El nazi y yo

Imagine usted que ve caminar, en pleno pasillo de una universidad (donde los estudiantes, con cierto grado de arrogancia y prepotencia, siempre se presentan como “los informados”, los que sí saben cómo funciona el mundo, los elegidos por Dios, el CENEVAL o cualquier laxo criterio de admisión que usted elija), a un estudiante con un uniforme militar de Estados Unidos. Es obvio que el joven no pertenece a este clan: su andar patiflojo, mirada perdida, y movimientos torpes se combinan con sus tenis desgastados y un físico anti-marine. Lo que es peor, usted lo reconoce, es de su clase de computación y si mal no recuerda, estudia animación y diseño digital, y la última vez que lo escuchó hablar no daba la hora en el formato 0600.

Es decir, un mexicano promedio, joven, universitario, ataviado de pies a cabeza con un uniforme militar y portando en el pecho la bandera de los Estados Unidos. ¿Qué le pasó por la cabeza a este hombre? Asumiendo que no se dispone a ir a una fiesta de disfraces en la noche, o que en realidad es un magnífico actor independiente, el hombre tuvo que haber comprado su uniforme a consciencia y probárselo en la mañana con plena consciencia. ¿Será?

¿Será que en realidad este individuo llevó a cabo un proceso reflexivo que evaluaba el mensaje que transmitía su modelo olivo? Hay dos posibilidades, o sí lo hizo y entonces estamos frente a una persona con la que valdría la pena tener una entrevista a profundidad para analizar su elección, o bien, no lo hizo y entonces el problema es mucho más peligroso. Porque al usar ese uniforme, el hombre valida lo que el mismo representa, la connotación histórica y política del traje. Al usarlo, la opinión que genere en los demás miembros de la sociedad no será de indiferencia (digo, uno esperaría) y probablemente engendre juicios de valor o prejuicios en su defecto bastante claros.

Pero vayamos al extremo. El caso de un compañero universitario también, quien en la defensa de su automóvil colocó una estampa con consignas de supremacía racial blanca, y símbolos nazi como la cruz gamada. Cuando estuve frente al auto, me invadió una profunda indignación. ¿Cómo podía alguien, que se asume educado, siquiera pensar en reproducir esos símbolos que han perdido para siempre la inocencia de la tinta? ¿Qué clase de individuo estaría detrás de ese volante?

Por mi mente pasaron los peores adjetivos, los descalificativos más humillantes en que pude pensar en esos momentos. Y me quedé frente al automóvil un buen rato, debatiendo qué debía hacer. ¿Debía dejar pasar el incidente, respetar el libre albedrío del compañero y olvidarlo todo? ¿Debería fingir que no vi nada, y que seguro ese otro no sabe lo que significan sus estampas? (Ojo que la ignorancia de una ley no exime de su cumplimiento, por ejemplo). ¿O debería hacer algo al respecto? Y si sí, ¿qué?

Minutos que parecieron horas estuve frente a esa defensa azul. Finalmente, tomé una hoja de papel, una pluma, y le dejé un mensaje en el parabrisas al automovilista neo-nazi. El micro-texto se ahorraba las groserías y prefería hacerlo pensar, algo sobre la idea de “¿Tienes idea de lo que traes pegado? Reflexiona, no seas ignorante”.

Seguramente a este proto-fascista poco le importó mi papelillo, y es más, quizá ni siquiera alcanzó a verlo cuando limpió su parabrisas de la mugre que seguro se desprende del aire mexicano, tan poco ario. Pero ¿cómo evaluar mi decisión en un contexto de extremo respeto a las decisiones individuales? ¿De exaltación del individuo y sus libertades? ¿Me metí con él? ¿Agredí su privacidad, sus derechos? ¿Qué hacer frente a mensajes de esta naturaleza?

Dirán algunos que fue innecesario mi comportamiento, y que cada quien es libre de portar las prendas que guste. Pero entonces esas mismas personas caerían en una contradicción mayúscula al insultar al que viste la playera del Cruz Azul cuando ellos son Águilas. Sin conocer a la persona, sin siquiera ubicar bien su rostro, se lanzan a la yugular de los colores. Ahí sí que se permite insultar, agraviar, meterse con el otro. ¿Por qué no habría de hacerlo yo con el aficionado nazi? Sin hipocresías.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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