Incidente en San Cristóbal

Lector, en lo referente a las siguientes líneas, lamento decirte que hoy no seguiré la dinámica de análisis a un tema como lo hago generalmente, notarás que incluso no puse ninguna cita para iniciar el texto… pero antes, una advertencia: si estás demasiado ensimismado en tu aburrido personaje de troll virtual que busca en Internet escritores amateur para atacarlos, sin la menor compasión, con las más filosas criticas, con la única intención de calmar tu ímpetu producto de estancamientos en alguna etapa de tu infancia, te aviso que los “amateurs” lo sabemos. No nos molestan tus comentarios, muy por el contrario, estamos convencidos de que tus réplicas pseudo-intelectuales, (dicho de otra forma) tus meras presunciones fútiles que buscan maquillar tu intolerancia, nosotros sabemos que no van dirigidas a nuestro trabajo, sino más bien, te las envías demostrándote cuán intolerante eres y cada que lo repites, te aprisionas en tal amargo e incómodo arquetipo.

Ahora bien, antes de que te dejes llevar por un arrebato o algún ataque de celos ante lo que interpretas como mi ego, he de decirte que te comparto mi experiencia personal porque me ha resultado única, privada, elegante y muchas adjetivos más que me vienen a la mente cuando pienso en mi decisión de visitar San Cristóbal de las Casas, Chiapas en México.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas

La primera imagen en mi mente es bajando del camión que llega a la avenida Insurgentes en el centro de San Cristóbal (sí, también hay avenida Insurgentes aquí), caminar durante veinte minutos para llegar al corazón de dicha comunidad y en el camino, además de notar unas curiosas faldas de piel negra que muchas mujeres indígenas portaban, me acerqué a un vendedor de fayuca (también conocida como piratería), que me ofrecía un libro del Ché. En ese momento, frente a la insistencia del endémico negociante me vi tentado a comprarlo, pero luego, preferí desvalidar la proyección de mi mismo comprando dicho ejemplar, pues de hacerlo caería en lo que “cualquiera haría”. Mi segunda imagen es mi llegada al centro del “más mágico de los pueblos de nuestro país” (según el reconocimiento recibido en 2010 a manos del presidente Felipe Calderón).

Todo lo que encontraba al ritmo de mi andar era predecible, justo como alguien con un conocimiento básico de nuestro país se imaginaría: indígenas en cacería de posibles clientes de sus tejidos tradicionales; los más suertudos de ellos, boleros, e incluso un merolico que en punto de las seis de la tarde sirve, con su humor, de paliativo a la condición de desigualdad social y económica de los visitantes y los visitados. Una diversidad de etnias (principalmente Tsotsiles y Chamulas) que seguramente guardan en el imaginario de su comunidad lo que un día fueron, un pasado lleno de grandeza y esplendor, magnificencia que los herederos cargan en desencantada mirada al tiempo que su pequeño hijo se acerca con la cara sucia a un extranjero y le implora “cómpreme un suéte”, ándile, lléveselo”. Esa imagen dura que sucede a cuatro pasos de una sucursal de Burger King.

Después de caminar durante casi una hora y observar, decidí sentarme frente a la catedral y hacer una nota mental: “Para muchos visitantes, los niños hambrientos forman parte del paisaje folclórico”. Lo digo porque sentado en aquella banca metálica fui espectador de cómo una mujer estadounidense (lo vi en su pasaporte) le pedía a cinco niños indígenas posar para una foto tratando de capturar en la misma toma a la madre de los infantes que alimentaba de su pecho al menor de sus hijos.

Después, caminé reflexionando en lo que pasaría si nos viéramos como iguales, no etnias, no países, no clubes de fútbol, ni religiones; seres humanos y punto… Mi reflexión fue interrumpida por mi estómago que me recordaba que se hacía tarde y aún no comía nada, me dispuse a probar algo típico y así fue que probé el “cochito con arroz”, acompañado de su “pozol”, debo confesar, una experiencia culinaria excepcional. Sólo para darte una idea, el cochito es lo que en otras partes de México conocemos por cochinita pibil y el pozol es una bebida preparada a base de maíz molido que se mezcla con cacao para darle un sabor dulce, se toma en un recipiente similar a una pequeña cazuela de barro y se toma directo de ahí, sin popote ni cuchara.

Por último y para que descubras por qué elegí hablarte del lugar en el que estoy, vine a un café Internet a publicar un audio que preparé hace días para El Cafetín de las 5 y mientras abría mi cuenta de Hotmail, me sentí genuinamente sorprendido.

Justo en la máquina de junto, en el café Internet que lleva por nombre Torre de Pakal, se sentaron un par de jóvenes que seguro no rebasan los quince años ambos varones, hablaban en su lengua materna, un dialecto que sonaba como náhuatl (posiblemente lo era, no estoy seguro) y empezaron a jugar con el mouse, a hacer clic y aprovechar de las maneras más variadas sus ocho pesos mexicanos que habían invertido en entretenimiento compartido. Una de esas maneras fue entrar, sin mínima vacilación, a la página oficial de Playboy, pero al verse insatisfechos en el material que tienen acceso los miembros sin membresía en dicha firma, optaron por abrir una página más “flexible” y acorde con sus expectativas: Youporn.

Traté de hacerme el ciego al notarlo, pero no pude esconder mi expresión cuando vi que ambos jóvenes acercaban cada vez más y más su cabeza a la pantalla del ordenador, al punto de ver sólo píxeles en lugar de imágenes.

Fue entonces que, procurando mostrarme comprensivo, les dije: “Chavos, creo que no deberían ver eso aquí, los pueden regañar”, pero ellos, haciendo caso omiso de mi aviso precautorio, se carcajeaban sin parar y continuaban abriendo nuevas ventanas en el explorador de Internet con videos pornográficos cada vez más explícitos.

De pronto, se presentó la ocasión en que para mis adentros pensé: “Se los dije”. El tendero se acerco (sí, es café Internet y también tienda) y miró la pantalla durante un varios segundos, acto que fue seguido de un gemido de molestia y un grito que a todos sorprendió: “¡niños!, ¿qué hacen?”. Ellos lo miraron, se pusieron de pie y corrieron a la salida, pero al levantarse uno de ellos desconectó el cable de los audífonos, y se activaron pues la bocinas principales de la máquina, fue entonces que se presentó una extraña sinfonía que sólo una orquesta de orgasmos fingidos y genuinos puede recitar.

El tendero tuvo por un momento el dilema de perseguir a los “chamacos” o cerrar las ventanas para acallar el promiscuo concierto que inundaba de sensualidad un lugar fuera de contexto. El hombre de mediana edad decidió parar con el espectáculo tratando de cerrar las ventanas pero para su desgracia, al intentar hacerlo aparecían ventanas emergentes que no le permitían acabar con el show de una vez por todas, así que pensó que desconectando las bocinas todos podrían continuar con lo que estaban haciendo antes del extraño incidente. Por fin logró hacerlo y con calma comenzó a cerrar las ventanas, luego yo, con una mirada de soslayo, noté cómo antes de cerrarlas, el hombre guardaba las direcciones de dichas páginas en favoritos. Ahora pienso que seguro lo hizo para bloquearlas y no le vuelva a pasar… ¿o no?

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Comments

  1. Muy entretenido, como todo lo que escribes 😀 por cierto como termino tu viaje en San Cristobal?

  2. Woow primo me sorprendiste,escribes muy bien que tengas un buen dia y no olvides q sobre todo hay un libro supremo de sabiduría aunq no suelo leer mucho te lo recomiendo!!! Felicidades

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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