La lista

Hasta ahorita, las pruebas (acaso poco fidedignas) parecen indicar que Muammar Gaddafi ha muerto. Las imágenes que daban testimonio de su deceso circularon por los principales portales de noticias, agencias de información, periódicos y noticieros del mundo. La primicia llegó el jueves en la mañana (hora de México) y se convirtió rápidamente en el tópico central de la agenda pública ese día. Los medios no tuvieron empacho en publicar de inmediato la imagen recuperada de un video en manos de los rebeldes que supuestamente lo abatieron, aquella en que puede observarse a un hombre con el rostro virtualmente desfigurado, ensangrentado y desnudo del torso que presuntamente es el ex dictador libio. Es una imagen, debe decirse, que satisface más el morbo y la curiosidad que a la información que supuestamente debería colocarse en primer plano. Sin embargo, el hecho de que esta imagen haya aparecido así, en virtualmente todos los medios y con esa celeridad, nos lleva de la mano a una reflexión más profunda.

Algunos lo anticipaban en internet, y en tono de broma, enlistaban los “encargos” que tenía el gobierno norteamericano en política exterior y que cual lista de quehaceres, iba palomeando. En esa lista de la infamia estaban los nombres de Saddam Hussein, Osama bin Laden y ahora Muammar el Gaddafi. Sin embargo, vale la pena pensar sobre el fondo y no la forma que constituye a esta broma. No es cosa nueva que los conflictos  humanos se resuelvan mediante el uso de la violencia y la muerte como instrumentos de la acción política. Probablemente, organizaciones tribales prehistóricas llegaban a resolver sus conflictos mediante el combate natural que suponía la superioridad de uno frente a otros, una mayor fuerza, una destreza superior. Los ejemplos bíblicos y mitológicos dan cuenta de esta violencia humana como una forma de legitimación del poder.

Sin embargo, no hay por qué ir tan lejos. En México, la Revolución Mexicana fue básicamente un tablero complejo de batallas individuales, la necesidad de un caudillo de imponerse frente a los otros. Cuando el conflicto terminó, no acabó con ella la violencia: célebre es el asesinato de Álvaro Obregón y quienes estuvieron detrás de ello, por citar el ejemplo mejor conocido. Pero ese tampoco fue el fin de la ley del revólver, y a lo largo de los gobiernos priistas la violencia ejercida básicamente desde el Estado se convirtió en uno de los principales aliados de este para silenciar a la oposición o mantenerla al margen. Casos paradigmáticos lo sucedido en octubre de 1968, el halconazo del 71 o bien la denominada Guerra Sucia, donde grupos incluso paramilitares tenían como única orden el exterminio en aras de una supuesta estabilidad política y paz.

No faltará quien diga que los ejemplos arriba citados pertenecen a un pasado oscuro pero superado, a una realidad que ya no opera en nuestro país. A ellos dedico las siguientes líneas de este artículo.

Quisiéramos suponer que los inmensos esfuerzos de la humanidad por consolidar Estados de derecho han sido fructíferos. Que las resoluciones de la ONU se acatan a rajatabla y que la Corte Penal Internacional y los tribunales internacionales de justicia están ahí precisamente para que en el mundo, la ley y el derecho se encuentren por encima de los hombres, de sus caprichos, sus voluntades, sus revanchas y deseos. Sin embargo, recordemos nuevamente la broma a la que antes hacíamos referencia. Parece cada vez más claro que las misiones diplomáticas norteamericanas (que siguen siendo las más relevantes en el mundo) están orientadas únicamente al asesinato. Se dice que fueron los rebeldes libios quienes abatieron a Gaddafi, pero cabe mucho espacio para la sospecha donde se anuncia una visita sorpresa de Hillary Clinton a Libia y otros países de oriente justo horas antes de la noticia de la muerte del dictador africano.

Helicóptero del ejército libio. Fuente: Wikimedia Commons

Los bombardeos diarios de la OTAN en Libia destruyeron ciudades enteras y aún cuando el país parecía haber entrado a esta etapa de transición democrática con la toma de Trípoli y otras ciudades importantes, la encomienda parecía ser únicamente terminar con la vida de Gaddafi. Quizá para que no hubiera duda de dónde se paran los Estados Unidos: si en las fotos del presidente Obama abrazando al dictador, o bien en su discurso que lo vilifica y celebra su deceso. La suerte de cinismo que representa a la perfección el presidente francés Nicolás Sarkozy cuando levanta los brazos de manera triunfal en Libia, pocos meses después de que éste recibió a Gaddafi en París, es preocupante para una sociedad que sabe que puede confiar cada vez menos en el discurso de sus políticos.

Que quede claro que no pretendo hacer apología alguna de Gaddafi: el hombre fue un dictador cruento en un mundo que ya no debería tener cabida para personajes así. Lo preocupante es darse cuenta que aún no salimos de esa ley del revólver. ¿Para qué tenemos entonces instancias de justicia internacional si vamos a seguir matando lo indeseable? Ahora la política exterior pareciera estar regida, en efecto, por una lista de pendientes que poco a poco (y con la ayuda moral y coyuntural propia de cada caso) se van resolviendo gracias a la intervención atinada de los Estados Unidos.

Pero preocupante es también el discurso que nos recetan: Gaddafi era un aliado, y no representaba peligro alguno para el mundo hace algunos meses. Ahora, se nos pide que celebremos su deceso y nos durmamos mucho más seguros y tranquilos en un mundo donde los malos se van terminando poco a poco. Y de pronto nos damos cuenta que así también, un día la lista se puede ampliar (Chávez, Jong Il, etc.) y que estamos sujetos a la conveniencia y voluntad de un justiciero que no reconoce ley, fronteras o soberanía: el rifle norteamericano.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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