El jefe

Entrada del fraccionamiento Rancho Paraíso. Foto: Especial

Le vendaron los ojos y la metieron a una camioneta blindada. No la estaban secuestrando: ella sabía que este trabajo tenía que ser mucho más discreto. Un amigo suyo le había propuesto hacerse de una buena lana. “Mira, tú haces lo tuyo, no dices nada y de aquí sales bien forrada“. No sonaba difícil. Mientras la camioneta tomaba velocidad, ella se preguntaba quién iba a ser el cliente. Quizá un político importante, o mejor, un cantante o celebridad casada. No. Esos no eran los círculos donde se movía. Menos ahí, en Punta Ballena, Baja California Sur.

Llegó a una casa enorme, un palacio de cristal, frío, tenso. En la sala, le quitaron la venda y le dijeron que esperara. No se oía un ruido en toda la casa. Ella se levantó (esa mansión le inspiraba una curiosidad tremenda) y sólo encontró a dos personas: una cocinera y un jardinero. Los tres charlaron un rato. La cocinera había sido contratada hace unos pocos días; a ella ya le habían cumplido su promesa: su sueño era hacerse una cirugía estética y quienes la contactaron para atender “al patrón” se la pagaron toda. Hasta fueron a recogerla al hospital. De nuevo, sólo pedían silencio absoluto a cambio.

El jardinero contaba una historia similar. En eso, un hombre armado (que no pareció incomodar a nadie con la prominencia de su rifle) entró a la casa. “Ya es hora”, le dijo al jardinero. Éste sabía lo que tenía que hacer. Subió de nuevo a la camioneta, esta vez acompañado únicamente por un mapa austero que le marcaba la ruta. Llegó a una pista de aterrizaje clandestina. Ahí, bajando de la avioneta, estaba el jefe.

El jardinero sabía perfecto quien era. Había visto su rostro cientos de veces en la televisión, había escuchado su nombre incontables veces. ¿Cómo no hacerlo? Sin embargo, trató de mostrarse sereno ante el silencio sepulcral de quien ocupó el asiento trasero a la camioneta y sólo escupió un “ándale”, que bastó para que el jardinero se pusiera a toda marcha.

Mientras, a ella la habían conducido a una habitación austera al fondo de la casa: una cama matrimonial, una mesita de noche, un vaso de agua, un espejo al frente y nada más. “El patrón estaba en camino”. Se miró al espejo, se arregló el cabello y pintó sus labios. Pero había algo que la tenía inquieta. Lo había empezado a sentir desde la mañana. “Hoy no, porfavor” pensó, como si su vida dependiera de ello. Quién sabe, quizás lo hacía.

El patrón llegó a la casa y saludó amablemente a la cocinera. Inmediatamente se dirigió a la habitación principal. Ahí estaba ella, sentada en la cama, ignorante aún sobre la llegada del cliente. Ella también pudo reconocerlo enseguida. Una excitación como ninguna otra que había sentido en su vida se apoderó de ella. “¡Si pudieran verme ahora mis amigas!” pensaba, al tiempo que le quitaba al jefe la camisa. Se sentía indefensa, vulnerable, en peligro, y le encantaba. Era algo que no podía describir, que se apoderaba de ella. Tenía miedo.

El ritual siguió, hasta que ella quedó completamente desnuda frente a él. Fue hasta ese punto que supo que no podía continuar. Aterrorizada, no sabía a dónde mirar. No podía ser. Todavía no era el día. No hoy. Él notó que ella temblaba.

–¿Sabes qué? No puedo– y apuntó hacia la ropa interior en el suelo.

–Bueno, después.

Él se vistió rápidamente, mientras ella lloraba al borde de la cama. No sabía que iba a pasar con ella. “El patrón” hizo una seña y el hombre del rifle condujo hasta que la camioneta se perdió en el horizonte.

Las instrucciones que dejaron con la cocinera es que los tres, y el piloto de la avioneta, podían quedarse en la casa tanto como quisieran. Así lo hicieron, cada uno encerrado en sus pensamientos, atrincherado en sus miedos, controlados aún por el jefe, que ya estaba a cientos de kilómetros.

Era la mitad de la noche cuando los gritos y el golpe en las puertas de cristal la despertó. Creía que ya había pasado lo peor, que él no volvería. Paralizada, sólo atinó a sentarse en la cama. En eso, entraron a la habitación. Ella nunca había visto tantos policías en un solo cuarto. Quién lo diría, lo que horas antes maldecía fue lo que la había salvado.

Al jefe también.

(Lo anterior es una dramatización de hechos muy reales que narra la SIEDO acerca de la cercana captura del Joaquín “El Chapo” Guzmán el pasado 21 de febrero en Punta Ballena, BCS. La realidad es maestra de la ficción.)

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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