Importemos esto

¿Qué importa México de los Estados Unidos?

Si la primera respuesta es “Salvando al soldado Pérez” o la versión tropical de “Jeopardy”, éste sería un buen momento para ir buscando otros productos.

Caprichosamente, el calendario electoral quiso que ambos países celebraran elecciones presidenciales el mismo año, separadas apenas por unos meses.

He aquí una serie de reflexiones que podrían servirles a los políticos y sociedad mexicana con respecto al proceso norteamericano.

Crédito: Elsilenciero.com

En primer lugar, podríamos hablar de la atención especializada que le otorgó Barack Obama, a las minorías electorales en su país. Encuestas de salida pintaban el panorama que se hizo más claro conforme pasaron los días: Obama se adjudicó en buena medida el voto de jóvenes (60%), negros (93%), latinoamericanos (70%), asiáticos (75%), mujeres (56%) y de la comunidad gay (80%).

Fueron estas minorías sumadas lo que se tradujo en una mayoría de votos para el candidato Demócrata.

Mediante propuestas específicas para cada grupo, reuniones con líderes de las respectivas comunidades y atención (aunque fuera discursiva) personalizada, Obama logró asegurarse votos que resultarían claves a la hora de decidir los “swing-states”, esos escurridizos estados indecisos.

Al sur del Bravo, los grupos minoritarios estuvieron prácticamente excluidos del discurso, acciones y propuestas de los candidatos presidenciales. Haciendo a un lado a mujeres, jóvenes, indígenas y otras minorías (aunque fuera por pragmatismo o simple omisión), los candidatos perdieron la oportunidad de construir una sólida base de apoyos que podría haber resultado determinante en favor de un aspirante u otro.

Otra de las claves que ayudan a explicar la victoria de Barack Obama tiene que ver con el manejo de los datos en la época de la información. A diferencia de la campaña mexicana, que se apoya en el mítin y los lonches sin discriminación, en Estados Unidos se tiene un registro muy específico y detallado de las intenciones de voto por estado, por condado y casi casi por pulgar.

El equipo de campaña de Obama logró unificar en una base de datos toda la información recopilada a través de redes sociales, llamadas telefónicas o correos electrónicos, permitiéndoles de esa manera dirigir mensajes terriblemente específicos y personalizados a los votantes divididos en diferentes categorías.

Así, la campaña de Obama supo qué botones apretar para conseguir más dinero y sobre todo, en qué lugares enfocar las baterías a la hora de hacer campaña.

Esta es una lección particularmente importante, porque les permitiría a los candidatos mexicanos planear mejor sus estrategias específicas para cada región (atendiendo la máxima de que hay muchos Méxicos dentro de las mismas fronteras) y pelear por esos estados indecisos que hoy en día dejan en el olvido, al preferir enfocarse sobre los que ya saben que ganarán de antemano (el D.F. o el Edomex son claros ejemplos).

Finalmente, una lección para los medios mexicanos.

Durante la campaña presidencial norteamericana los medios de ese país también estuvieron en la mesa de debate, pero por circunstancias distintas a las mexicanas.

Si bien allá los medios abrazan sin empacho al candidato al que apoyan, lo que manda en la prensa y los medios norteamericanos es el hecho, los datos, la declaración, el “on-record”.

Es decir, con una tradición democrática mucho más extensa que la mexicana, los medios se han convertido en la memoria indeleble a la que los ciudadanos acuden y que los políticos temen durante las campañas presidenciales.

Después de cada debate, y de que cada candidato lanzara al aire cifras, datos, aseveraciones y juicios, los grandes medios norteamericanos presentaban al día siguiente algo que llamaron “fact-check”.

Ahí, el ciudadano podría comprobar con datos duros y declaraciones verificables, la veracidad o no de lo dicho por los candidatos la noche anterior. Ese espíritu de contrastar, de comprobar y verificar es algo que aún está ausente en los medios (y la actitud de los ciudadanos) respecto a la política.

El más claro ejemplo del papel proactivo de los medios durante la campaña norteamericana se dio durante el segundo debate presidencial.

Ahí, Mitt Romney aseguraba que el presidente Obama jamás había empleado la palabra “terrorismo” para referirse al ataque en la embajada norteamericana en Libia. Obama lo desmintió, lo que pudo haberse quedado en una de las muchas discusiones fútiles en las que vivimos en la política mexicana.

Fue ahí donde Candy Crowley, la moderadora, decidió intervenir al afirmar que en efecto Obama sí había empleado el término desde su primer pronunciamiento. Al día siguiente, la versión estenográfica de ese discurso de Obama estaba en todos los portales de noticias. Los medios como memoria. Los medios como antídoto contra la ambigüedad o el engaño.

¿Por qué no en lugar de fórmulas de Hollywood o maíz de Indiana importamos esto de los Estados Unidos?

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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