La guadaña

Mucho se ha hablado, especulado y pronosticado acerca del inminente apocalipsis de los periódicos. Hay quien dice que les quedan pocas horas de vida, y que la englobante revolución digital terminará por consumir las reminiscencias que queden de estos medios “tradicionales” y que pronto serán suplantados por aquellos sitios de internet, blogs y medios independientes que buscan construir su propia voz dentro del amplio panorama de la información. Que ya cada vez hay menos espacio, dinero, presupuesto y paciencia para una investigación periodística de 1,500 y en cambio un apoyo irrestricto al formato de los caracteres reducidos. Que los tiempos cambian y que el momento de los grandes periódicos ya pasó. Que la historia ya no se construye en las salas de redacción del New York Times o de Le Monde, sino desde la espiral frenética de un video viral en YouTube.

El cambio va mucho más allá de la transición papel-pantalla. Por todos lados encontramos indicios de que existen intereses importantes que quieren desplazar los hábitos tradicionales de consumo y de lectura mismos. Abundan los cursos de lectura rápida, que hacen de ésta un mero trámite, un obstáculo para la realización de acciones mucho más trascendentales, como revisar las actualizaciones en Facebook, o terminar de ver la trilogía completa de Edgar-el-que-cae. Es decir, que en un mundo que se preocupa cada vez más por su timeline o por el próximo mensaje que recibirá, hay cada vez más necesidad de liquidar todo rápidamente, de pasar a lo siguiente, de hacer las menores paradas posibles en el camino. La lectura es entonces traducida por algunos como un impedimento para realizar otras cosas, como un freno innecesario frente a cuestiones que presumen ser mucho más relevantes. Los segundos pisos, las supervíasy los trenes de alta velocidad, no son más que las expresiones infraestructurales de esto. En un mundo así, abrir el periódico y leer las secciones enteras podría tomar entre 1 y 2 horas: ciertamente algo inaudito y terriblemente largo en el mundo occidentalizado.

Oficinas del New York Times en Manhattan

Hay dos maneras entonces de abordar el problema real de la industria de la prensa sin caer en los sentimentalismos y las añoranzas temporales. En primer lugar, podemos enfocarnos en el aspecto económico, es decir, la solvencia de los medios tradicionales en condiciones distintas a las que fueron pensados y de la manera en que operaron durante buena parte del siglo pasado y algo de este. Aquí entran en juego los números, las cifras, las acciones, los intereses corporativos, la reducción de personal, los recortes, las publicaciones más flacas. Porque la prensa, como cualquier otra empresa, tiene poco margen de maniobra para salir avante de una crisis económica y financiera como la actual. Menos, cuando se presume que inevitablemente la información estará ahí, y que no necesitan un gran personal para cubrirla y presentarla, simplemente una computadora conectada a internet y algún redactor.

Es entonces el enfoque económico el que augura un futuro negro. Si antes el principal pilar de capitalización de un periódico eran los anuncios que éstos publicaban, ahora cada empresa tiene su propia página de internet, sus propios mecanismos de mercadotecnia que han abandonado al periódico, y que abogan por una interacción mayor con los consumidores. Se forma un círculo vicioso inevitable: los anunciantes retiran su publicidad de los periódicos porque éstos se venden cada vez menos, pero se venden cada vez menos porque no tienen el suficiente dinero del que les podría proveer la mercadotecnia para financiar proyectos más ambiciosos y atractivos. Los que apoyan entonces esta postura, tienen cifras categóricas que permiten indicar que la prensa, como cualquier otra empresa de este mundo capitalista, está en quiebra y por ende su fin es próximo e inevitable.

Pero la pregunta permanece: ¿por qué el gobierno norteamericano, por ejemplo, rescató financieramente a los bancos, que fueron los responsables y causales directos de la crisis, permitiendo así que los ejecutivos de estas firmas conservaran sus bonos navideños y beneficios? ¿Por qué no hacer lo mismo con los periódicos y la prensa, si estos son un bien público? Las constituciones tanto de México como de Estados Unidos (y muchos otros países) rescatan al acceso a la información como una garantía intrínseca que provee el Estado. Si es un bien público, constitucional y requisito indispensable en cualquier sociedad que se presuma como tal, ¿por qué no se hace lo suficiente por rescatarlos? Es aquí donde entra el otro enfoque, el del valor de la prensa más allá de lo que valga en términos de acciones y certificados financieros. Si bien el auge de las nuevas tecnologías de la información es franco y ascendente, ¿por qué insistimos en confrontarlo con la prensa? ¿Por qué simbolizarlos con una guadaña, anunciando una muerte impostergable?

Está claro que la información y los medios han corrido a la par con la tecnología, y en cada época cuando surge una nueva herramienta tecnológica, se advierte el final de lo viejo, de la industria anterior. Así pasó con la televisión y no faltaba quien auguraba el fin y la muerte del cine. ¿Y qué pasó? Los cines encontraron nuevas maneras de adaptarse y convivir con la televisión, cada uno proveyendo satisfactores distintos que irremediablemente siguen atrayendo consumidores. Es lo mismo en estos tiempos: dejemos a un lado el debate sobre si Twitter es el fin de los periódicos (a final de cuentas, la mayoría de la información que se comparte en internet y en estas comunidades virtuales son generadas por las agencias de noticias y los grandes periódicos, los mismos a los que buscan denostar los fanáticos de la revolución digital), y mejor consideremos los mejores escenarios en que estas industrias puedan convivir de manera pacífica, integral y a favor y beneficio de la sociedad.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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