Nomofobia

Creo saber cual es la particular afección que sufren los estudiantes de Yale de los que hablábamos en esta sección no hace tanto. Aquellos que no podían estar los 90 minutos de una clase sin celular, sin WiFi, sin ondas y señales electromagnéticas sobrevolando sus cabezas. Al parecer es una condición patológica que algunos llaman “la enfermedad del siglo XXI”. No es la afición a Justin Bieber, pero parece igual de cruel. Su nombre es nomofobia, y hace poco, un estudio británico reveló que en los terruños de la Reina, un 66% de la población sufre de esta condición.

Nomofobia es, en otras palabras, el miedo irracional que sufren algunos cuando algo les impide interactuar con sus celulares. Eso es en un sentido amplio. Pero como ahora los celulares son a la vez consolas de videojuegos portátiles, diarios, cámaras digitales y chismógrafos, el término y la patología se pueden extender a cualquier otro aparato electrónico de uso cotidiano. Si usted siente una gran ansiedad frente a las siguientes situaciones: pérdida del celular, agotamiento de la batería o el crédito y la falta de señal; puede declararse oficialmente nomofóbico.

El término surgió de la combinación en inglés de las palabras “no-mobile-phobia” (fobia a estar sin celular) y su primera identificación se dio en el remoto año de 2008, cuando Facebook sólo tenía 145 millones de usuarios. Sin embargo, un estudio recentísimo (que incluyó 1,000 encuestados en Inglaterra) reveló que el 77% de los participantes con edades entre los 18 y los 24 años sufren nomofobia. Algunos presentan síntomas aún más radicales: el 41% declaró cargar con dos celulares, para así jamás quedar desconectados, no vaya a ser que se les atraviese la realidad. ¿Por qué alguien querría eso?

Lo anterior me hace recordar el peor y más nefasto anuncio que he visto en tiempos recientes. De Sony, el anuncio presenta a un obrero que trabaja en las cañerías y sistemas de drenaje en su ciudad y que sin embargo es enteramente miserable. Detesta su trabajo y detesta a sus jefes. Con justa razón. Al parecer el hombre es sujeto de explotación, haciendo un trabajo que nadie querría hacer, si no existiera la apremiante necesidad económica por la que se mueve el sistema. Sin embargo, en lugar de organizarse en un sindicato y exigir mejoras laborales, en lugar de tomar consciencia de su explotación y hacer algo al respecto, el hombre juega.

Sí, saca de su bolsillo su teléfono (uno de esos videojuegos portátiles) y se dibuja una sonrisa en su rostro al tiempo que declara que lo único divertido en la vida es su celular. Inmediatamente, aparece un letrero en pantalla que reza lo siguiente: “cuando tengas un descanso del trabajo, juega”. En otras palabras, eso es enajenación pura.

Es una visión triste de la vida humana, una donde los únicos campos de acción son un trabajo desdichado y un videojuego entretenido. Nada en medio. Ningún espacio para la lectura, para la plática, para la contemplación, para esa actividad tan natural para el hombre que es “filosofar”. No necesariamente sobre temas existenciales o kantianos, sino simplemente un momento de paz mental, de libertad, de despojo del coloniaje que ejercen sobre nosotros los benditos aparatos.

Que no se malinterprete esta entrada. No propongo en ningún momento ir y quemar todos los celulares del mundo. O regresar a la época de los heraldos. Simplemente tenemos que empezar a mantener una sana distancia de esos aparatos, que en sí, no son ni buenos ni malos. Tenemos que dejar de sentir que el teléfono vibra aún cuando no lo hace.

Se supone que no están ahí para elevar nuestros niveles de estrés, producirnos ansiedad y hacernos experimentar síntomas de abstinencia neta; sino para aligerar la vida, hacer más eficiente el trabajo, liberar al hombre. No olvidemos pues ese propósito.

P.D. Si usted llegó hasta el final de esta entrada (leída obligatoriamente desde una pantalla), no se preocupe por consultar a su médico, está dentro de los parámetros de lo “normal”.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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