No son los rastros, es el sistema

Hace 500 años, en México se debatía si los mexicanos tenían alma. Las posiciones eran férreas y dogmáticas. Había quienes, como fray Ginés de Sepúlveda, pensaban que los indios de la Nueva España no tenían “alma inmortal” como el resto de los seres humanos, y que por ende la guerra y conquista emprendida por los españoles era justa. No había mayor problema en exterminar, colonizar y traer la luz a aquellas criaturas olvidadas por Dios. Del otro lado, fray Bartolomé de las Casas defendía la postura contraria, al defender los derechos de quienes eran conquistados. Hoy en día pasa lo mismo con los animales.

Así como alguna vez también se pusieron en duda los derechos de las mujeres, de los negros o los esclavos, ahora son los animales quienes reciben la atención filosófica y moral correspondiente. Ahora es ampliamente reconocido que los animales sufren y deben ser protegidos. Son los menos los que afirman que los animales no importan en absoluto.

El problema está en dar el siguiente paso. Del reconocimiento del valor de los animales a su concepción ética y moral como sujetos de derechos que otrora se creían (o se siguen creyendo) exclusivos para los seres humanos. La pregunta fundamental que queda de manifiesto es una para la que el tiempo ha inventado diferentes respuestas: ¿cuál es la diferencia esencial entre los hombres y los animales?

Hay también un problema esencial: en el mundo existe gente que cree que Dios es el creador del hombre, una especia única y apartada de la cadena evolutiva o biológica que enlaza al resto del mundo. Esto acentúa la diferencia entre hombres y animales: si el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, no compartirá nada con los animales, a diferencia de quienes ven en el hombre una especie superior de primates, resultado de siglos de evolución. Estas dos posturas podrían explicar también la posición personal que muchos sustentan para diferenciarse—o no—de los animales.

Sin embargo, muchas veces argumentos como la razón o la pertenencia a una especie no son suficientes para desenmarañar las contradicciones que surgen al explorar el tema de los derechos animales.

La pregunta es, de acuerdo a Jeremy Bentham, no si “pueden razonar, o si pueden hablar, pero si pueden sufrir”. Ese sería, en una visión utilitarista donde el placer y el dolor (sufrimiento) son las variables de decisión, el único criterio para diferenciar a los seres vivos. Ha sido probado que los animales sufren y sienten. ¿Les confiere eso automáticamente los mismos derechos de los que nosotros gozamos? No. No tiene sentido que un perro tenga derecho a votar. Que una vaca pueda decidir si abortar. Eso prueba que no podemos inmediatamente incorporar a los animales a una especie de hermandad con los humanos. Somos distintos y precisamente es desde esa diferencia donde debemos reconocerlos y estudiarlos.

Ni siquiera entre especies los animales son iguales: ¿por qué nos causaría mayor indignación el que comiéramos filete de labrador que una pechuga de pollo? ¿Acaso hay unos animales más iguales que otros?

Cortesía: Wikimedia Commons

Al parecer el problema no es si los animales debieran tener derechos o no (científicos, filósofos y sociedad parecen haberse puesto de acuerdo), sino hasta qué punto llevar esos mismos derechos. Algunos sostienen que hasta el virtual empate con los de los humanos. Otros les conceden considerablemente menos atención e importancia.

Me parecería que los problemas principales que tienen los vegetarianos no es contra el consumo mismo de los productos animales, sino que rechazan éste por el cómo, no el qué. Me explico: las condiciones en los rastros y las granjas industriales son francamente atroces y carentes de cualquier sentido de responsabilidad con quienes comparten nuestro planeta. Hay de depredadores a depredadores, y destazar gallinas mientras se encuentran conscientes o azotar cerdos al piso hasta su muerte no parece tan natural ni correcto. Nadie nos lo tiene que decir. Al observar ese trato, habrá pocos (si no es que nadie) quien defienda lo que ahí se hace.

Es decir, si nos aseguráramos que la carne, el pollo o el pescado son producidos de acuerdo a estándares de calidad, higiene, respeto a los animales, al planeta, a su vida y condiciones físicas y biológicas, la discusión sobre vegetarianismo sería francamente menos relevante. El problema está en que para alimentar a una población mundial de 7 mil millones de habitantes la industria de los alimentos se ha convertido en eso, una industria más de un mundo capitalista que no conoce (o no aplica) otro modelo que no sea el de la explotación.

Así entonces no sólo explotamos a los animales, en masa, en serie y sin respeto, sino también a los trabajadores chinos en las fábricas, o a las mujeres mexicanas en las maquilas de los estados fronterizos. En un mundo en masa, poca atención se le presta a los derechos individuales, y mucha a la demanda del mercado. ¿Cómo construir un modelo que permita la alimentación de todos sin sacrificar los derechos de algunos? Esa es la verdadera pregunta.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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