La hidra Calderonista

Pareciera que alguien tenía en inanición a Felipe Calderón. Pareciera que en estos cinco meses entre la elección presidencial y la sucesión, Calderón quisiera estarse asegurando de dejar la peor imagen posible. Parece un esfuerzo deliberado. Tanto así, que escapa a mi comprensión.

Primero, la ya famosa “sonrisa de Calderón”. Quizá pocas veces se había visto al mandatario tan jubiloso como la noche del 1 de julio, cuando apenas segundos después de que Leonardo Valdés emitiera el mensaje institucional del IFE, Calderón salió a cuadro para felicitar a Enrique Peña Nieto. La puesta en escena pudo pasar desapercibida para algunos, pero no para quienes habían visto en Calderón al anti-priísta número uno del país. Alguien que estaría dispuesto a pactar con todo (y con todos, incluso) con tal de evitar devolver las llaves de los Pinos al partido tricolor. Pero en la recta final de la campaña, las voces que hablaban sobre una reunión entre Peña Nieto y Calderón, sobre un pacto fraguado entre ambos, fueron multiplicándose y acercándose cada vez más a lo que probablemente sí sucedió.

Cortesía: Presidencia de la República

Así, el militante del PAN más activo en el sexenio, salía sonriente a felicitar al ex-gobernador priísta. La premura del mensaje tampoco ayudó mucho a disipar el aura del “sospechosismo”.

Pero no paró ahí su arrebato de protagonismo. Continuó con las declaraciones al diario El País y a medios de comunicación mexicanos acerca de la compra de votos en las elecciones (esas que apenas días antes había alabado por su pulcritud) y de un triunfo manchado de Enrique Peña. Estas declaraciones sorprendían a propios y extraños. ¿Estaba Calderón, acaso, tomando partido por Andrés Manuel López Obrador y sus denuncias frente a la elección? Impensable, ¿o no? Porque si no se trataba de algo similar, entonces estaba “traicionando” el pacto que habría establecido con Peña y la transición tersa que había prometido. De ambos lados del río, los políticos de este país estaban desconcertados. ¿Cuál era la agenda del presidente?

Quizá por eso, unos días después, se reunió con Enrique Peña Nieto en Los Pinos, en aras de la transición que empezaría… pero con un candidato que ni siquiera ha sido declarado constitucionalmente ganador de la elección. La calificación sigue pendiente (y lo estará a más tardar hasta el 6 de septiembre) pero las formas poco parecen haberle importado al autor intelectual del “haiga sido como haiga sido” y decidió que sería una buena idea esa pequeña reunión.

Después de esa velada, Calderón no ha vuelto a mencionar nada acerca del proceso electoral, de lo turbio o impoluto del mismo. No más compra de votos, no más echarle agua al molino de López Obrador. Si lo hizo por una “convicción democrática” como la que dice tener, qué floja fue esta que desapareció un par de días después de la denuncia.

Y ahí no para la historia. El presidente emprendió una ruta de cabildeo político entre los diferentes sectores del PAN para asegurarse del control del partido una vez terminada su presidencia. En franca confrontación con el presidente del partido, Gustavo Madero, Calderón se reunía a puerta cerrada y la hacía de trovador con panistas de todo el país para repetirles el mensaje: si Josefina Vázquez Mota perdió la elección fue porque su lema era “diferente” y no “Calderón”. El presidente así considera que los mexicanos habrían votado por Josefina si hubieran visto más de Calderón en ella.

Pero la preponderancia de Calderón en la agenda pública no se detiene ahí. Está también el tema de la construcción del memorial a las víctimas de la “lucha contra el narcotráfico”; una obra que el poeta Javier Sicilia ha vilipendiado y criticado de fuerte manera. No es para menos. El memorial se construiría en un terreno perteneciente al ejército. Además, el freno a la Ley General de Víctimas es una clara contradicción con su intención de eregir el memorial. ¿Por qué?

Hay más. En estas semanas, el tema de la concesión de la banda de 2.5 GHZ ha sido uno más donde Calderón está metido hasta el fondo. Apenas hace un par de días, el dueño de MVS, Joaquín Vargas, acusó al Gobierno Federal de chantaje: le advirtieron (según Vargas) que si recontrataba a Carmen Aristegui (después de que presiones del mismo Gobierno llevaron a la salida de la periodista después de inquirir acerca del estado de salud del presidente) la concesión de la banda sería retirada. Cuando la amenaza fue cumplida, Vargas presenta estas conversaciones, donde se puede ver la mano de Calderón.

¿De verdad es una vendetta personal la de Calderón contra Aristegui? ¿Es en serio que por cumplir una labor periodística “incómoda” para el presidente se le retira las concesiones a los operadores? ¿Es en serio un ejercicio de censura del gobierno el tema de la banda?

Me cuesta trabajo creerlo. No quiero hacerlo. Pero Felipe Calderón no me está dejando muchas alternativas últimamente.

Cortesía: Reporte Índigo

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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