“Perdí un día de mi vida, pero le gané un día al calendario”

A sus 13 años de edad, la madre de Alejandro le ofreció una oportunidad que muchos morirían por tener, su madre, por razones de trabajo, le ofreció irse con ella, su hermana y una amiga a viajar por el mundo por un año o quedarse con su papá o su abuela. Alejandro tuvo que quedarse de todos modos por un tiempo en el país porque tenía que presentar exámenes, pero en cuanto terminó tomó la decision de irse. Alcanzó a su mamá en Nueva York, donde estuvo por 2 semanas en lo que terminaban de organizar y comprar todo lo que era necesario para su viaje. Ahí fue donde aprendió a malabarear debido a que tenía demasiado tiempo libre. De ahí tomaron un vuelo hacia Londres, donde estuvieron por 3 días y luego llegaron a Nueva Delhi.

Alejandro cuenta que llegaron a Nueva Delhi a las 3 am y que prácticamente ningún vuelo internacional puede llegar de día ya que la contaminación en India no lo permite, el uso excesivo de queroseno para actividades diarias hace que la contaminación sea muy densa causando que si llegan los vuelos más tarde, puede que la contaminación no permita tener una visión clara de la pista. Cuenta que llegaron a un hotel y el encargado de la recepción estaba borracho, no había quien les diera su habtiación, no tenían a dónde ir y estaban en la madrugada parados a la mitad de la calle sin saber qué hacer hasta que apareció un hindú que hablaba inglés, quien les señaló dónde encontrar un taxi y que al final los llevaría a otro hotel. Llegaron a un hotel de mala muerte donde les cobraron 200 usd por la noche, en su habitación lo único que había era una cama redonda ubicada en el centro de la misma.

Contaminación en Nueva Delhi. Fuente: thewashingtonnote.com

En ese mismo día, a las 8 am, tomaron el primer vuelo para llegar a Katmandú, Nepal. Se hospedaron por un tiempo en un hotel llamado “Moonlight hotel” en lo que encontraban el monasterio a donde habían sido invitados, después de haberlo encontrado se dedicaron a viajar por la India. Viajaron por el sur, del este al oeste, recorrieron hasta Goa (al sur) y luego subieron por Madras, regresaron a Katmandú donde vivieron por 5 meses. Durante esos 5 meses, Alejandro se dedicó a múltiples cosas, por ejemplo a malabarear. También, la amiga de su madre que los estaba acompañando, era hija de chef y él le ayudaba a cocinar, ahí fue donde descubrió que quería ser chef para toda su vida. Pintaba Tangkas y hacía esculturas de bambú.

Tangka. Fuente: baronet4tibet.com

Al pasar los 5 meses el monje cabeza del monasterio que los había invitado tuvo que irse a París a un retiro y se fueron con él, estando en París por 2 semanas. Posteriormente fueron a Barcelona y regresaron a India, sin embargo ésta vez fueron a la parte norte, donde conoció el Taj Mahal y Calcuta (donde vieron el Festival de las Luces que en realidad es el festival de Kali; representación de la deidad madre). Alejandro explica que Kali es una representación más iracunda: Durja está sobre un tigre y Kali está parada sobre Shiva, usa una falda de brazos humanos y un collar de cabezas y tiene la lengua de fuera. Alejandro hace hincapié en que la imagen de Kali no quiere decir que pida ritos satánicos, ni que sea mala, sólo que si hay un dios con el que no quieres meterte es con Kali. En el Festival de las Luces hay fuegos artificiales y es en la región de Bengala (de ahí el origen de las luces de Bengala).

Kali. Fuente: thepaganmomblog.com

Estando en Katmandú subieron la cordillera de los Himalayas y estuvieron a unas cuantas montañas del Everest, a unos 4200 pies de altura, caminaban alrededor de unos 15 km diarios, para los cuales Alejandro con la ayuda de un gancho colgaba un par de litros de agua. En cuanto se les presentaba algún cuerpo de agua, Alejandro aprovechaba para rellenar sus botellas de agua, poniéndoles unas gotas de cloro para desinfectarla lo más posible. Alejandro detalla que dormían en hostales pero entre más arriba llegaban, los precios eran más elevados y de la comida no podía pedirse mucho pues había llegado del mismo modo que ellos, “caminando”.

En todo su viaje solo se enfermaron una vez, él cuenta que saliendo de Calcuta rumbo a Tailandia les dió una gripe muy fuerte. En cuanto arribaron a Tailandia inmediatamente tuvieron que dirigirse hacia un hospital que se asemejaba más a un hotel de 5 estrellas, en donde cada paciente tenía su propio cubículo  y su propio doctor. “Las medicinas y las dosis venían marcadas en paquetitos, todo por el cómodo precio de 40 usd por persona”.

De ahí partieron hacia a Laos, punto más cercano a Vietnam. Alejandro cuenta que en ese entonces la situación vietnamita no era la más agradable para una persona de raza blanca. Nos detalla la situación de unos turistas de origen ruso que llevaban días atrapados en el aeropuerto, a quienes no les permitían cambiar dinero y no lograban encontrar a quien los ayudara. En Laos, que apenas cambiaba del modelo comunista,  el cambio de divisas era algo impresionante pues se podían cambiar 100 usd a kips (moneda de Laos) y prácticamente salías con una maleta de dinero pues la paridad era de 1 usd a 11 000 kips.

Después partieron a Bali, donde Alejandro nos cuenta que vió como rellenaban los troncos de palmera con agua de mar, los dejaban secar y después raspaban la sal. La amiga de su madre, siendo hija de chef y conociendo buena comida, siempre se quejaba de que en la comida le tocaba algún cabello o cosas así, aquí no le tocó un cabello sino que le tocó un tornillo.

Troncos rellenos de agua de mar. Fuente: tropicalisland.de

No pudieron seguir su viaje a Australia, ni a Nueva Zelanda, ya que para ir necesitaban una visa que costaba 300 usd por cabeza, entonces regresaron a Tailandia, volaron a Japón y luego a Los Angeles. Alejandro cuenta: “En ese vuelo yo perdí un día de mi vida, pero le gané un día al calendario. Salí, por decir algo, el 25 de agosto a las 7 pm, y llegue a Los Angeles el 25 de agosto a las 11 am, cruzas la línea del tiempo. En ese vuelo también me tocó ver la experiencia más inolvidable de todo el año, me tocó ver el Sol meterse y salir por el mismo horizonte en menos de un instante. Tú vas en el avión viendo el Sol y ves como se va metiendo y lo dejas de ver, en eso lo vuelves a ver y ves como el día vuelve a empezar. Increíble.”

De las experiencias que vivió que más le impactaron fueron por ejemplo los sacrificios de animales que se hacían, siendo éstos ofrendas que eran llevadas al brujo, quien debía estar en un estado de trance alcanzado por la meditación, y quien les cortaba la yugular. La carne de esos animales se volvía sagrada pero no era desperdiciada, se comía. En Varanasi, en el río Ganges, siendo el río sagrado donde queman a sus muertos, le tocó ver la quema de muertos y cuerpos medio quemados flotando en el río, siendo éste cuerpo de agua en donde ellos mismos se bañaban y tomaban agua. Alejandro relata que los nativos tienen la creencia de cuando el cráneo truena debido a las quemaduras, el alma de la persona se ha ido y en ese momento la quema del cuerpo se detiene y el cuerpo es arrojado al agua. El agua es agua sagrada, su versión del Big Bang es que Shiva tomó todos los pecados y lo malo que existió antes de nosotros y lo convirtió en una nueva vida para nosotros mismos. En la imagen de Shiva se puede ver que de su coronilla sale agua y de ahí sale el río de Varanasi.

Shiva, de quien nace el río Varanasi

Una vez en Los Angeles fueron a Disney, Yosemite, Six Flags, Sequoia, San Francisco y regresaron a México. “En ese viaje perdí un año escolar pero gané como 10 años de la experiencia.”

Para este viaje la propuesta original era irse a un monasterio cerrado por un año, un monasterio donde vivirían con 2000 monjes pero casi no habían niños. Por azares del destino encontraron una oferta de Star Alliance de 5 boletos de avion para irse a viajar por el mundo, visitaron otro monasterio donde había más niños y esto les dió la oportunidad a él y a su hermana de interactuar más, de poder enseñarles inglés y de que a ellos les ayudaran a darse a entender en tibetano.

Alejandro hoy en día es chef y hablando de la comida, lo que más recuerda es un postre que probó en Laos o en India, que era como una crepa o tortilla, una masa de harina de arroz que se estiraba como chicle y que era rellanada con La Lechera y plátanos. Pidió la receta pero la amiga de su madre se la quedó y nunca la volvió a ver.

Alejandro vive en Canadá, trabaja ahí como chef en un restaurante y se hace llamar “The Juggling Chef”, el chef que malabarea en español.

Alejandro "The Juggling Chef" García Bouras.

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Comments

  1. Arnold Man says:

    A ese güero yo lo conozco.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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