociedad los vaya a ver como a esos libros.

Pero debería saberse también que leer es la comprensión de cualquier mensaje gráfico. Leer lo hacemos diario, desde que abrimos el ojo  y preguntamos al despertador por la hora. Leer una de las formas más ricas de las que dispone el ser humano para comunicarse, una de las más completas y fascinantes sin duda alguna. Leer es la actividad esencial que nos encuentra como personas, como miembros de una comunidad. Leer le da sentido a las puertas a las que entramos, a las que no, a lo que pedimos para comer. Leer es saberse aquí, vivos, conscientes y armados frente a lo que venga.

Leer permitió llevar este texto de una pantalla, a tu cabeza, de un ejemplo a una idea. Es por eso mejor desconfiar de quien dice que no lee: quién sabe en qué mundo habite.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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