Catenaccio de corrupción

Tratemos por un momento de parecer la Wikipedia. Si así lo fuera, diríamos tan objetivamente como se puede, que el fútbol es un deporte de 11 contra 11, donde está prohibido utilizar las manos y cuyo objetivo es meter un balón dentro de las porterías. Así de simple. Quitémosle por un segundo el tono místico o la gesta heroica. El llanto del niño ante el fracaso de los Pumas o la aglutinante barriga de un miembro de la Perra Brava. El fútbol es un deporte simple.

Quizá el más simple de todos, y por ello, el más popular. No es de extrañarse ver jugar fútbol o sus derivados a niños de todo el mundo en las calles, utilizando desde un balón de más de 1,000 pesos, hasta una playera hecha bolita o una lata. Podrá parecer anuncio de cervecería o cliché desgastado, pero sí sucede.

Alguien enséñeme el gen futbolero

Sucede también que en este deporte, como en cualquier otra expresión cultural y social, intervienen factores externos a la pureza y simpleza de un balón rodando por el pasto. Hay política en el fútbol, hay economía y finanzas en el fútbol, hay muertos en y por el fútbol. Pero al final del día, siguen siendo 11 tipos tratando de meter un gol.

¿Por qué entonces no todos tienen el mismo éxito?

No es raro suscribirse a las corrientes de pensamiento que afirman que los brasileños juegan como bailan samba, que los alemanes son invencibles, o que los argentinos (por ser argentinos) son buenísimos para la pelotita. Pero si aceptamos a priori que no existe absolutamente nada que haga de un niño recién nacido argentino, brasilero o teutón, ¿en qué momento se convierten automáticamente en cracks?

Aceptémoslo: las verdades en el mundo del fútbol carecen de lógica elemental. No se puede decir “los brasileños son buenísimos”, simplemente porque, uno, al nacer dentro de las fronteras del Ordem e Progresso no adquiere poderes mágicos o más coordinación en los pies. Dos, hay millones de cariocas que jamás han pateado un balón, y que si lo hicieran por primera vez, aunque fuera a los 20 años, (y aún siendo brasileños), no descubrirían un talento excepcional al estilo Rosa de Guadalupe o Harry Potter en la tienda de varitas mágicas.

Tres, si en estos momentos yo, o cualquiera que no se considere un jugador profesional de fútbol, se muda hacia territorio Dilma, vive unos años por allá y adquiere la nacionalidad, no adquirirá de facto, junto con el nuevo pasaporte, un par de piernas nuevas o un talento insospechado. No, ni siendo brasileño.

El caso de Brasil se puede aplicar a Alemania, Italia o cualquier otra de las llamadas potencias futbolísticas. Si el juego es tan simple, si no hay secretos qué descubrir, si no hay otras maneras de golpear el balón, si todos usan los mismos tachones Nike, la misma tecnología CLIMACOOL y la misma pelota; si todos pueden hacer lagartijas, o correr más vueltas alrededor del campo para entrenarse o aprender de memoria tácticas y jugadas, si todos podemos hacer, aprender y entrenar todo lo que hay que entrenar en un juego tan sencillo…¿por qué no hemos ganado el mundial? ¿Por qué asumimos que hay países buenos y países malos para la pelota?

El ejemplo de los penales es antológico en la narrativa mexicana. El fantasma de los penales. La tristeza de los penales. Lo malos que somos desde los once pasos. El tiro se podría practicar mil veces. Los metros del manchón al gol son los mismos que en Escocia o Francia. Los metros son los metros. El balón, la presión del estadio, la técnica del golpeo, todo es esencialmente igual. ¿En dónde está el gen brasileño del gol?

La respuesta es que no existe. El talento no es algo que tenga limitaciones geográficas. No hay un Dios del fútbol que con un dedo escoja países en el mapa para poblarlos de cracks. ¿Dónde están los mexicanos?

Un amigo, que ha escrito un perspicaz texto sobre el fútbol nacional, me sugiere que la cosa va por el lado de la corrupción. Que en México sí hay grandes talentos que nos pondrían en la palestra de la élite mundial, pero que son los promotores, los entrenadores de ligas juveniles y otros intereses (generalmente del tipo económicos) los que impiden que estos talentos crezcan y se desarrollen. La explicación me parece acertada, porque ayuda también a entender otros rezagos nacionales en materias tan apartadas del fútbol como las artes o la política. Si los mejores no llegan a las posiciones importantes es por una sociedad corrupta que les bloquea el camino. Un auténtico catenaccio de corrupción.

Por algo se fugan los cerebros. Por ahí van las piernas.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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