La diferencia

Unas horas antes del primer debate presidencial entre Barack Obama y Mitt Romney, bromeaba al aventurar la hipótesis de que el mandatario norteamericano sacaría de entre el podio una fotografía (en algún ángulo extraño de inclinación) del candidato opositor en plena juerga con George W. Bush o alguna otra oscura figura republicana.

Más allá de la evidente broma que suponía este comentario, subyace algo que no es trivial: la diferencia (o mejor dicho, las diferencias) entre los debates presidenciales allá y los de acá.

Ahora un par de reflexiones al respecto.

Me ahorraré todos los comentarios estilo Twitter como preguntar por la edecán norteamericana o la sonrisita de Romney. Centrémonos en lo que dijeron, y cómo lo dijeron.

Para empezar, el debate fue precedido de programas especiales en las principales cadenas televisivas norteamericanas e internacionales, donde se analizaban los escenarios probables del encuentro, y se proveía a los espectadores (votantes al final del día) de claves para comprender mejor el duelo y para obtener un rédito mayor de él. En nuestro país, fue gracias a la benevolencia y gran corazón de hombres como Salinas Pliego que pudimos tener el segundo debate en su canal más importante. Eso sí, ni un minuto más antes, ni uno después. El debate, sus 90 minutos, se limita a un ejercicio de masoquismo para las televisoras que este buen hombre acepta, en nombre de la sociedad y el país.

Si bien es cierto que si uno buscaba podía encontrar programas post-debate en algunos canales, los principales se apuraron a reanudar su insulsa programación, a diferencia de los programas norteamericanos, donde seguramente hasta el día de hoy que se publican estas líneas continuarán discutiendo los efectos del debate.

En segundo lugar, el moderador fue un periodista, como también se intentó aquí. La diferencia fundamental es que mientras que una sacaba papelitos de la tómbola de la democracia (faltaban los coloridos y tiernos soldados de la Lotería Nacional para que la fiesta fuera completa) y se apuraba a leerlos y distribuir las preguntas en un ejercicio casi frenético y con demasiadas condicionantes, el otro se limitó a ser el vehículo conductor de una discusión, el justo árbitro, el que les pedía contraste a los candidatos, el que pedía que se contestaran directamente entre ellos.

Lo que me lleva a hablar de los tiempos. Con un cronómetro en pantalla, los televidentes podían ver cuánto tiempo habían hablado en total (y en cada intervención) los contendientes. También lo sabían ellos, pero los espectadores no estábamos acosados por esa cuenta regresiva (en rojo además) que lejos de amenazar, distraía a los mexicanos (“hijos, otra vez se le acabó el tiempo al Peje” y cosas por el estilo).

Las televisoras tenían además una libertad total para dirigir su transmisión. Mientras que en CNN la pantalla se dividió perpetuamente en dos, para apreciar en todo momento las reacciones y gestos de ambos debatientes, en Fox News optaron por tomas individuales y una que otra “reaction shot”. Las razones detrás de los diferentes enfoques sólo las conocen los productores y las podemos adivinar el resto, pero al menos la flexibilidad para la transmisión es completa y hace del debate un espectáculo distinto a aquel donde las cartulinas no caben en el encuadre, o está prohibido el zoom.

Una última consideración técnica: los micrófonos tanto de Obama como de Romney estuvieron abiertos todo el tiempo. Esto permite que por momentos el debate fluya más en el tono de una conversación, al mismo tiempo que nos deja escuchar el “ok” de uno o los pequeños comentarios que hagan al margen del discurso del oponente. Pero sobre todo, permite una interacción mayor y  una confrontación directa entre los candidatos, que es, al final del día, lo que el electorado espera.

Finalmente, no puedo dejar de destacar la profundidad y seriedad con la que los aspirantes a la Casa Blanca debatieron los temas más áridos de la noche. Sobre todo la discusión en torno a los impuestos, los programas de salud y el gasto público. Lo dijo el ex-canciller Jorge Castañeda después del debate, provocaba envidia. Entre los candidatos mexicanos, ¿qué tanto conocimiento había del otro? ¿Qué tanto de sus propuestas? ¿Suficiente para ofrecer un contraste claro y una argumentación mucho más profunda?

Mitt Romney y Barack Obama se saludan después del debate del miércoles.

Porque lo que hicieron Obama y Romney los llevó de los impuestos a la educación, y del sistema de salud al papel del gobierno federal en los Estados Unidos. Preguntas que aquí muchas veces ni nos hacemos. Todos creemos saber para qué sirve el gobierno y cuál es su función y papel. Allá lo debaten. Aquí el debate termina en silencio, con las mismas posturas acartonadas de toda la noche y con una transición hacia el blanco. Allá, aplausos, y luego, las familias que suben al estrado y se saludan. Se reconocen. Contienden pero al final se dan la mano.

He ahí la diferencia.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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