Valentina. Primera Entrega.

Amigos, no diré mucho pues prefiero lo descubran por ustedes. Aquí los dejo con la primera entrega mensual  (que será cada primer viernes del mes) de la novela titulada Valentina.

Una visita reveladora

Con la intención de llegar temprano a su segunda entrevista de trabajo, Leonardo programó su despertador la noche anterior. El aparato fue silenciado de un golpe con la palma de la mano justo después de interrumpir el breve y pausado descanso del joven de 26 años. Leonardo no asistió a la cita, usó este tiempo para recuperar el sueño que no logró conciliar después de una laboriosa noche más. Una noche más sentado en la silla de caoba que su padre le había regalado; una noche más leyendo a Valentina.

Era el decimo sexto jueves portando un gorro gris que añejaba, una noche más, sus fluidos capilares. Cada madrugada dejaba deslizar la pluma al ritmo que su pasión le indicaba. Una noche más que se había acostado a las diez, pero que atormentado por el calor que sentía en su mano izquierda, había tenido que levantarse sólo una hora después de destender la cama. Eran las once con quince cuando el joven leía apasionadamente las líneas que su Venus -como él solía llamarla- había escrito para él.

Ojeras profundas, uñas largas, boca seca y una barba que raspaba los hombros al voltear eran signos que hace cuatro meses nadie -ni siquiera Valentina- hubieran vinculado con la imagen de Leonardo. El desaliñado muchacho detuvo su apasionada escritura y en un momento de libertad en su mente dejó a su imaginación volar e imaginó cómo lucía el gato que lo acompañó en su infancia, recuerdo que el agudo maullido de Dexter evocó y aunque tuviera que escuchar los sonidos del gato filtrados por una pared sin pintura, para Leonardo era una de esas cosas que lo convencían de que aún no estaba loco.

Dexter era la mascota de Angélica, mujer que rentaba el departamento #12; ella era una mujer de descendencia sueca que capturaba las miradas de todos los inquilinos, cada que caminaba por el pasillo, o la encontraban en las escaleras, o buscando entre el llavero cuál de las llaves abriría la puerta principal, los hombres la deseaban y las mujeres…pues podemos decir que también; en el edificio treinta y dos de la calle Zapata sólo había otra mujer habitando además de Angélica: Paula; ella era una solterona de cuarenta y dos años que insistía ser divorciada y tener dos hijos “ricachones”, pero a falta de pruebas, nadie le creía. Una vez incluso se corrió el rumor de que fue vista en un Bar de la Zona Rosa invitándole copas a un transexual y los  frecuentes guiños y ofertas para tomar un café que le hacía a Angélica confirmaban la teoría: Paula era Lesbiana -o cuando menos, no era exactamente lo que los tradicionales entienden por normal-.

Paula no era la única que fantaseaba con acostarse con Angélica, Leonardo solía hacerlo cuando antaño parecía un tipo de aquellos que te encuentras por la calle, justo cuatro meses atrás de perder la cita de trabajo.

Mientras Leonardo alternaba su tiempo aquella madrugada para escribir, leer y también, de vez en vez, mirar sus descuidadas uñas flageladas por su habitual pero creciente ansiedad, miraba con atención sus mordisqueados dedos que frecuentemente castigaba al grado de tener sangre seca en ambos pulgares. Leonardo siempre había sido un joven nervioso; a los once años tomó terapia psicológica  para dejar aquel “cochino hábito”-como su madre solía llamarle a dicho signo de ansiedad- que Leonardo no pudo mitigar jamás.

Y así, en sus ya clásicas jornadas nocturnas de plasmar verborrea en papel que eran sólo interrumpidas por las disertaciones más variadas, Leonardo escuchó a las dos de la madrugada el sonido que una mano grande produce al golpear una puerta vieja de madera.

Al tiempo que fruncía el ceño, el joven miró de manera incrédula la puerta sin soltar la pluma de su mano izquierda y fue hasta el segundo llamado que decidió pasar el aire por su lastimada garganta.

¿Quién es? -Preguntó Leonardo sorprendido y con un dejo de incertidumbre en su voz.

Se escuchó un leve susurro que una voz masculina controlaba para no molestar a los vecinos del predio pero, como Leonardo ya no se identificaba a sí mismo con el arquetipo de “un hombre razonable”, pronunció con seguridad una segunda vez:

-¿Quién es?-

-Ábreme Leo, soy yo- se escuchó del otro lado.

En ese momento, no cupo la menor duda de que la voz detrás de la puerta le pertenecía a Luis, un joven de 24 años que además de haber compartido con Leonardo el hogar en gran parte de su vida, se habían gestado en el mismo vientre.

Fue entonces que Leo suspiró y se reclinó en la silla de caoba, al hacerlo sintió una molestia en la columna, dolor que saldaba la deuda que le provocaba el hábito de escribir siempre después de medianoche y que a falta de opciones para absolverse de culpas y remordimientos, pagaba conscientemente la cuota. Entonces echó rápido un vistazo a la sala de su desordenado apartamento y demorando casi tres minutos en limpiar los restos de tabaco que quedaban cerca de la ventana a la calle, tomó la fría perilla metálica de su puerta principal y entreabrió para mirar el rostro de su medio hermano por el espacio que permitió una tensa cadenita oxidada.

-¿Qué quieres?- dijo al entreabrir el joven perturbado

-Déjame pasar y te digo- contestó Luis

-¿Vienes solo?-

-A tu puerta sí, pero Laura y los niños están en el auto.-

– !Vete! – Dijo Leo con una voz de pocos amigos y preparándose para cerrar la puerta; fue interrumpido por su medio hermano:

-Les diré que se vayan-

Leonardo se mostró escéptico a la oferta de Luis, pero aún cercano a la puerta, escuchó en el altavoz del celular de Luis la voz de Laura, la recién esposa de Luis.

-¿Qué pasó amor? ¿Lo encontraste? – preguntó Laura con cierta molestia.

-Sí, está aquí. Voy a quedarme un rato. Adelántate a casa con los niños, yo pediré un taxi al sitio que está en la esquina.-

La joven mujer esbozó un respiro que denotaba con claridad su inconformidad y respondió:

-Ay Luisito, Luisito… ese hermanito tuyo no te merece, que no ves que trata de llamar la…- Luis desactivó el altavoz de su móvil y concluyó la llamada diciendo “Descuida Laura, yo también te amo, nos vemos en un rato-

Leonardo, con el resto de empatía que le quedaba en su ser, abrió la puerta y dejó pasar a su familiar al lúgubre recinto que personalmente había aromatizado con fragancias corporales… y no precisamente las más agradables. Al entrar, Luis tuvo que arrugar los ojos para que sus pupilas asimilaran el halo de luz que provenía de una única fuente de iluminación en todo el departamento: La lámpara que se encargaba de alumbrar sus noches bohemias e intranquilas, misma que ahora alumbraba un espacio vacío motivo de que Leo, antes de abrir, escondiera debajo del colchón las letras vivas que se le salían de la mano y terminaban en hojas blancas que lo harían vulnerable a los ojos de cualquier lector.

Sin ningún gesto amable que expresara júbilo de reencontrarse después de un año, Luis entró y miró el sofá que servía provisionalmente de toallero, y después al dar su tercer paso cauteloso en el interior del departamento, sintió asco al tener que despegar la suela del zapato de “lo que fuera que fuese” que coloreaba parte del piso.

Buscó presurosamente la mirada de Leonardo y por un segundo lo consiguió, después, el muchacho de los dedos lastimados miró hacia otro lado y preguntó:

-Y bien ¿qué demonios haces aquí?-

Luis ignoró la interrogante y desde el interior de una bolsa de plástico que pendía de su antebrazo sacó una caja de medicinas que en el empaque presumían ser vendidas sólo bajo prescripción médica.

-Yo no me drogo Luis- Dijo Leonardo mientras hacía una mueca de “ya entendí a que viniste”.

-No Leo, no son drogas, son medicinas que recetó el psiquiatra de Mamá; está muy preocupada. No lo hagas por mí, hazlo por ella-

-Ahora caigo, son píldoras mágicas para locos… ¿por qué no mejor te las tomas tu Luisito?… ¡Ya ves cómo le han servido a Mamá! – Replicó Leonardo con un tono irónico e infantil. Acto seguido, dio un manotazo que hizo caer la cajita blanca.

Mírate Leo, este no eres tú, ¿qué te pasó?… ¿Cuándo vas a superar lo de tu noviecita? –

– ¡Cállate!, ¡tú ni la menciones! ¡Este no es asunto tuyo!- dijo Leonardo mientras bruscamente retó con la postura a su medio hermano, que era apenas diez centímetros mayor que él.

Mientras era arrinconado, el joven de veinticuatro años pudo observar un bonche de cincuenta hojas que se asomaban por debajo de la cama y que, gracias al reducido espacio del lugar, podía observarse desde la sala.

-Lo…lo…lo siento- dijo Luis con la intención de calmar al perturbado muchacho y en pocos segundos pensó en un plan que lo ayudaría a descubrir qué estaba sucediendo con Leonardo; resolvió para sí mismo que, de poder ver qué es lo que Leonardo escribía, podría descifrar qué estaba pasando con él y sobretodo, descubrir qué sucedió hace cuatro meses que tenía al muchacho tan desmejorado. Se agachó para recoger las medicinas prescritas y dijo:

– Mira Leo, entiende que estamos muy preocupados… todos, más Mamá, ya sabes cómo se pone. Te prometo que si te quedas con estas medicinas todos estaremos más tranquilos. Sólo quédatelas, no pido más.-

Leonardo evaluó la propuesta y pensando que si guardaba las medicinas su hermano se iría y él podría continuar leyendo las palabras de Valentina, tomó la caja y se dirigió a la alacena; mientras lo hacía, Luis se acercó con pasos de terciopelo al cuarto de su hermano y agarró violentamente las hojas que ya en mano, hicieron que Luis sintiera un recorrer frio por todo su cuerpo al ver que no estaban escritas con una tinta común y corriente, sino más bien, una mezcla de tinta con otro fluido rojizo. Luis se estremeció al pensarlo y dijo para sí mismo: -!No puede ser!-

En ese instante, mientras Leonardo seguía distraído acomodando una pila de latas de atún que al abrir la alacena se esparcieron por el piso, sintió un calor sofocante en su mano izquierda cuando Luis tomaba dos hojas que se asomaban debajo del colchón; de sorpresa arrugó las esquinas de las hojas. Leonardo sintió cómo su mano izquierda se estrujaba de manera antinatural, se sobó su extremidad por unos instantes y luego exclamó un quejido y volteó.

Al hacerlo, Luis ya había vuelto a colocarse en el lugar que estaba inicialmente, la única diferencia sustancial era su cara pálida y dos hojas escritas a mano que ocultaba en el bolsillo trasero de su pantalón caqui.

-Ya, está listo, ya guardé los antidepresivos- Dijo Leonardo mientras miraba el nervioso semblante de su medio hermano.

-Bien, gracias Leo, seguro Mamá se sentirá mejor de saberlo; por lo pronto será mejor que me vaya, Laura se molestará si tardo mucho-

-Mandilón- exclamó Leonardo con cierta lástima y remató diciendo: “Mediocres, pero felices los que no conocen el amor…lo confunden con una lucha de egos; hoy tú te sometes para que ella lo haga mañana…están sedados”

Las palabras de Leonardo, que pretendían desvalidar al matrimonio de Luis, no pudieron distraer el temblor en sus manos y la duda de qué era esa sustancia rojiza. Sin la menor vacilación, se despidió de Leonardo con un apretón de manos y el inquilino, al sentir el sudor en las manos del visitante lo miró, se acercó a su oído y le dijo:

-Cuidado Luisito, los leones que se dejan domar, se olvidan que existe un mundo fuera de su jaula.-

Sin pronunciar ninguna sílaba, Luis asintió a los comentarios de su medio hermano y abrió la puerta para acabar diciendo:

– Sabelotodo, como siempre; en fin, nos vemos luego y si necesitas algo sabes dónde encontrarme –

Así se cerró la puerta y mientras tanto, Leonardo tomó calmadamente unas hojas en blanco de su estante y se dirigió a la silla de caoba; Por su parte, Luis caminó rápidamente a las escaleras con destino a “El Moro”, una churrería que se encontraba a seis calles al norte, restaurante abierto las veinticuatro horas en el que Luis tenía planeado leer lo que decían esas hojas que tomó. Estaba a punto de encontrarse con aquella que sólo conocía de nombre y de la que él creía, nadie volvería a saber. Estaba a punto de descubrir a Valentina, o por lo menos eso creía él.

Lugar donde se gestó esta novela. Diciembre 2011

Por Carlos Dávila

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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