Kate Hudson

Es, sin duda alguna, una especie en extinción. Un ser atípico que ya sólo se encuentra en recónditos lugares, en distantes latitudes. Un iconoclasta por excelencia. Alguien que no se adecua fácilmente a las reglas del juego de la sociedad “moderna” y que por ende no termina de encajar en sus celdas pixeleadas. Hablamos, invariablemente, del hombre desconectado.

Ese que no tiene Followers sino compañeros de clase. Aquel que no tiene Timeline sino un álbum  de Polaroids con solapas de plástico y coloridas imágenes de portada. Recientemente, y con el anuncio de la oferta pública en bolsa de Facebook, se han dado a conocer los más variados datos y estadísticas acerca de esta, la reina por excelencia de las redes sociales. Algunas cifras se publican, imagino, con el propósito único de asustar. Por ejemplo, son 3.700 millones de dólares los que ingresó Facebook en 2011. Mucho más (literalmente, mucho) que el Producto Interno Bruto de no pocos países. Ciertamente esto no sólo es para apantallar a los potenciales rivales de Facebook ahora que se avecina la lucha por el valor de sus acciones; sino también sirve para mostrarle al mundo (gobiernos y economías incluídas) el poder con el que cuenta la compañía que nació en un dormitorio en Harvard.

Otros datos no son menos reveladores. Con 845 millones de usuarios registrados al cierre del año pasado, Facebook podría consolidarse como el tercer país más poblado del mundo, sólo detrás de la inmensa mole de chinos e indios que habitan en Asia. Probablemente, el ejército (¿qué no en inglés la expresión que se utiliza para registrarse en Facebook es “sign up”, al igual que la acción de enlistarse en la milicia?) más vasto de la historia. Un ejército que se presenta como la mina de oro más extensa del mundo a los ojos de aquellos que se anuncian en sus barras laterales, o que desarrollan los juegos en los que millones invierten igual cantidad de horas. Lo que no tiene Facebook en cuanto a datos personales a nivel mundial…

Pero nos desviamos. Hablar de Facebook era sólo un pretexto para presentar una historia más relacionada con ese hombre desconectado del que hablábamos al principio. Resulta que en Yale, la prestigiada universidad en Estados Unidos, un popular profesor tomó una decisión controversial que seguramente hirió los sentimientos de varios. No, no renunció por involucrarse con una alumna. Ni siquiera sacó a alguien de clase. Lo que hizo Alexander Nemerov, responsable del curso Introducción a la Historia del Arte: del Renacimiento al Presente (una de las clases que más rápido “se cierra” cada semestre) fue cambiarse de salón. El cambio hubiera pasado desapercibido…si no es porque el nuevo auditorio no tiene señal de celular o Wi-Fi.

La inmediata reacción de descontento entre el alumnado fue inevitable. ¿Cómo? ¿Una clase entera donde no podrían revisar sus celulares, abrir sus computadoras, revisar su correo o publicar un comentario sobre lo aburrido de la vida en algún muro virtual? Impensable. ¿Una clase donde únicamente escucharían al profesor hablar acerca de una materia en la que es experto? Insensible. ¿Refrescar la página cada 5 minutos para ver si ya subieron las fotos de la fácilmente olvidable fiesta del viernes? Irreal. De otra época. Ahora los estudiantes, somos multimedia, multitasking, multiredes, multimodales, multiplicados virtualmente millones de veces, tantas como pixeles y pantallas encendidas alrededor del mundo. ¿O no?

Aún cuando los estudiantes de Yale esgrimen esta y otras razones para exigir vehementemente la instalación de un ruteador inalámbrico cerca del auditorio, el profesor Nemerov está convencido (quizá tenga más experiencia en ello) que existe evidencia irrefutable en la vida y calificaciones de los estudiantes que demuestra lo contrario. No era hace tanto que los profesores escribían en el pizarrón y con gis, a la par que los estudiantes copiaban fielmente en sus libretas el contenido de la clase. No hace tanto, era más común escuchar preguntas en una clase que el frío e impersonal tecleo de incontables máquinas al unísono.

Ejemplos incluyen: Guerra de Novias y La Novia de Mi Mejor Amigo. Mención honorable: Casi Famosos

Habiendo tantas otras cosas mucho más preocupantes y relevantes por las que quejarse en el mundo, pareciera que la señal de internet en un salón es tan trivial que podría categorizarse como insulto. Al final, la clase de Nemerov dura sólo 60 minutos. Sin dudarlo, habrá gente que le dedica más que eso a una película de Kate Hudson.

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Trackbacks

  1. […] saber cual es la particular afección que sufren los estudiantes de Yale de los que hablábamos en esta sección no hace tanto. Aquellos que no podían estar los 90 minutos de una clase sin celular, sin WiFi, sin […]

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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