Frankenstein rubia

Marilyn Monroe fue concebida como un mito. Ese era el plan original. Hoy a 50 años de su muerte, el mundo constata que el mito sigue vivo y replicándose en innumerables formas y mujeres. Porque a final de cuentas, Monroe es uno de los inventos más interesantes y sintomáticos del mundo en el que vivimos. Repasemos su biografía.

Norma Jeane Baker nació en Los Ángeles en 1926. En la época de los “roaring twenties”, las fiestas, el apogeo capitalista y el despegar de Hollywood como industria importante del país y el mundo que ayudaría a forjar en ese siglo.

Pero Norma era pobre. Hija de una madre soltera que trabajaba como cortadora de negativos en una productora hollywoodense, Norma aprendió a lidiar con las crisis nerviosas de su progenitora y la escasez económica. Pero también vivió bajo diferentes techos, de amigas, de tías y de familiares, mas en ninguno encontró un ambiente propicio para su desarrollo o felicidad. Inclusive algunos de sus tíos abusaron sexualmente de ella cuando era pequeña.

Así pasaron los años, hasta que cuando cumplió 18, Norma Jean (sin educación y sin dinero) empezó a trabajar en el mundo del modelaje fotográfico. Ya estaba casada para ese entonces y los celos que le provocaba a su marido este trabajo no eran infundados pues fueron suficientes para que terminaran divorciados. Sin embargo, Norma encontraría un trabajo como extra en Hollywood, donde al poco tiempo, un productor vio algo en ella; el símbolo sexual que la sociedad norteamericana estaba esperando.

Fue este productor quien comenzó con el experimento Monroe. Él fue quien cambió el nombre de Norma Jean, al de Marilyn Monroe, haciendo uso del apellido de soltera de su madre y de homenaje a la actriz Marilyn Miller en el nombre. Los siguientes pasos no serían tan fáciles.

Marilyn Monroe. Cortesía: Wikimedia Commons

Siguieron con el cabello. Los agentes de Hollywood le cambiaron el color del pelo, de castaño a dorado. Una rubia icónica (quizá la más) que no nació como tal. Eso quizá apunta a la dirección de la invención de la belleza en tiempos del mercadeo, de la fabricación artificial de una necesidad, de la creación de un estereotipo en aras de la explotación.

En tiempos donde los productores de Hollywood necesitaban dar el visto bueno a todas las actrices que pasaban por sus camas, digo, sus castings, se dice que a Monroe tuvieron que oxigenarle también los vellos púbicos (lo que le traería después infecciones y demás). Si iba a ser rubia, tenía que serlo hasta el último detalle.

Le arreglaron los dientes también, y las caderas, y le fueron consiguiendo papeles insulsos pero que empezaban a colocarla en las carteleras cada fin de semana. Así llegó también su desnudo para la primera revista Playboy de la historia. Los hombres de traje habían encontrado una mina de oro en la mujer desnuda.

Sus conocidas medidas (94-58-92) la convirtieron en la bandera norteamericana por excelencia del cada vez más. Monroe empezó una tradición que sería ya sintomática de la cultura popular norteamericana; la vida fuera de la pantalla de las actrices. Si bien en el celuloide sus actuaciones no eran las de una estrella, fuera de los cines Monroe era todo un espectáculo que alimentaba su leyenda y abonaba a las fantasías.

Fue pareja del dramaturgo Arthur Miller, uno de los escritores más brillantes de la época, pero también de Joe DiMagggio el beisbolista más popular de aquellos años. Finalmente, cómo olvidar su conocida relación con los Kennedy, los hermanos Bobby y Jack quienes, se rumora, terminarían peleados por los rizos de esta rubia. Monroe azuzaba el fuego de su sexualidad en la pantalla y sus pronunciados escotes no eran para los débiles de corazón.

Monroe representa también la dualidad femenina que muchos otros han explotado. Por un lado, la inocencia, bondad, ternura y naiveté de sus actuaciones en pantalla y sus versiones del Happy Birthday, y por otro, los pensamientos y deseos sexuales que encendía en la mente de la mitad de la población norteamericana. En una época donde el sueño americano estaba en su máximo esplendor (los cincuenta fueron la época dorada para el capitalismo norteamericano), Monroe representaba también la historia de una niña pobre que lo había conseguido todo.

Poco a poco (sobre todo después de su muerte), fuimos conociendo quién era Marilyn Monroe. Sus traumas, los abusos físicos, sexuales y emocionales que padeció, su inmensa soledad, sus problemas, sus miedos y una inseguridad que nadie jamás hubiera imaginado. Es y sigue siendo un mito que queremos revivir en Lindsay Lohan, en Kate Upton o en Megan Fox.

Queremos una rubia que nos haga olvidar que estamos en crisis, unas caderas que pongan en jaque a una nación. Monroe fue uno de los experimentos más complejos del siglo XX estadunidense. Por mi parte, me quedo con su actuación en “Some Like it Hot”, que le valió su único Globo de Oro como mejor actriz de comedia, por un filme francamente divertido. Ahí, Sugar, el personaje de Monroe, se funde con Norma Jean: “Story of mi life. I always get the fuzzy end of the lollipop”.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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