San Franciso y Fidel Gómez

Amigos, mi introducción será breve debido a que en esta entrega no demando su atención, es más bien para un autor anónimo que prefirió que yo publicara su cuento corto  bajo el sueudónimo del protagonista. Fidel Gómez.

Gracias.

Salí del hotel a las 11 y las cafeterías ya estaban cerradas. Me encanta San Francisco, en todas las tiendas venden alcohol y puros. Es un paraíso. Entré a una que estaba en la esquina y afuera esperaba un hombre muy gordo en silla de ruedas. Suplicaba limosna a todos los que pasaban y yo no fui la excepción. Tenía la barba de días y se veía asqueroso y muy enfermo. Le faltaba una pierna. Lo miré a los ojos y le sonreí, me devolvió la sonrisa y entonces supe qué iba a hacer con él. Le dije la verdad, que no tenía efectivo pero que podía invitarle cualquier cosa de la tienda.  Me encanta San Francisco, en todas las tiendas venden alcohol y puros y aceptan tarjeta de crédito. Es un paraíso.

Agregué divertido; ¿no pedirá comida o sí…? Entonces el gordo sonrió y dijo que entraría conmigo. Pidió una botella grande de vodka barato y nada más. Yo, desilusionado y riéndome le pregunté si lo iba a tomar así, solo. Entonces el gordo se dirigió al cajero y pidió dos cajetillas de cigarros. Lo incité a pedir más, yo sabía que no iba a serle suficiente y terminó pidiendo tres botellas iguales. Me miraba perplejo.  Muy bien, usted sí sabe, le dije sonriendo. Yo me fui a donde estaban los puros y llevé lo de siempre. Justo al pagar entraron dos jovencitas…

Las dos rubias, vestía jeans ajustados y una playera de beisbol, la otra solo llevaba un pullover blanco y casi transparente que le cubría lo mismo que una minifalda de esas que no permiten llevar a las escuelas. Nada llevaba debajo del pullover, ambas me sonrieron y sostuvieron la mirada. Trataban de aparentar a lo mucho diecinueve  pero yo sabía que no rebasaban los dieciséis. Antes de poder decirles cualquier cosa se fijaron en mi acompañante e hicieron muecas de disgusto. De asco. No las culpo, es lo que me consigo por querer hacer feliz a todo aquel que me encuentro. Terminé de pagar, tomé al señor por la silla sin preguntarle y nos salimos rápidamente. Abrió la botella y comenzó a beber como si fuera agua, le encendí un cigarrillo. Su esposa lo había corrido de la casa por su alcoholismo justo después de haber perdido la pierna izquierda.  No paraba de darme las gracias. Lo dejé ahí contento y aún más ebrio. Hacía frío.

Seguí por la avenida, esas dos rubias me habían inspirado y justo en la otra esquina le pregunté a un negro por alguna casa de masajes. Nombró tres o cuatro que estaban cerca, una de francesas y el resto de chinas. A decir verdad desprecio a los chinos, pero nunca había probado a ninguna asiática. Me sentí tentado y recordé al taxista que me recogió del aeropuerto; son otro tipo de carne, hamburguesas distintas,  dijo. Seguí caminando cuando el negro me detuvo. Entonces lo vi bien, delgado y tembloroso y con ese perfil de drogadicto empedernido; otro pordiosero. Me pidió un dólar y pensé si con cada esquina que cruzara la tarifa iría en aumento. Le dije lo mismo que al otro, nada de efectivo. Sonrió de forma asquerosa y me deseó buenas noches. Si algo sé es leer a ese tipo de gente, tan parecida a mí. Entonces pregunté si tenía hambre y fuimos a una pizzería en la misma calle. Pidió una individual pero le corregí y le pedí que ordenara una familiar, por si tenía amigos, guiñé el ojo.  Pagué y le di el ticket, me despedí y antes de cruzar la puerta me detuvo, dijo que qué buscaba, que si quería divertirme. Le hablé de la casa de masajes de las chinas. Advirtió que no era muy buena y sonrió inocentemente. Nunca me equivoco con esta gente y sabía lo que venía.

Siguió hablando mal del lugar y me dijo que él tenía muchas “hermanas”, blancas, negras y chinas ¿qué quería? Como casi siempre, acabé escogiendo algo totalmente distinto de lo que tenía pensado, una rubia estaría bien. Dije la primera frase que había aprendido en inglés y la más importante en ese idioma: ¿How Much? 50 dólares y habitación incluida. Acepté la propuesta.

Me hizo esperar diez minutos frente a la pizzería. Regresó con su “hermana”. Su nombre era Lucy, delgada y bajita,  y por su ropa supe que al igual que el negro vivía en las calles. Tenía el cabello largo, dorado y deslavado. Y unos ojos verdes enfermos y preciosos. Me recordó al amor de mi vida pero también me hizo saber que nunca me había acostado con una indigente. Le besé la mano y me llevó al hotel bajo la mirada cómplice del negro.

La habitación me hizo pensar en el infierno, ¿así serán los cuartos allá adonde van los poetas y los judíos? Me persigné antes de entrar. Era oscura, sucia y pequeña al igual que mi acompañante y la cama estaba destendida. En la cómoda dejé mi abrigo y la camisa. Comencé a desvestirla mientras le daba pequeños besos en la frente, era tan pequeña e inofensiva. Su cuerpo era aún más delgado debajo de tanta ropa y curiosamente no había ningún signo en su cuerpo de esas enfermedades que gracias a dios nunca me han tocado.

Sus ojos de campo me hicieron saber que nadie en mucho tiempo la había tratado como a una mujer, y aún más, como a una mujer hermosa. Justo antes de comenzar y ya desvestidos, le recordé lo que a nuestro hermano, que no tenía efectivo. Tranquila y como acostumbrada a ese tipo de respuestas  me avisó que en la tienda de abajo los paquetes de cajetillas costaban 65. Acepté el trato. Y entonces comencé a desearla en verdad. Tan versátil, tan inteligente y sabia, tan bella. Olía a perfume barato de hombre….

Salimos del hotel hora y media después tomados de la mano; ella también lo había disfrutado. Le compré sus cigarros y la dejé afuera de la tienda. Después revisé que nada me faltara y sé que debí haberlo hecho antes de salir del cuarto pero es que sigo siendo un romántico. Sólo me quedaba un puro. Regresé a la avenida.

Tantas luces neón me convencieron de seguir. Entré a un bar y después a otro. Nada especial, lo mismo de siempre; ron y coca de dieta. Al regresar a mi hotel y justo pasando por la tienda donde me había encontrado a la rubia del pullover… ahí seguía, ebria y sola. El estado más digno de una mujer. Se llama Lorena. Hice la pregunta y entramos juntos a mi hotel. Afortunadamente había guardado el efectivo para lo mejor. San Francisco es un paraíso.

Fidel Gómez.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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