No soy de aquí, ni soy de allá

“Todos los hombres somos iguales en al menos un aspecto: nuestro deseo de ser diferentes

William Randolph Hearst (periodista norteamericano).

Te preguntarás, mi condescendiente lector, de que va esta entrada… y mientras lo haces, de manera involuntaria generas una organización jerárquica entre tú y yo consecuencia lógica de la necesidad humana de ordenar y clasificar todo (taxonomía) para tener el leve sentido de progreso. Después, una serie de factores que son: contexto socioeconómico, familia, edad, intereses particulares que al contrastarlos con los mismos factores (pero míos) desembocarán en una imagen clara que ten permitirá identificarte o no conmigo según el resultado.

Ahora bien, el tema de la clasificación y el sinnúmero de procesos conscientes e inconscientes que suceden en las interacciones humanas (presenciales, o remotas como esta) nos daría para escribir 2 biblias y un quijote… así que para ser concretos y lograr el propósito de la entrada de hoy, hablaremos del factor territorial, los llamados estigmas territoriales, mismos que están parcialmente definidos en el título.

Sin caer en vagas explicaciones, resumiré que un estigma territorial es la creencia, presente en el inconsciente colectivo de una población determinada (más o menos homogénea), que dota de símbolos y significados a un lugar –neutro por definición- y encamina una interpretación sesgada, limitada y subjetiva (pero práctica) de la realidad.

En México, y más específicos, en la Ciudad de México, es donde se da muy claramente una diferenciación social manifiesta. Podríamos bien imaginar una recta numérica donde los extremos sean por un lado los llamados “nacos” y por el otro los “fresas” pues de manera inconsciente, el grueso de la población, principalmente jóvenes, sentamos nuestra conducta en el punto que nos ubiquemos en dicha recta; vemos pues, no se trata de dialéctica, sino de matices.

Contraste social en la Ciudad de México.

Esta segregación tiene dos elementos sobresalientes, y es que los integrantes se reconocen  a si mismos como diferentes a los otros, pero a su vez, son capaces de figurar en sus mentes la percepción subjetiva que tiene el otro de sí. En otras palabras, el otro es capaz de describir como lo describiría el otro.

Los procesos de estigmatización son un proceso que se lleva a cabo en todo momento y se alimenta hasta de los rasgos más insignificantes que den un ápice de información que constituya la imagen genérica de un escenario. En concreto y con palabras burdas, al escuchar que se viene de una zona como Nezahualcóyotl, Tlahuac o Iztapalapa, el escucha (supuestamente ajeno a la interacción directa con tales sitios) tendrá una imagen de sus habitantes estereotipada y casi caricaturesca. Su mente le dibujará un ladrón, una tipo vulgar e incluso lo dotará de características físicas que tenga asociadas con la pobreza, la vulgaridad y la educación mediocre. Empero y resalto, será una imagen de la que no es el sujeto observador responsable, sino más bien, todos los somos en la misma medida, todos y cada uno que pertenezca y contribuya en dicho imaginario.

En contraste, si alguien que habita en los ya mencionados lares, se le cuestiona sobre la imagen que tiene de alguien de una zona como Coyoacán, Roma, Condesa u otras como Pedregal y Lomas de Chapultepec, convendrá en decir que son fresas y de manera inmediata atribuirá las características de un perfecto discriminador, superficial, insensible, presuntuoso, consumista y dependiente de las modas. Cuando, aclaro, no es necesariamente así.

Antes de concluir esta entrada y después de esta breve clarificación resta mencionar, si no se leyó entre líneas, que la estigmatización es responsabilidad tanto del que interpreta como del interpretado. El intérprete irá a usar sus filtros para ver, pero también el observado participará en la formación del estigma permitiendo y asimilando la etiqueta impuesta y consentida por él.

En fin (si es que podemos hacer un párrafo que lleve consigo la ardua tarea de resumir un tema tan extenso), no podemos decir que con hablar de los estigmas territoriales tengamos la llave para reducir la inequidad, pero saber la existencia y el papel que jugamos en la construcción de los símbolos que nos distinguen en esta época nos ayudará sin duda a ser más conscientes que también nosotros podemos, desde nuestra trinchera, trabajar para que no discrimine tanto. Por lo menos y en un principio, no por el lugar de origen; como ya vimos, es en muchos casos, un diagnóstico errado. La única opción es, como diría Gandhi: Ser nosotros el cambio que queramos ver en el mundo.

Honestamente,

Davilowsky

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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