La película monotemática

Para cuando usted esté leyendo estas líneas, muy probablemente Felipe Calderón ya no sea presidente de México. Se acaba así, entre bloqueos y vallas a San Lázaro una película que inició en el mismo lugar, con otro congreso amurallado.

La película fue demasiado larga para algunos. Sobre todo, por ahí de la mitad, cuando aparecen en pantalla más asesinatos, más violencia y menos certidumbres para los espectadores mexicanos. Empezó con un país dividido, y a 6 años de distancia, no parece que se haya hecho mucho por reparar esa división, o siquiera por dirigirse a ella. Esa división, esa carencia de un sentido y un proyecto nacional es algo de lo que adolece México, para sentir que se camina hacia un objetivo, que se rema bajo una misma bandera.

Es lo que pasa en Brasil, donde a pesar de que un escándalo de corrupción de dimensiones mayúsculas pone en entredicho a sus políticos, a pesar de que la tasa de homicidios brasileña es superior a la mexicana, y a pesar de que pierden campeonatos en Olimpiadas y Copas del Mundo, los cariocas se siguen pensando como los líderes indiscutibles de América Latina; la economía pujante, el destino brillante, el organizador de Juegos Olímpicos y Mundiales de fútbol.

Ahí, la película que ven los brasileños es distinta a la mexicana. Allá también hay narcotráfico, también hay crimen organizado y sus salarios per cápita son inferiores a los mexicanos. Sin embargo, un buen trabajo de imagen internacional, una dirección y liderazgo político coherente y un amplio consenso social permiten a los brasileños (y al mundo) percibirse como el gran faro de América Latina.

En México, la película del sexenio comenzó con un Felipe Calderón que, a sabiendas de la división social, del encono y el resentimiento (que su campaña presidencial, en buena medida, había contribuido a crear), decidió consolidar los mismos elementos de éxito brasileño (imagen internacional, liderazgo, consenso social) enviando al ejército a las calles de Michoacán. El mensaje, Calderón imaginaba, era claro: bajo su liderazgo y misión casi divina, México combatiría a los criminales, cerraría filas en torno a la figura presidencial y lograría, de paso, resolver los añejos problemas de corrupción e ilegalidad en el país.

Ruedan los créditos en la película de Calderón

Ruedan los créditos en la película de Calderón

Suena como un inicio de película ingenuo. Como una película en la que los espectadores anticipan el final catastrófico. ¿Cómo enfrentar al crimen organizado (con presencia hasta en África) con un Estado débil? El Estado y sus instituciones se habían venido debilitando desde que el PRI perdiera paulatinamente el poder: primero en la Cámara en el 96, y luego la presidencia en 2000. El sexenio foxista fue una especie de impasse político donde poco se resolvió y nada se reedificó. Fox nadó de muertito en las aguas estancadas del priísmo. Calderón, heredero de una tradición panista fundacional, se veía a sí mismo entonces como la figura encargada de corregir en 6 años setenta del PRI, limpiar las instituciones y erradicar el narcotráfico en México.

No se puede negar que la convicción es propia y legítima. Que los intereses y la intención eran honestos. Pero lo que sí se puede criticar son los resultados. Resultados de una estrategia contra el crimen que condicionaron buena parte del discurso (mediático y peatonal): no se hablaba de otra cosa durante la película que de los cadáveres. No se hablará de otra cosa tampoco, con tanta insistencia, a partir de hoy, cuando se recuerden los 6 años de Felipe Calderón. Que no trate de culpar a los medios o a la gente que “no habla bien de México”. Si el tema del crimen organizado monopolizó la discusión pública es porque él así lo quiso.

Todo en la película de este sexenio se evaluaba desde la óptica del crimen organizado: la muerte de los secretarios de gobernación, las elecciones federales, los índices económicos, las relaciones internacionales…todo se analizaba y discutía desde el patíbulo que el narcotráfico hizo suyo.

El Estado, en su concepción realista, se construye como única manera eficaz de ejercer un monopolio legítimo sobre la violencia. En México hay un oligopolio de la violencia, compartida en partes iguales entre Zetas, Golfos, Chapos, Marinos y Federales.

Es cierto que habría otras cosas qué decir de la película: el estado sólido de los índices macroeconómicos, el aumento esperado en exportaciones, la ampliación de la cobertura sanitaria, los resultados del programa Oportunidades, pero por encima de todas esas cosas, por encima de todas las cosas, debemos considerar a la vida humana. Protegerla es el principal cometido del Estado. Falló durante la película. Cientos de miles de muertos se explican mejor cuando entendemos que en México el 97% de los crímenes queda impune.

Calderón prefirió recurrir a la fuerza de las armas antes de recalcificar instituciones con osteoporosis. Prefirió aumentar el número de policías federales antes que reforzar las leyes y su cumplimiento.

La película de Felipe Calderón termina con una escena dramática: el presidente, incomprendido, se exilia en el extranjero, desde donde contempla cómo otros recogen los frutos, que él dice, sembró con éxito.

Aún es muy temprano para decir si se cumplirá el sueño de Calderón, el reconocerlo como el presidente que inició la transformación en México. Todavía es demasiado fresco el recuerdo de Villas de Salvárcar, el Casino Royale y el número de muertos.

Las cuentas se siguen haciendo.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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