‘Nunca he pintado una gorda’

Fernando Botero no pinta gordas. Esto no es una apreciación personal. Ni siquiera es un intento por revalidar la figura y belleza femenina que imperaba en siglos pasados (aunque definitivamente habrá pocos que no encuentren a la Maja Desnuda de Francisco de Goya una auténtica y sensual Afrodita). El que el pintor más famoso de lonjas del mundo declare que no pinta gordos podría parecer errático, una declaración sacada de contexto. O quizás que su próximo cumpleaños número 80 lo ha hecho un poco más distraído.

No es así.

Durante la inauguración de la exposición “Fernando Botero. Una celebración” en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, el artista colombiano se enfrentó por enésima vez a la pregunta que pasa por la mente de quien observa un cuadro o contempla una escultura suya: ¿por qué los gordos?

Sin embargo, anteojos bien colocados y semblante tranquilo, el pintor respondió: “No me creen que yo no he pintado una gorda en mi vida“.

Un tema seguro ya cansado para Botero, quien ha explicado en incontables ocasiones que lo suyo es una redondez que aplica a todas las formas (sea una mujer, un gato o un caballo) y que resalta su sensualidad. La obra y pensamiento de Botero son capturados de manera ejemplar en la exposición que actualmente habita en los pasillos del Museo del Palacio de Bellas Artes. Así lo atestiguan los más de 15,000 expectadores que reunió la muestra en su primer fin de semana.

El trabajo de Botero es coherente, único y completo. Su estética colorida, sensual, caótica y tropical es netamente latinoamericana. Es su exposición, pero los cuadros son de todos. La exhibición en Bellas Artes es una de las más completas que se recuerden en cuanto a la presentación y homenaje de la obra de un artista. Desde algunos de sus cuadros más tempranos (cuando aún no se decantaba por su estética particular), pasando por bocetos, esculturas e inclusive la serie de pinturas pertenecientes a la colección Abu Ghraib que el pintor donó a la Universidad de California en Berkeley (pues según el colombiano, no se debe lucrar con el dolor ajeno), el título de la exposición resume perfectamente el sentir de las paredes del museo: una celebración.

La muestra inicia desde afuera de Bellas Artes, donde se han colocado esculturas monumentales del artista, que no se apartan de sus temáticas conocidas: un caballo de patas gruesas, un gato, una maja acostada y que invita sensualmente a tomarse una foto con ella, bajo los rayos inclementes del sol que a ella no la perturban. La entrada cuesta 43 pesos y a juzgar por el recibimiento del público en estos primeros días, bien vale hacerse a la idea de una fila: tanto para comprar los boletos como para entrar al museo.

La Gorda y la Latino.

Mas no es ésta una experiencia engorrosa o agotadora. Durante el recorrido, la presencia de elementos del Museo hacen que éste se agilice y que la visita pueda ser fluida y satisfactoria para todos. Las fotografías sólo pueden tomarse con un permiso especial que se compra aparte, en la taquilla. Los horarios son de martes a domingo, de 10:00 a 17:30 horas y la exposición estará abierta hasta el 10 de junio.

La completa inmersión en la obra de Botero que sufre el espectador durante la visita, lleva a este a comprender de manera mucho más completa e inteligente la propuesta artística de Fernando Botero. Para la segunda sala, uno ya no ve “gordas”, sino formas coherentes con su entorno, con sus expresiones, con el resto de las obras que las acompañan. Uno empieza a reconocer patrones y la inequívoca firma del pintor cafetalero.

Ahí están los ojos bizcos, que buscan que los espectadores no claven su mirada en ellos y se sientan observados, sino que tengan la libertad de mirar todo el cuadro. Ahí están los cigarrillos en el suelo. Los senos perfectamente redondos. Las banderas colombianas que aparecen de tanto en tanto. Los gatos. Los caballos. Las boquitas. Los árboles y la naturaleza.

Es una visita que vale la pena. Es una oportunidad única para conocer a fondo la obra de uno de los artistas latinoamericanos más icónicos y reconocidos en el mundo entero. La museografía es sobria y no llama la atención hacia sí, pero no es criticable. De hecho, la división de la exposición en salas obedece a contenidos temáticos muy bien delimitados que contribuyen a pasar de un estado de ánimo a otro. Del circo a la tortura. De las flores a los toros. De las “gordas” a lo redondo.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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