El mundo que odia a las mujeres

—­¿Hombres, qué hacen ustedes para protegerse de ser violados o abusados sexualmente? Ningún hombre, incluyéndome, pudo responder la pregunta rápidamente. Finalmente, un hombre levantó la mano y dijo: Nada. Luego Katz le preguntó a las mujeres: ¿Qué hacen ustedes para protegerse de ser violadas o abusadas sexualmente? Casi todas las mujeres en la habitación levantaron la mano. Una a una, cada mujer testificó:—­No hago contacto visual con hombres cuando camino por la calle. —­No suelto mi bebida en las fiestas. —­Uso un sistema de compañeras cuando voy a fiestas. —­Cruzo la calle cuando veo a un grupo de hombres caminando en mi dirección. —­Uso mis llaves como un arma potencial. —­Cargo gas pimienta. —­Me fijo en lo que visto.”  (Byron Hurt, Why I Am a Male Feminist, traducción) 

Un hombre sin camisa puede caminar por la calle sin que nadie piense en decirle que mostrar su piel es indecente. Lo hace con toda la inocencia del mundo. Probablemente tiene calor. Tal vez solo se le dio la gana. El último pensamiento que pasaría por su mente es que puede ser violado.

¿Y una mujer? No. No, no, no, no.

No se trata de si tiene calor o no, si tiene ganas o no, ni de sus intenciones: no importa. Porque su cuerpo es objeto de miradas, de deseos; le pertenece al mundo, no a ella. El punto deja de ser ella y su cuerpo, y pasa a ser lo que podrían sentir los hombres heterosexuales que la vean sin ropa.

¿Qué tal si sienten deseo?

¿Qué tal si les entran ganas de tener relaciones sexuales?

¿Qué tal si no pueden controlarse y terminan forzándola?

Fue culpa de ella, por llevar tan poca ropa, por ser tan vulnerable, por mostrar piel de más, por tener un cuerpo intrínsecamente sexual frente a machos con urgencias sexuales completamente sanas. No los pueden culpar a ellos; ellos no tienen la culpa. Fue ella la que vino y les ofreció una bonita vista, un platillo irresistible.

O, fue su culpa por caminar tan tarde en un barrio tan peligroso, por no saber defenderse, por tener menos fuerza que su violador. Por ser mujer y tener una vagina entre las piernas.

La mujer es concebida como un objeto, una tentación, un cono de helado en medio de una habitación de gorditos a dieta en el verano más caluroso. El hombre no puede ser responsable de sus actos cuando es ella quien luce tan apetitosa. Boys will be boys.

Se salen con la suya. Silbidos en la calle (¿a quién puede lastimar un inocente silbido?), un arrimón en el metro abarrotado (ni que fuera la gran cosa), un piropo (esa falda dejaba ver hasta el alma).

Ellos no son la mujer que tiene que mirar por encima de su hombro durante todo el trayecto de su trabajo a su casa para asegurarse de que nadie la sigue, ni la niña de 12 años que repite mentalmente los movimientos que aprendió en sus clases de defensa personal, ni la adolescente que da rodeos de varias cuadras para evitar la esquina donde se reúnen los borrachos por las tardes (porque hay seis de ellos, y solo una de ella).

Ellos aseguran que si una mujer les tocara el trasero en el metro nunca serían reducidos a las lágrimas, ¿pero si los toqueteara un hombre más grande, más fuerte, más intimidante que ellos? (a veces la homofobia no es más que el miedo a que otro hombre los trate como ellos tratan a las mujeres).

Ellos no tienen que mirar con cuidado a cada extraño con el que se cruzan, intentando medirlo, saber si es una potencial amenaza o no, porque bien pueden ser psicópatas asesinos o inofensivos estudiantes, pero una mujer no se va a parar a investigarlo; no puede darse ese lujo.

¿De qué se trata? De control.

Control sobre los cuerpos de las mujeres, sobre el nombre de las partes de esos cuerpos como si fueran algo sucio, vergonzoso, casi mitológico (en Estados Unidos se censura el uso de la palabra “vagina” en debates sobre el aborto).

Se trata de moralidad ambigua, dobles estándares, excusas sobre excusas. Se trata de dejar que decenas de jovencitas mueran en un incendio porque la policía de Arabia Saudita consideraba que no estaban vestidas apropiadamente para salir a la calle y evitaron que los bomberos las rescataran.

Se trata de obligar a niñas de 12 años a casarse para ser violadas, quedar embarazadas y morir durante el parto porque en el Corán no hay nada sobre el mínimo de edad de una mujer para el matrimonio.

Se trata de la carencia total de seguridad física para las mujeres en la mitad del mundo, muy baja en un cuarto, y apenas medianamente buena en el resto. Se trata de demografías que indican una disparidad anormal y francamente alarmante entre los nacimientos registrados de varones y de niñas, con la sospecha de que las mujeres son asesinadas al nacer, por el simple hecho de ser hembras.

Se trata de realidades que se intentan (volver a) esconder tras puertas cerradas, debajo de sábanas de cama, debajo de sábanas para cadáveres, debajo de la tierra, donde no puedan ser vistas ni oídas.

Se trata de que las feministas son abucheadas, tachadas de feminazis, de histéricas y emocionales, de estar resentidas y odiar a los hombres, de ser lesbianas o marimachas (como si su preferencia sexual las hiciera menos); el término es tan negativo que es utilizado como insulto.

Se trata de hombres que escuchan los argumentos y se sienten atacados y ofendidos, y deciden hacer campañas sobre la misandria y la androfobia, descartando a la misoginia como poco menos que un “modo de ver las cosas” o una “perspectiva”.

Este mundo no solo odia a las mujeres, sino que ha normalizado ese odio hasta el punto en que parecemos tener la vista nublada. La mayoría de los hombres no se da cuenta del privilegio que tienen con el solo hecho de haber nacido con penes en lugar de vaginas.

Es aterrador ser mujer en un mundo como este. Es aterrador tener un cuerpo de mujer, ser reconocido y señalado como una mujer, aquí y ahora. Y siempre lo ha sido.

¿Qué se puede hacer?

Mona Eltahawi, autora del artículo “¿Por qué nos odian?”, propone dos cosas para empezar a cambiar la situación a la que se enfrenta la mujer en todo el mundo:

  • Dejar de fingir: llamar al odio lo que es. No disfrazarlo de términos políticamente correctos.
  • Resistir al relativismo cultural: dejar de escudarse (y escudar a otros) con excusas como que son la cultura, la religión, las costumbres lo que permite que las mujeres sean tratadas así. Hay que entender que quien lo decretó así nunca fue una mujer.
¿Por qué nos odian?

“Sí, nos odian. Debe ser dicho” (Fuente: Foreign Policý)

¿Por qué nos odian?

Fuente: Foreign Policy

¿Por qué nos odian?

Fuente: Foreign Policy

¿Por qué nos odian?

Fuente: Foreign Policy

El caso de México

Nuestro país está en el lugar 89 de 135 países en el Reporte Global de Brecha de Género de 2011, aunque muy por debajo de la mayoría de los países de América Latina y el Caribe, pero definitivamente por encima de todos los países Árabes. Nuestra brecha se ha ido acortando año con año, pero hay un largo camino hacia los primeros lugares del ranking (todos países nórdicos: 1. Islandia, 2. Noruega, 3. Finlandia y 4. Suecia). También está el hecho de que tenemos por primera vez a una candidata a la presidencia; Josefina Vázquez Mota es la primera mujer del país en aspirar a un cargo tan alto. Son pequeños pasos hacia un cambio en la cultura, y tampoco le podemos dar la presidencia por el hecho de ser mujer, como parece esperar. La mujer que llega alto debe enfrentarse a esta cultura misógina y androcentrista demostrando que es la mejor opción independientemente de su género. Solo así se logrará la equidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
A %d blogueros les gusta esto: