La ciudad inescrutable

Desde 1956 y hasta 1972, la Torre Latinoamericana de la Ciudad de México fue la más alta de la región geográfica que lleva en su nombre. No había punto más alto que el que coronaba la antena de un edificio icónico del centro de la ciudad más grande del continente. Parece repetitivo, pero era un mensaje bastante claro el que mandaba la Latino: México, durante buena parte del siglo XX, fue un país modélico en América Latina. Sus niveles de crecimiento sostenidos durante el llamado “Milagro Mexicano” y la ausencia de una dictadura militar como la que sufrían otros países llevaban a más de uno a admirar a México.

Y pocas maneras más explícitas de admirar que volteando hacia arriba. La Torre Latinoamericana representaba eso. Desde su construcción, sus últimos pisos se dedicaron a espacios de mirador, imitando a su contraparte neoyorquina, el Empire State y muchos otros edificios que en ese tenor le ofrecen a los visitantes la oportunidad de disfrutar de vistas únicas.

En cuanto se terminó de construir el World Trade Center, la torre dejó de ser siquiera la más alta de la ciudad. Pero el mirador permaneció abierto, para dar así su testimonio único y desde las alturas de una ciudad inescrutable como la de México.

La Torre Latinoamericana. Cortesía: Wikimedia Commons

Muchas cosas han cambiado. Quien mejor que la Torre Latinoamericana para registar esos cambios desde su estratégica posición y tamaño. Ahí, en la esquina de la calle Madero con el Eje Central, el mirador continúa abierto y atrayendo a visitantes de todos los puntos de la república. Algunos van solos y disfrutan de la vista con los binoculares. Otros cuentan (un, deux, trois, quatre…) con asombro lo que en sus países no encuentran. Otras son parejas que aprovechan el ruido del viento para esconder sus palabras, para robarse besos más cerca del cielo. La ciudad no deja de serlo, ni aún a 140 metros sobre sus ruidosas avenidas.

Las calles se ven lejanas, los coches lentos, el único ruido el de una ambulancia que cruza a toda velocidad avenida Juárez. Coches. Coches por todos lados. Sur, norte, oriente, poniente, las calles y avenidas están tapizadas de láminas coloridas que lo inundan todo. Pero no sólo en las calles: los coches también se pavonean ufanamente en las azoteas, en los techos. Lejos de su hábitat natural, los coches retan así a la lógica y a los espacios. Es como si en las calles colgara la ropa. Han colonizado todo y están orgullosos.

Pero hay otras cosas que uno también descubre en el mirador de la torre. Hay una cafetería agradable y una tienda de recuerdos variados. Cabe hacer una pequeña aclaración: uno compra su entrada a la torre y debe subirse a uno de los elevadores operados por una de las últimas elevadoristas del país. Acomodada en un banco y con un libro en el regazo, la elevadorista sube y baja 8 horas diarias. Dice que ya se acostumbró a los cambios de presión que sufre el resto de los viajantes. Así llega uno al piso 37, que es donde se encuentra la cafetería y la tienda ya mencionada. Sin embargo, se puede ir más arriba.

Uno toma el siguiente elevador, que lo conecta con diferentes destinos. Está el museo de la torre en un piso. Los siguientes dos están marcados como “privados” y después viene el restaurante Miralto en el piso 41, anunciado como “exclusivo” y con comida “de altura” y vista a la ciudad. La última parada es el mirador del piso 42, ahí donde sólo una reja se interpone entre la ciudad y el visitante.

Uno de los principales atractivos es tratar de encontrar calles, monumentos o edificios en la ciudad. Ahí está, fácil, el Palacio Nacional y el Zócalo. Algo más atrás, San Lázaro, y a unos pasos visuales, el Aeropuerto. A la izquierda la Basílica en su cerro famoso. Cambia uno de plano y avista Santa Fe y sus altos edificios. Paseo de la Reforma, el World Trade Center.

Pero hay algo de místico en ese viaje a las alturas. Y es que ni siquiera ahí uno alcanza a ver toda la ciudad. Una capa espesa, grisácea, indefinible se extiende antes de llegar al horizonte. Es un bloqueo intencional. Nadie puede conocerla toda. La búsqueda y exploración debe ser constante, jamás acabada. Una ciudad que se extiende hasta en los ángulos más obtusos de los cerros que la rodean. Cuánto ha crecido. Cómo se ha expandido. Jamás sabremos cuánto.

Mirador de la Torre Latinoamericana

Eje Central #2

Col. Centro

Delegación Cuauhtémoc

México D.F.

Teléfono: 55 18 74 23

Horarios y costos:

Brazalete de acceso: adultos $60, niños $50

Lunes a domingo: 9 a.m. a 10 p.m.

24 y 31 de diciembre: 9 a.m. a 8 p.m.

25 de diciembre y 1 de enero: 10 a.m. a 10 p.m.

http://www.torrelatino.com

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