De la jota al joto

En español existen muchos peyorativos para referirse a las personas cuyas preferencias sexuales difieren de la tradicional heterosexualidad, o cuyo comportamiento no es el fiel reflejo de lo que la sociedad espera de ellos de acuerdo a su sexo biológico. En especial, el español “mexicano”, unido a un ingenio típico del calor latino, se presta para la degradación ajena. En pocas palabras, a los mexicanos, como a muchas culturas alrededor del mundo, nos encanta insultar a personas que son homosexuales o que (según los estereotipos con los que crecemos) lo parecen.

Uno de los vocablos que se utilizan en México para referirse a un hombre de orientación homosexual es “joto”. Desde niños nos enseñan que un joto es despreciable, y que la degradación que recibe es merecida, pues su comportamiento es opcional; es decir, pudiendo elegir ser normal, elige ser joto. Y no solo designa una orientación, sino un aspecto, o un rasgo de su personalidad. El joto no es un hombre; se comporta como mujer. Probablemente tenga manerismos y gestos socialmente asociados con la feminidad; tal vez prefiera juegos “de niñas”, hable de determinada manera y sea percibido con una calificación general de afeminado.

¿De dónde viene esta relación?

De la jota.

Palacio Negro de Lecumberri / Fuente: wikimedia commons

Hacia el inicio del siglo XX, lo que hoy conocemos como el Palacio Negro de Lecumberri (actual sede del Archivo General de la Nación) cumplía la función de penitenciaría. El penal tenía una capacidad para alrededor de 800 hombres, 180 mujeres y 400 menores de edad, pero llegó a albergar a más del doble. Estaba dividido en crujías, cada una dispuesta para distintos tipos de criminales:

  • A: ladrones
  • B: violadores y delincuentes sexuales
  • C: sentenciados
  • D: consignados por homicidio y lesiones
  • E: ladrones primerizos o menores

Y así sucesivamente. La crujía J era donde se mandaba a los hombres que eran sospechados de homosexualidad, que aunque no era un delito en sí, se argumentaba que perturbaban la paz social con su comportamiento. No se sabe exactamente cuándo estos presos pasaron de ser “los de la J” a ser “los jotos”, pero el nombre se quedó. No es de extrañarse que los tintes negativos que implica el haberse creado en una cárcel hayan seguido a la palabra hasta nuestros días.

De haber estado en a crujía F, probablemente hoy la palabra sería “efos”, y las connotaciones seguirían siendo malas.

Cada quien le da el toque personal

Alrededor del mundo cada cultura parece crear sus propios términos peyorativos.

En inglés conocemos la palabra “faggot” o simplemente “fag”, cuyos orígenes aún están en discusión (algunos aclaman que es una referencia a un tipo de leña utilizada para quemar gente en la hoguera durante la Inquisición, otros que se relaciona con “fagging”, una práctica tradicional de las escuelas privadas británicas donde estudiantes jóvenes hacían labores para alumnos mayores). También se usa “nancy” y “pansy”, aunque estas son más designaciones para denotar feminidad.

De nuevo en español (pues este parece ser un lenguaje particularmente propenso a inventar nuevas palabras y expresiones para todo), es común el uso de “marica” (diminutivo de María) y todas sus variantes y similitudes fonéticas (maricón, maricueca, mariposa, mariposón). En Latinoamérica se usa el “puto” para describir flaqueza, debilidad, cobardía, sentimentalismo o cualquier otra característica considerada femenina en un hombre (en cambio, su versión femenina describe rasgos más tradicionalmente masculinos en una mujer, como la independencia sexual, la infidelidad o la poligamia).

Las mujeres tampoco se salvan. Sobre todo en México y España, las palabras “machorra” o “marimacho/marimacha” se usan despectivamente para hacer referencia a una mujer biológica que actúa, se viste o tiene un aspecto tradicionalmente masculino. También se utiliza “bollera” en España y “tortillera” en México.

En un mundo que te dice que seas tú mismo y luego te patea cuando quien eres resulta desafiar las convenciones sociales, el mensaje es claro para los hombres afeminados, las mujeres masculinas, las personas transgénero, los individuos homosexuales (también los bi, pan, e incluso asexuales) y cualquiera que sea diferente: no los queremos cerca, y si lo están, no los queremos tranquilos. Desde miradas con saña, pasando por los insultos en la calle, hasta las agresiones físicas. Las palabras por sí mismas no tienen poder, pero si a éstas se les suma el pesado y negativo bagaje cultural que han ido acumulando con el paso del tiempo, probablemente lastimen más que un hueso roto.

Este Héroe los invita a dejar de usar peyorativos. Y si pueden, también etiquetas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
A %d blogueros les gusta esto: