La cena de Fuentes

Es inevitable hablar de Carlos Fuentes. Pongo el punto a esa oración ahí, a propósito, porque lo de Fuentes es atemporal y no conoce de aniversarios o de fechas especiales. Sí, es cierto que Carlos Fuentes Macías, ese nombre en algún acta de nacimiento, no existe más. Pero a la muerte de Carlos Fuentes le sobreviven sus palabras, sus libros, sus ensayos, sus artículos, sus entrevistas. Seré eternamente romántico, pero me convence cuando alguien dice que los grandes escritores no mueren.

“Aura” (1962). Cortesía: Restinpiz

Pero no sólo los escritores, quienes mientras haya lectores en este mundo viven, sino cualquier persona que se proponga traspasar los límites de su finitud. Sabemos, y otro escritor latinoamericano, Jorge Luis Borges, era experto en ello, que el hombre es un ser limitado. Limitado por un espacio, por un tiempo, por un cuerpo, por los sentidos. El mismo Borges murió ciego. Beethoven sordo. A todos lados a donde volteamos se presentan frente a nosotros los más variados límites y fronteras. Ya lo decía Jean Jacques Rousseau: el hombre nace libre, pero a donde quiera que va se encuentra encadenado.

Es entonces una misión intelectual y un esfuerzo físico el que lleva a algunos a romper esas cadenas. Carlos Fuentes es uno de ellos.

Decía el escritor que se levantaba a las 7 de la mañana y a las 8 (a más tardar) ya estaba escribiendo. Escribía sus notas a mano, luego transcribía y completaba con ese dedo que le quedó chueco después de teclear tanto en la máquina de escribir en su juventud. He ahí la primera evidencia física de su esfuerzo por trascender.

La semana antes de su muerte, Fuentes estuvo en Buenos Aires en una feria del libro. De esas a las que le gustaba tanto asistir, donde saludaba a todo mundo, le firmaba a todo mundo y contestaba todas las preguntas. Que si el Nobel, que si los candidatos, que si México. Ese México protagonista de sus novelas, el escenario tropical que se colaba por todas las rendijas de los protagonistas, de sus actos.

Pero Fuentes aprendió de Alfonso Reyes que la cultura “o es universal, o no la es”. Con este precepto bajo el brazo, el escritor se convirtió en un embajador voluntario de su país en el mundo, en embajadas, en los libros, en conferencias, en sus clases universitarias. Una vida en verdad comprometida con principios y valores propios, pero a la vez, universales.

No hay mucho qué decir de Carlos Fuentes que no se haya dicho ya, o esté por ser publicado en estos días. Sin embargo, me gustaría compartir en este espacio un cuento de Alfonso Reyes que se dice sirvió de inspiración principal para la breve novela “Aura”, que en 1962 sacudió los estantes de las librerías. Hoy en día lo sigue haciendo. Ya lo dijo Jorge Volpi alguna vez: en “Aura”, Fuentes alcanza algo terriblemente peligroso en el mundo de la literatura; la perfección. Muy pocas páginas le sirven al novelista para crear personajes francamente imborrables, escenas inolvidables (¿qué tal aquella de las piernas de Aura, abriéndose como el cristo negro sobre su cabecera?) y una obra que queda para la historia.

Pues aquí la fuente de inspiración. El cuento se llama “La cena” y posee algunos elementos en común que los lectores de “Aura” prontamente descubrirán.

Gracias, maestro.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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