Indignados delegacionales (segunda parte)

Me indigna que en mi país no me sienta segura, que haya tanta violencia y no poder vivir en paz  y en armonía.”

Indignado(a) anónimo(a) de la Acampada Sur

Se llaman a sí mismos y entre ellos, sudacampistas. El sentido es de camaradería, de unidad, de un frente común. En su página de internet declaran como motivos fundamentales de ser el diversificar y ampliar los espacios de expresión y reflexión personal y colectiva. ¿Conocemos espacios así en la Ciudad de México? Yo creo que no. En cualquier lado sobran los millares de “polis” (y con esto me refiero a los miembros de empresas de seguridad privada, que sin estar propiamente reguladas por la ley y en muchos casos ni siquiera reguladas para ejercer las funciones que se atribuyen) que son prontos a eliminar y retirar cualquier indicio de manifestación. O ya no de manifestación, sino de simple expresión, sea ésta artística, política o de cualquier índole: una playera, un cartel o un simple grito pueden ser suficientes para que uno termine maniatado por estos agentes del orden.

Estos pseudopolicías son el tipo de personas que se escudan bajo el débil y nefasto argumento de “seguir órdenes”. Pero haríamos bien en entender de dónde salen estos oficiales y sus actitudes. Es claro que la violencia, o más bien, la explotación de la misma (en los medios sobre todo) es un gran negocio en sí mismo, que propicia el surgimiento de cada vez más empresas dedicadas a la seguridad, las alarmas, los chalecos blindados y las cámaras infrarrojas. En estos momentos de histeria casi colectiva, la seguridad, con todas sus letras, se ha vuelto una especie de santo grial que pareciera más difícil de obtener que un tazo de colección. Pero en la búsqueda está el disfrute, y así lo entienden los que se benefician de la situación actual.

Lo mismo pasa con los fabricantes de armas. No dudo que existan algunos que verdaderamente y con todo su ser crean que su misión en la vida es el proteger a los seres humanos con los productos que ellos elaboran. Me causa terror lo anterior. No se dan cuenta que es gracias a que ellos fabrican sus fusiles que miles mueren por sus balas en alguna otra parte olvidada del mundo. No se dan cuenta que al fomentar el consumo de sus productos se está abogando involuntariamente (¿será?) por la violencia, por más de esa inseguridad que juran combatir. Pero nos desviamos.

Los espacios públicos de expresión y reflexión colectiva, como indica en su razón de ser el movimiento de Acampada Sur, escasean y por eso encontrar uno en Coyoacán, siempre espejo de una sociedad ecléctica, variada y sumamente interesante, resulta por demás atrayente. Hay un “Muro de la indignación”, donde mediante rectángulos de cartón unidos por un hilo, los ciudadanos escriben de su puño y letra el motivo de su indignación y lo cuelgan a la vista de todos. El menú es variado: va desde quien se queja de los carnívoros, hasta quien no quiere seguir viendo un país sumido en el clima económico actual. Hay carteles con dibujos que nos remiten al mítico cerdo de Pink Floyd, con la leyenda “Cerdo Capitalista” a un lado. Hay libros apilados que buscan dueño. Hay sillas para que la gente se siente a escuchar y participar en ese pequeño experimento social que representan.

Porque, me parece, eso es de las cosas más rescatables del movimiento de indignados alrededor del mundo: el intento por hacer las cosas de manera distinta, por hacer ver (y demostrarse a ellos mismos) que existen otras maneras de hacer las cosas. Por eso alzan la voz, y se juntan en asambleas y discuten los asuntos públicos en el mismo tenor: abiertamente, de manera plural, dialéctica. No hay líderes visibles, no hay una cúpula corrupta, no hay siquiera atisbos de una confrontación entre ellos, aún cuando las posturas son variadas.

Arte en el quiosco

Pero van más allá del experimento democrático. El día de hoy, sábado, se lleva a cabo de 1 a 4 de la tarde el “Altercambio Nómada Coyoacán”. Bajo el lema de “tianguis de trueque y economía solidaria” se buscan nuevas maneras de interpretar el consumo, la economía y el dinero. Es decir, el intercambio de cosas (libros, películas, ropa, etc.) por otras cosas, con personas, de frente, como se hacía antes y en el que no existe la plusvalía, o la explotación o el salario mínimo. Invitan inclusive a productores a realizar este especie de reedición de un tianguis azteca que no encontramos en otras partes del país. Posiblemente, el altercambio no sea la solución a los problemas nacionales, pero ¿a poco no nos invita a pensar que hay otras formas? Ese, creo yo, es el gran mensaje.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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