Destinados a morir

Disquete; Foto: Fayerwayer

Sucede una y otra vez. Si no es una cosa es otra, pero los aparatos tecnológicos que facilitan nuestras existencias siempre terminan por morir. Llámese iPhone 5 o hasta una bombilla, todos llegan a un final. Entonces surge la necesidad de conseguir un reemplazo, y el ciclo sigue. Uno se pregunta, ¿por qué la tecnología estando tan “avanzada” no puede asegurar la supervivencia de estas herramientas? La respuesta es un secreto a voces. Porque el sistema no lo quiere, porque está programada para ser obsoleta.

Por definición, la Tecnología es el “conjunto de conocimientos técnicos, ordenados científicamente que permiten diseñar y crear bienes y servicios que facilitan la adaptación al medio ambiente y satisfacer tanto las necesidades esenciales como los deseos de las personas.” Este conjunto de conocimientos al final se traducen y los conocemos como métodos u objetos, por ejemplo computadoras, automóviles, teléfonos celulares y demás. En primera instancia logran su objetivo, satisfacen las necesidades esenciales de las personas y hasta llegan a satisfacer sus caprichos, eso sí, mientras duran. La realidad es que desde una perspectiva mucho más amplia, no sólo no logran este objetivo, además ocasionan más problemas.

Se conoce como obsolescencia programada a la determinación arbitraria del fin de la vida útil de un producto o servicio, de tal forma que después de este periodo se vuelva obsoleto y sea necesario reemplazarlo. Este método se remonta a los años 20, cuando los trabajadores de las grandes empresas recibieron la misión de fabricar productos frágiles y de baja calidad, para que la gente tuviera que consumir más. El término actual finalmente fue acuñado en 1954 en una conferencia impartida por el diseñador industrial Brooks Stevens, quien lo planteaba como “instar al consumidor a poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor y un poco más actual de lo que es necesario”.

PC; Imagen: The Printed Blog

La obsolescencia programada es considerada principalmente técnica pues los productos dejan de funcionar como lo hacían en un principio. Pero también está presente en el aspecto funcional, pues deliberadamente los productores presentan “nueva tecnología” que desplaza a los productos anteriores. Este fenómeno además es planeado para ser sistemático y funcionar con ciclos. En otros casos, y además agregando técnicas de mercadotecnia, la obsolescencia programada se puede dar bajo el pretexto de la moda. Como ejemplo de todas estas características están los productos Mac, que en su mayoría son desechados y reemplazados por todas esas razones.

Esta práctica responde a intereses meramente económicos, el consumidor y hasta el medio ambiente también son desechados. El impacto en el medio ambiente se puede ver en el día a día, con datos como que al año se producen unas 50 millones de toneladas de basura electrónica, de las que únicamente 24% se reciclan. Esas estadísticas nos llevan al viejo debate sobre el sistema, si funciona o no, si algún día cambiará y cómo podría llegar ese escenario.

Autos; Foto: El Heraldo

Mientras eso sucede o no, ¿qué pasa con el consumidor? (Asumiendo que es un ser con la capacidad y voluntad de analizar y decidir). Soluciones no faltan, al menos desde un ámbito personal, con acciones tan simples como cuidar lo que tenemos y consumir sólo lo que necesitamos. En el papel se lee fácil, aplicarlo es bastante complicado.

Con la obsolescencia programada, el consumidor es prácticamente engañado. Entrando a esa misma batalla, a pesar de tenerla y ser bastante relevante, la mayoría de los productos no muestran su fecha de caducidad. De ser así, tendríamos que considerar que un día se van a podrir nuestros alimentos… y también el teléfono celular. Entonces estaríamos pagando lo justo, lo que se supone se nos ofrece. Con esa opción el problema obviamente no estaría resuelto, pero eso daría un argumento al consumidor para poder luchar contra el productor y en el mejor de los escenarios, obligarlo a que cumpla con lo que dice ofrecer.

Por medio de la obsolescencia programada, la tecnología es prácticamente subordinada a intereses económicos que destruyen esa labor de encontrar soluciones a los problemas de las personas. Actualmente los productos están programados y destinados a morir, tarde o temprano. Dejan de funcionar, dejan de servir, dejan de ser útiles y entonces se vuelven basura. Ese proceso lleva décadas y seguirá mientras el consumidor lo siga permitiendo.

Por Alberto Vega /@Betovegaa

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Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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