Un encuentro

Buscando el bien de nuestros semejantes, encontraremos el nuestro.”

Platón

Los ojos se sorprenden al descubrir el tamaño de los edificios que los circundan. Uno, el Tribunal Superior de Justicia, a su lado la Secretaría de Relaciones Exteriores, y en la otra parte de ese bello patio compartido, el Museo de la Memoria y Tolerancia.  Es innegable pensar la relación que guardan estos tres recintos. Un museo en el cual las temáticas de contenido social, justicia, equidad, tolerancia, respeto, legalidad y conciencia se fusionan, multiplican y complementan no puede estar casualmente colocado frente a quienes representan a nuestro país en el exterior. A quienes se sientan en las Asambleas de las Naciones Unidas, a quienes tienen diplomáticos en los mismos países de los que se muestran terribles videos a sólo unos metros de distancia, algo les tratarán de decir. Del otro lado, qué lejos está la justicia (que unos pasos hipotéticamente separan el complejo que la alberga y el museo) de Ruanda, de Serbia, de Darfur y tantos más.

Fachada del Museo de Memoria y Tolerancia

La visita al museo comienza con una columna de pantallas que muestra de manera alternada algunos de los logros de la humanidad, en los más variados campos. La física, la biología, la medicina, la ingeniería, la pintura, la música, los genocidios, la pobreza, el odio, la violencia. Es desde aquí que se exige una reflexión de quien entra al museo. No pretende éste ser un espacio de relajación o una “aventura”, sino un momento de genuino ejercicio intelectual, de meditación y consideraciones importantes sobre el devenir de la humanidad, nuestro “progreso” y aquello que no debemos olvidar. La afronta es completar esa lección pendiente con la historia que significa el practicar al tolerancia. Es así como la primera parte del recorrido se centra sobre los crímenes en contra de la humanidad cometidos a través de la  (reciente) historia humana.

El primero de éstos, y al cual se le otorga un espacio museístico más amplio, completo y fascinante es el holocausto. Nunca sobrará decir que era Alemania uno de los países más avanzados del mundo; Europa, el continente más moderno, el más próspero. Lo anterior para comprender la magnitud del crimen, la lección de que “eso” no solo pasa en los países pobres. ¿Cómo es posible, se siguen preguntando algunos, que se creyera que los judíos era una raza inferior, con Einstein, Freud o Kafka bajo la estrella de David? Es más, los judíos ni siquiera eran una “raza”, como tampoco lo son los católicos, los protestantes o cualquier otro grupo de personas que compartan creencias religiosas. Pero esa era la verdad manejada por los nazis y había muy pocos caminos para evadirla (los radios regalados de onda corta como el mejor ejemplo de esto). Asusta mucho más el helado instrumento metálico que utilizaban los “científicos” para medir el cráneo de las personas (y así determinar su valía) que el fusil que se exhibe junto.

Vagón original utilizado para el transporte de los prisioneros judíos. Fuente: CNN México

Uno de los temas centrales que maneja el museo es el del conocimiento y las formas en que lo generamos, reproducimos y transmitimos de generación en generación. En una primera parte, aún en el tema del holocausto, el conocimiento es visto como algo que corre a contracorriente de la razón misma. Los pseudocientíficos, teóricos y catedráticos que medían los cráneos, o que aseguraban que la homosexualidad era una desviación contagiosa, al igual que el practicar otras religiones, o ser un “intelectual”; eran parte del mismo sistema “avanzado y cultivado” que quemaba en gigantescas hogueras miles de libros siglos después de Torquemada.

Lo anterior nos lleva a preguntarnos (con miedo) ¿en manos de quién está el conocimiento? Sabemos, y el museo hace una gran labor en destacarlo, que más de treinta cátedras se crearon ex profeso para darle un sustento universitario, real, científico y comprobable al racismo, segregación y exterminio de los diferentes grupos “indeseables” en la sociedad germana por parte de los nazis. Se despliega en una de las paredes del museo, un cuadro de (des)honor de aquellos intelectuales y académicos que se reunieron un día para decidir cuál era la mejor forma de darle salida a los que “sobraban” en Alemania. De sus geniales mentes (de los 15 reunidos, 10 poseían estudios universitarios y 8 alcanzaban un grado de doctorado) surgió la idea de la Solución Final. ¿Fueron sus estudios universitarios renuentes a la solución, o al contrario, firmes sustentos? ¿Qué garantiza un título, una maestría, un PhD o cualquiera de sus poéticas variantes? ¿Qué tipo de conocimiento entonces deberíamos de estar generando, alimentando y compartiendo? El museo no dará una solución fácil o única, pero sí un camino que se menciona más adelante en esta reseña.

Frente a los terribles actos de barbarie expuestos en el museo, se nos dice que hay tres caminos que recorrer. En primer lugar, podemos ser perpetradores. Es decir, los ejecutores mismos de los exterminios, de los crímenes, de los abusos, de la explotación. Hay distintas maneras de convertirse en perpetrador. No todos jalan el gatillo en un fusil, o plantan la mina, sino que muchas veces ese sendero a la destrucción se inicia mucho antes, en una pendiente que poco a poco comienza a inclinarse más. Puede ser un insulto, cierta actitud, un comentario. En segundo lugar, está la indiferencia. Un mal casi equiparable con el primero, donde aún conscientes de que se comete la injusticia (en escalas que varían enormemente) la actitud adoptada es una de quietismo, de inacción, de completa apatía y desinterés por aquellos problemas que “no son los míos”. Esos problemas que al parecer no nos incumben en realidad deberían de ser prioridad, pues ¡la humanidad es nuestro problema, nuestro asunto, nuestro principal interés!

Por último están aquellos comprometidos, que buscan actuar en contra de estos notorios crímenes e injusticias, pero sobre todo, que deciden actuar a favor de la vida, de la humanidad, de lo humano. Ese sin duda es otro tema filosófico de gran relevancia y que ha sido tocado desde tiempos inmemoriales por los más diversos pensadores y que en el curso abordamos de manera más directa con la filosofía existencialista. ¿Qué nos constituye como humanos? ¿La esencia? ¿La existencia? ¿Nuestras decisiones? ¿Nuestra libertad? ¿Es la libertad un derecho inalienable? ¿Y qué tal la dignidad? ¿El respeto? ¿La tolerancia? El Museo de la Memoria y Tolerancia se erige así como uno de los principales bastiones en la ciudad (me atrevería a decir el continente) que alzan la voz a favor de la humanidad. Un llamado de atención pertinente, una alerta continua, una concientización impostergable.

Porque la humanidad no puede permitirse que sigan existiendo casos como lo que se ven en el museo. No podemos simplemente seguir agregando salas al recorrido. Ni una más, decimos una y otra vez y sin embargo sucede de nuevo. Son los intereses económicos contra los que no se puede hacer nada, dirán algunos. Son milicias invencibles frente a las que no hay nada qué hacer, dirán otros. ¿Será así? Algunos no lo creemos así:

“El pasado de los demás, y en cierto modo, la historia de la humanidad en la que nunca he participado, en la que nunca he estado presente, es mi pasado.”

E. Levinás

En la última parte del museo, aquella dedicada a la tolerancia, se hace un especial énfasis en dos cuestiones de suma importancia en la creación de un nuevo pluralismo, respeto y genuino progreso: por un lado, la necesidad imperiosa de conocer, como un primer paso para apreciar, cambiar, reconocer y respetar. Pero también, y sobre todo, del diálogo como la posibilidad reconciliadora más importante y eficaz frente a nuestras diferencias. Y el elemento vital de cualquier diálogo es la palabra. La palabra, sin maniqueísmos, y que posee un poder ilimitado e infinito. Y hablar de la palabra es hablar de la actividad humana misma, el fin y esencia del pensamiento. La responsabilidad es sin duda mayúscula, pero no debemos ser renuentes nunca al encuentro.

El Museo de la Memoria y Tolerancia se encuentra en la Plaza Juárez, en el Centro Histórico frente al Hemiciclo a Juárez en la Alameda, a un costado de la Secretaría de Relaciones Exteriores en la Ciudad de México.

Télefono: (55) 51-30-55-55

Horarios y precios:

Martes a viernes 9 a 18 hrs.
Fines de semana, vacaciones y días festivos 10 a 19 hrs.
Público en general $55
Estudiantes y maestros con credencial vigente
y personas mayores de 60 años $45
La Isla Panwapa (Museo para menores de 12 años) $45

Sitio oficial: http://www.memoriaytolerancia.org/index.php

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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