Malo por conocido

Más vale malo por conocido que bueno por conocer, dirían algunos filósofos de alcantarilla. Este razonamiento se apoya, como toda construcción sofista, en argumentos sumamente convicentes que pueden llevarnos a creer que en efecto, mejor no hay que moverle. No conformes con esta argumentación elocuente, los que predican este tipo de vida también tienen toneladas de ejemplos de las que pueden echar mano para sustentar su posición.

Estos ejemplos, como los personajes que enarbolan la filosofía, son de lo más variado, aleatorio y distinto que podríamos encontrar en este mundo. Revisemos algunos prototípicos. Un primer ejemplo corre desde lo tremendamente personal. Imaginemos la historia de un noviazgo tradicional. Se quieren y sí son novios. Todo empieza muy bien: él inclusive juega canasta con la suegra y le ayuda al suegro a podar el jardín los fines de semana. A ella le compra flores y la recoge diario de la universidad y sus clases de salsa. Sin embargo, desde hace algunos meses, Petra empieza a sentirse diferente respecto a él. Todo comenzó cuando ella le pidió una explicación de las medias que había encontrado en el coche de Pancho. Él, nervioso y visiblemente molesto, la mandó callar y terminó dándole una bofetada. ¡A ella, “su corazón”!

Petra decidió que había actuado mal, y que suya era la culpa por estar preguntando algo que no le incumbía. Pero otro día, cuando fueron a cenar y ella pidió postre (un brownie coronado por una bola de helado de vainilla que sudaba chocolate y se le antojó desde la foto), él no dudó en increparla a gritos enmedio del restaurante y una vez en el coche, volver a golpearla. “Es por tu bien”, decía él. Empero, Petra sabía que algo estaba mal. Ni así decidió eliminar a Pancho de su vida (o de su información en Facebook) y decidió mejor consultar a una amiga cercana, la cual sin dudar dos veces le aconsejó no cortar a Panchito, dado que “ya tienen una historia juntos y él te quiere mucho. Además, los hay peores”.

Aún con toda la evidencia en contra, Pancho se salvó y Petra quedó condenada gracias al accionar de ese viejo dicho, que se replica en las bocas de inumerables personas. Primer ejemplo.

Pero también hay quienes utilizan el mismo razonamiento para cuestiones trascendentales, políticas, nacionales e internacionales. Un ejemplo paradigmático es George W. Bush.

Después de los ataques a las torres gemelas del 11 de septiembre, muchos estadunidenses se sentían verdaderamente perdidos: ¿quién querría hacerles daño a ellos, los buenos? Fue en este clima, alimentado en exceso por las coberturas noticiosas y la retórica política, que Bush logró meter a su país en no una, sino dos (y las que fueran necesarias) cruentas guerras que, hasta el día de hoy, no han terminado y no se ve por dónde. Ambas, Afganistán e Irak, empezaron durante el primer periodo del presidente texano. Rápidamente se vio que no iban por ningún lado. Sin embargo, a la hora de la elección presidencial de 2004, Bush logró su reelección. ¿Por qué? Se preguntaban muchos periodistas, comentaristas y ciudadanos. La respuesta es simple (y con otras palabras, era la parte primogenia de la campaña de reelección de Bush): más vale malo por conocido que bueno por conocer.

Quienes en algún momento proponían a Raúl Arias para director técnico de la selección nacional (o bien quien lo contrata para su club) se toma muy en serio el popular refrán.

¿Quiere esto decir que hay algo de verdad en la afirmación central de este artículo? No lo sabemos a ciencia cierta. Sería en extremo arriesgado y poco inteligente tomar partido por la proposición aquí y declarar que si ese dicho se ha perpetuado en el tiempo, es porque algo tendrá de bueno. Falaz. Quizá, y esto suena más plausible, tiene mucho de útil que como bien se sabe, no siempre es lo bueno. De hecho, categorizaciones en apariencia sencillas (bueno, malo, útil, inútil) no son ni por mucho eso. Hay prácticamente una miríada de enfoques para cada término y eso es motivo de un tratado filosófico y estructural mucho más amplio que el que a estas líneas compete.

Sin embargo, sí hay algo que podemos afirmar. Los dichos, refranes y sabiduría popular, tienen muy poco de esto último y mucho de conveniencia. Son argumentos que pueden sacar del atolladero a quien los utiliza en las más variadas situaciones. ¿Por qué? Por reduccionistas. Porque en este mundo ya nadie quiere dedicarle demasiado tiempo a pensar, a discutir, a racionar. Los refranes caben en 140 caracteres. Ergo, sirven en nuestro mundo.

Hay decisiones que requieren un poco más que el consejo oportuno, que el lugar común, que lo indoloro. Piénselo dos veces antes de, digamos, votar.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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