La revolución de todos

Sin duda alguna, las Revoluciones funcionan en muchos sentidos. Son y han sido los vehículos perfectos para la creación artística, para el desarrollo literario, para la expresión escrita, para el pensamiento filosófico y para el debate político. Son las revoluciones tiempos en que los pueblos se confrontan a sí mismos, a dos versiones de sí, cuando se ven en el espejo y reconocen virtudes y defectos. Dice Alfonso Reyes que quizá, sólo cuando termina el conflicto, podemos empezar a visualizar para dónde irán las cosas. En ese tenor, no hay Revolución que nos fascine más que la madre de todas las revoluciones: la Revolución Francesa de 1789.

¿Por qué es que siglos después de la Toma de la Bastilla seguimos contando la historia de Robespierre, de Danton, de Napoleón? ¿Por qué esa es la Revolución que marca una edad histórica entera? ¿Por qué se empeñan los historiadores en recordarnos su valor?

Existen muchas respuestas que podríamos empezar a esbozar, y que sin dudarlo un momento, se quedarían completamente cortas de cualquier interpretación coherente y seria. A final de cuentas, no son pocos los árboles que se han talado en el afán de entender un proceso histórico de ese calibre. Por eso, aquí no hablaremos de la contribución de la Ilustración a las ideas revolucionarias, o del impacto de la Revolución francesa en la norteamericana o las independencias americanas. Tampoco hablaremos de las 5 Repúblicas Francesas o de sus quesos, ni siquiera de su crisis futbolística desde que se retiró Zinedine Zidane.

Napoleón frente a la esfinge, de Jean-Léon Gérôme

De lo que hablaremos es del poder narrativo de la Revolución Francesa, de los niveles literarios a los que trabaja–y de qué manera–un conflicto que el mismo Shakespeare pudo haber divisado. Porque si la Revolución Francesa es tan fascinante es porque en un abrir y cerrar de ojos, pasamos de un levantamiento burgués, a la reivindicación de los derechos sociales, a la creación de la idea de izquierda, a la época del terrorismo político, y de ahí a la coronación de un hombre que conserva la tumba más grande de toda la Îsle de France. Es decir, la Revolución Francesa es quizá el episodio político más fascinante de los últimos 300 años.

Porque la Revolución Francesa mostró de manera descarnada lo que significa hacer una revolución. Pregúntenle a los mexicanos si no saben lo que es que el frente sea uno y de la noche a la mañana, el opuesto. Si no saben lo que es seguir a diferentes hombres (la figura misma del caudillo), en diferentes tiempos, y con diferentes propósitos. Muchas de las luchas posteriores (en latitudes tan poco marsellesas como Chihuahua o Moscú) le deben tanto a la Revolución Francesa, que bien podría hacerse una historia correlacional de estos sucesos para demostrar su ligazón.

Si bien algunos entienden el inicio de la revolución en Francia como una expresión de la pujanza de un capitalismo que buscaba aire entre las rendijas de un Estado mercantilista, la realidad es que pronto, las cosas se salieron de control. El “tercer Estado” (esa burguesía que por vez primera se oponía de manera frontal a los poderes divinos de la iglesia y la monarquía) sería la expresión perfecta para siglos de inspiración liberal. Aquel derecho del pueblo para remover a sus gobernantes. Hoy creemos que ese derecho se erige como uno divino, casi natural. Ya nadie se lo cuestiona. Y así nos lo hizo creer la Revolución Francesa (claro, sin dejar a un lado la influencia filosófica de John Locke).

Pero poco tiempo después, la fracción radical (¿vendrá también de aquí la connotación peyorativa de un término que no lo es?) de la Revolución tomó el control de las cosas e instaló una auténtica dictadura, casi un siglo antes de que Marx o Engels hablaran del socialismo. También hay ahí algo para ellos, y de cómo la Revolución Francesa es, de acuerdo a ellos, la semilla de la tradición y el espíritu socialista en Europa.

Finalmente, la Revolución Francesa desembocó en uno de los imperios enciclopédicos que ha conocido el mundo. Napoleón Bonaparte modeló el mundo a su antojo durante casi 15 años, con golpe de Estado incluido y aspiraciones totalitarias. Es la historia de una revolución que empezó siendo una cosa, y terminó siendo varias totalmente diferentes. Cuando a Napoleón se le acabaron las fichas, Europa se repartió el mundo en el Congreso de Viena de 1815. Las potencias se sentaron frente a un mapa del planeta que pretendían dominar (uno piensa qué tan en serio se habrán tomado su encomienda) y se repartieron, entre copas, un mundo que hasta la fecha está moldeado por esas decisiones.

Si tuviéramos entonces que hablar por la Revolución Francesa, diríamos que es el epítome de las Revoluciones, la definición par excellence de lo que representa la palabra. Traiciones, corrupción, golpes de Estado, corrientes políticas, terrorismo, caudillismo, populismo, liberalismo, socialismo. Todo nos suena contemporáneo. Los franceses de 1789 se sorprenderían de su legado.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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