Aurora

Y volvió a suceder.

Una vez más el mundo se conmocionó con una noticia de un asesinato múltiple en los Estados Unidos. Una vez más el país de la seguridad con inmensos tanques en el exterior no pudo hacer válido el derecho más importante de sus ciudadanos en el interior de una sala de cine. Una vez más, un solo hombre pone en jaque al país, a sus leyes, a sus intelectuales, a sus políticos, a sus ciudadanos.

Podemos empezar dando un poco de contexto. Sin duda, uno de los eventos mediáticos más importantes de la cultura popular en el mundo este año es el estreno de la tercera parte de la saga de Batman que inició Christopher Nolan con “Batman Begins” (2005). “The Dark Knight Rises” se estrenará en México el próximo viernes 27. En Estados Unidos, se estrenó ayer. Una película esperada con muchísima anticipación, emoción y expectativas sumamente altas que cualquier cineasta envidiaría. No había evento más grande en el mundo este fin de semana que el estreno. Eso lo sabía James Holmes.

En un cine en una ciudad cercana a Denver, fanáticos del enmascarado esperaban la noche del jueves que el reloj diera la medianoche para ser los primeros en disfrutar del capítulo final de la trilogía. Hombres disfrazados como el héroe hacían fila para entrar a una sala repleta. No habían pasado ni quince minutos de la película cuando un hombre armado y vestido con indumentaria policiaca (descrita por algunos como los protectores que utilizan los equipos SWAT), gabardina y una peluca (o el pelo teñido, toda esta información debe ser aún confirmada) lanzó entre las filas una especie de bombas de humo, mientras mascullaba lo que algunos testigos refieren como la frase “Yo soy el guasón”, para acto seguido empezar a disparar contra los espectadores.

Así como se escucha. Así como se lee. Así como se ve en algunos videos en redes sociales que han circulado sobre el atentado. Eriza la piel y sólo provoca dudas en quien escribe.

Cine en donde ocurrió la tragedia; en Aurora, Colorado. Cortesía: CBS News

Volvamos al aspecto mediático de la situación. Este no fue un ataque aleatorio. El plan fue premeditado y de ello son testigos las bombas y trampas que el presunto homicida, James Holmes, colocó en su departamento antes de salir hacia el cine. La policía lo encontraría a un lado de su coche, en el estacionamiento del multiplex, donde el hombre de 24 años y licenciado en neurociencias no opuso resistencia para su detención.

Las declaraciones de conocidos y familiares no pudieron esperar. Lo tétrico es que parecen sacadas del mismo molde del que hemos visto tantas. Un “chico tranquilo”, “un hombre normal”, “increíble”, “inesperado”, “un tipo regular”, etcétera, etcétera. Las hemos leído mil veces. Otros nombres, otras caras y sobre todo, otros contextos.

Hay varias maneras de abordar un caso como estos. Existe la perspectiva unilateral, donde alguien, desde el pedestal de la supuesta cordura, aduce razones psiquiátricas y de desequilibrio al perpetrador del crimen. Todo se explica con un rápido: “era un loco”. El problema con esta postura quizá no sea el diagnóstico (puede ser que en efecto el hombre termine presentando desequilibrios químicos o psicológicos importantes), sino la simplicidad del argumento y la superficialidad del mismo. Pensar que la gente hace o deja de hacer las cosas por “estar loco” es la manera más maniquea y desechable en la que podemos caer. Casi siempre hay algo más.

En ese sentido es que me uno a la tesis que sostiene el día de hoy en el New York Times Roger Ebert, uno de los críticos cinematográficos más reconocidos del orbe y primer ganador de un premio Pulitzer precisamente por crítica de filmes. Según Ebert, la liga no está entre la violencia en la pantalla reflejada en las calles, sino entre la violencia y la publicidad. Entre los tiroteos y los medios que la cubren y explotan y repiten hasta el cansancio, muchas veces sin criterios editoriales más allá del rating. Holmes se hizo notar durante un evento de repercusiones mundiales (Warner Bros. canceló la premiere de la película en Paris que estaba programada para ayer); su misión estaba cumplida.

Por cuestiones de espacio, este no es el lugar para profundizar sobre el tema. Abundan las editoriales el día de hoy en los medios norteamericanos. Pero sí puedo recomendar ampliamente la película “Bowling For Columbine” (“Masacre en Columbine”, 2002) de Michael Moore. En ella, el documentalista aborda el eterno tema de la violencia en los Estados Unidos y los círculos viciosos en los que ésta se inserta en esa sociedad. Seguramente, el debate sobre los permisos para portar armas en los Estados Unidos volverá a la mesa de discusión. O así al menos lo esperamos algunos.

Mientras, no puedo sino sentirme profundamente triste por lo sucedido el día de ayer. Triste y pensativo (me disculpo si este artículo carece de coherencia o de mayor profundidad, no es éste el mejor momento para escribir). Por lo pronto, los anuncios de Batman en la televisión se suspendieron, la gigante máscara del héroe fue retirada del cine en Champs-Élysées donde la premiere se canceló. Y en Aurora, Colorado los ciudadanos cuentan los pasos hasta Columbine, Colorado.

No es justo.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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