Días patrios

Esta playera de la Selección Mexicana de Futbol envía un mensaje tan interesante que merecería un libro acerca de ella.

Hace un par de días, en Barcelona, un millón y medio de personas salieron a las calles para reclamar su independencia. Este sentimiento no es algo nuevo en Cataluña, cuyos habitantes consideran que están en su legítimo derecho de autonomía, dado que no comparten elementos como la lengua o la cultura misma con el resto de la península, y menos con una capital que para ellos representa un poder centralizador y apartado de sus necesidades.

No son nuevas las manifestaciones millonarias en Cataluña, aunque bien una de este calado no se había observado en años. Pero lo traigo a colación por lo que nos puede aportar para un análisis de México.

¿Qué tiene que ver la butifarra o el Paseo de Gracia con unos tacos de suadero o Eje Central? Poco, pensarán muchos, y estarán en lo correcto. En Cataluña, la pregunta principal es ¿qué nos hace ser catalanes? ¿Cómo construimos una identidad distinta al resto de España? ¿En qué somos diferentes a ellos?

Para cada una de estas preguntas se han talado millares de árboles en Tarragona, Girona y Barcelona. Los mismos que en México se han utilizado para explicar que nos hace únicos, unidos, mexicanos.

Pero después de esfuerzos tan notables y vastos como el de Samuel Ramos (“El Perfil del Hombre y la Cultura en México”), José Vasconcelos (“La Raza Cósmica”), Octavio Paz (“El Laberinto de la Soledad”) o más recientemente, Jorge Castañeda (“Mañana o pasado, el misterio de los mexicanos”), la pregunta aún tiene validez. Todavía no sabemos lo que significa ser mexicanos.

Pero nos encanta especular. Hace no mucho, escuché que un niño, ni siquiera adolescente pleno aún, contestó “así somos los mexicanos” a un comentario o pregunta que no tenía mayor interés que el provocar esa respuesta en él. Porque una contestación así denota que desde muy temprano traemos en la cabeza una serie de características, nociones o arcos reflejo que identificamos como propios del mexicano.

Esto de sentir que como México no hay dos y que los mexicanos, por esta o aquella razón destacan siempre, es una idea profunda y arraigada. Una especie de superioridad moral que nos coloca por encima de otras razas que consideramos simples (chinos), torpes (gringos), extrañas (negros) o arcaicas (musulmanes). Los mexicanos, esa hibridación entre lo indígena y lo occidental (que en realidad sólo existe en la ficción colectiva; baste ver el lugar que le otorgamos a los indígenas fuera del discurso hueco) creemos que si nos colocaran en una sala llena de nacionalidades, cualquier letrado podría distinguirnos y hasta recibirnos con un abrazo cálido.

Quizá por eso nos gustan tanto los chistes donde un italiano, un alemán y un mexicano van a saltar del avión. O por eso nos fascinan los anuncios de cierta marca cervecera o los desmanes de jugadores de fútbol de nuestro país en otro continente. Todos esos mensajes nos llenan de orgullo. Un “ahí estamos”, una necesidad excesiva de atención frente a una comunidad internacional que poco voltea a vernos, más allá del Pozolero, el Chapo, o la siguiente barbaridad de nuestros tiempos.

Si no, pregúntenle a quienes van con el penacho y el atuendo azteca a los mundiales o los partidos fuera del país. Ufanos, se pasean entre los espectadores, cobran por fotos, y adoran los reflectores y las cámaras. Pero no estoy tan seguro de que saldrían así a la calle, el trabajo o la escuela aquí en México.

Los mexicanos hemos bebido lentamente el brebaje de una identidad nacional que no es otra cosa sino producto de 70 años de un régimen político. Muy exitoso por cierto: sus símbolos, sus modos, sus discursos los seguimos reproduciendo como si fueran de México y no del PRI. Pero claro, no podría ser de otra manera con el partido que cooptó la bandera nacional para su escudo. No hay que darle todo el crédito al PRI, no lo merecen, y hay otros elementos que pertenecen a ramas tan variadas como la historia o la cultura popular que también han forjado el carácter y ethos nacional en menor o mayor grado.

¿Cuál de éstos es el factor reinante para asumirnos mexicanos y recetarnos una serie de características casi ius naturalistas? Eso da para otro laberinto, el cual requiere una profundización mayor y un espacio distinto.

A diferencia de España, aquí en México no existen movimientos separatistas de arraigo o gran  calado. Sí, es verdad que algunas comunidades indígenas viven prácticamente de manera autónoma bajo los “usos y costumbres” y que inclusive el EZLN tiene “liberados” algunos pueblos en Chiapas. Me refiero a alguna zona del país que, por razones históricas, culturales, o lingüísticas, presente una necesidad seria de separación. Aquí lo que nos gusta es arremolinarnos todos y tratar de homogeneizar desde los gustos alcohólicos (mayor ofensa que rechazar un tequila, no puedo imaginar), deportivos (el fútbol o los clavados cada 4 años), gastronómicos (antes sólo había tacos al pastor en el D.F.) y de toda índole.

Aquí nos apretujamos en una plancha de cemento todos los años para poner el ejemplo. Fuera de México, pero sobre todo, dentro.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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