Elecciones mexicanas en E.E.U.U.

La traducción más fiel que se puede hacer de la expresión “entre la espada y la pared” al inglés es “between a rock and a hard place“. Es una frase sumamente común en el discurso cotidiano, al ver al hombre enfrentado con dilemas u opciones que dejan poco espacio para complacer a todos, a la mayoría, o mínimo, a aquel que toma la difícil decisión. En esencia, eso es lo que representa un dilema en el sentido más puro del término: un escenario donde las alternativas son igualmente espinosas, donde las respuestas no dan una salida fácil, donde irremediablemente algo se pierde. Los campos donde aparecen situaciones así son tan variados como la afición del América: desde el que vende cueritos afuera del Azteca, hasta Azcárraga y descendencia. Pero existe uno donde es especialmente notorio, debido a la multiplicidad de actores e intereses que convergen: la política.

La política siempre ha sido una extensión más de la actividad, carácter y ethos humano. El zoon politikon de Aristóteles ha mutado su piel, sus corbatas, su discurso, pero debajo, sigue principal y fundamentalmente inalterado. Que en política se reproduzcan los problemas que encontramos en las parejas, en las familias, en pequeños grupos o en casos individuales no es raro, es inclusive lógico. Sin embargo, debido a la envergadura de su posición en el arreglo social, no resulta extraño que los políticos terminen entre la espada y la pared más veces de lo que esperarían hasta ellos mismos. A veces, tienen que congeniar sus convicciones personales con aquellos grupos que financian su campaña. A veces tienen que ir en alianza electoral con ciertos partidos, para asegurarse algunos votos a cambio de posiciones en dependencias públicas. A veces tienen que pedir disculpas a la televisora a la cual durante años han denostado. A veces se rompen las alianzas porque las senadurías o gubernaturas prometidas eran muy pocas para uno de los bandos. A veces los políticos tienen que renunciar para que no se hable de ellos y vivan en santa paz conforme transcurre el tiempo y el olvido nacional.

Y aunque parezca que en el párrafo anterior se tocan temas netamente mexicanos (rellene los espacios en blanco con el nombre adecuado), la realidad es que en otras latitudes la política no es tan distinta. Por ello la acotación al principio sobre la traducción anglosajona de la frase de la espada. En los Estados Unidos también hay un proceso electoral en curso para este 2012, pero a diferencia del mexicano, por allá llevan meses y meses conociendo a sus precandidatos, observándolos en debates, descubriendo sus pasados tortuosos, encontrando sus millonarias declaraciones patrimoniales. En fin, todo aquello para lo que se supone vivimos en democracia. En México, el código electoral, las reformas, la ley, los tribunales, el IFE, el TRIFE, este y aquel, crean una maraña que probablemente resultaría inexplicable si nos lo preguntara un estadounidense.

Centrémonos, sin embargo, en aquellos políticos que efectivamente se encuentran between a rock and a hard place: Mitt Romney y Newt Gingrich, los precandidatos punteros para la nominación presidencial Republicana en E.E.U.U. Exploremos las condiciones de su atasco: por un lado, el creciente (constante

Cartón donde se vislumbra la naturaleza del político contemporáneo

e irritante) poder del grupo intrapartidista del Tea Party, esa conglomeración de norteamericanos que se obstinan en comparar al presidente Barack Obama con Adolf Hitler, al mismo tiempo que lo tachan de comunista (¿confundido? No se preocupe, están peor ellos). Un grupo de presión que raya en el ultraderechismo y que sin embargo ha ido ganando adeptos en los Estados Unidos gracias a populares comentaristas de radio y televisión que descargan toda su ira (por la economía, principalmente) contra el gobierno y los demócratas. Ante ellos, que ahora gozan de un poder de decisión en el partido inusitado, Romney y Gingrich deben presentarse como radicales, dispuestos a seguir la línea que este grupo marca (deportación masiva de indocumentados, “reducir” al gobierno, pugnar por el libre mercado, etc.) para así obtener su apoyo.

Sin embargo, una vez que alguno haya conseguido la candidatura con base en ese radicalismo, tendría una competencia virtualmente imposible contra Obama. ¿Por qué? Sencillamente por el voto de todos esos indocumentados (el denominado “voto latino”), que hace tiempo ya que tienen el poder de decidir una elección, de inclinar la balanza. Ningún candidato presidencial nortemericano ha logrado llegar a la Casa Blanca con menos del 40% de este voto. Si Gingrich y Romney se obstinan en presentarse como anti-inmigrantes sólo para obtener la nominación Republicana, ganarían esta y perderían inevitablemente la elección general. Sin duda, a rock and a hard place.

Por eso en días recientes, ambos han centrado sus esfuerzos en presentarse como los “menos anti-inmigrantes”. Cómico, si no fuera porque es triste ver hasta dónde un dilema pone en jaque nuestras creencias o convicciones personales.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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