El aceite de Atlacomulco

Si a alguien le quedaba alguna duda de que en Peña Nieto encontramos a un administrador más que a un estadista, la última semana ha servido para convencer a los más incrédulos.

Enrique Peña Nieto no es un hombre de una ideología política definida. No es maoísta, ni leninista, ni neoliberal, ni fascista. Es un simple facilitador. En su visión particular de la política, ésta debe ser únicamente un medio por el cual se puedan conseguir ciertos objetivos. El ahora presidente Peña Nieto es un facilitador.

Como un padre conciliador (6 hijos se dice fácil), Peña Nieto se ha sentado a la mesa a negociar con quien sea necesario negociar. Si son rechazados de otros partidos políticos, como Rosario Robles o Vicente Fox, bienvenidos sean. Si son presidentes latinoamericanos de otras afiliaciones políticas, también los recibe. Si es Barack Obama (perfil más distinto para ambos hombres no me puedo imaginar, con todo y que Peña Nieto quisiera ponerse al mismo nivel con eso de que los dos fueron congresistas), no importan las diferencias, lo fundamental es el apretón de manos, el gesto de ambos brazos al cielo, la foto que circulará en todos los medios.

Peña Nieto el nuevo administrador nacional

Peña Nieto el nuevo administrador nacional

Porque Peña Nieto se ve a sí mismo como el vehículo aceitado que el país necesitaba para subirse a la carretera de donde el narcotráfico lo bajó hace algunos años ya. Donde la violencia no sea el único tema en la agenda nacional, en la imagen internacional. Peña Nieto es únicamente el hombre que le abrirá la puerta a la República para que se suba cómoda al carril de alta velocidad.

Es una visión personal quizá un poco más modesta que la de su antecesor. Mientras que Felipe Calderón aseguraba (envalentonado por que en alguna oficina a alguien se le ocurrió compararlo con J. Edgar Hoover) que ciertos hombres eran colocados en un momento específico de la historia por “la providencia” (como su caso, en el que se convertiría en el líder de una cruzada anti-narcotraficantes casi profética), Peña Nieto no señala a nadie en específico como responsable de su llegada al poder, y centra sus respuestas en asegurar que será él quien traiga las reformas tan esperadas para el país.

Reformas estructurales. Se mencionan en todos lados, se atacan en algunos y se elevan a la calidad de divinas para otros. Para Peña Nieto son el escalón al que México debe subir inevitablemente. De lo que pase después de haberlo subido o qué se necesita para mantenerse ahí, de eso no se preocupa.

Por eso su gabinete no se tradujo en un aparador de la tecnocracia. No llegaron a los puestos públicos (excepto en contadas ocasiones) los que ya contaban con un amplio conocimiento en la materia, académicos distinguidos o políticos especializados. Llegaron los políticos priístas (en el más clásico sentido de la palabra) que se han sentado a comer en miles de mesas en Polanco para negociar los acuerdos que Peña Nieto vaya mandando. Los titulares de las dependencias que se antojan claves para reformar (Educación y Energía sobre todo) son políticos que han pasado prácticamente por todos los puestos públicos imaginables, que conocen cómo nadar en las aguas de San Lázaro y cómo lograr los acuerdos que Peña Nieto dice impulsar con fervor.

Muestra de ello es el llamado “Pacto por México”, un documento de 3o y tantas cuartillas con más de 90 puntos específicos de reformas, cambios y propuestas para el sexenio que empieza y que los 3 partidos políticos más importantes en el país ya han firmado. La manera en cómo se vayan dando cada uno de estos cambios será materia de análisis en el momento. Por lo pronto, Peña Nieto puede ir apuntando su primera palomita en el cuaderno sexenal: es él quien aparece sonriente justo al centro de la mesa donde lo flanquean Jesús Zambrano, Gustavo Madero y Cristina Díaz.

Nada le daría más felicidad que ser recordado en 6 años como la piedra angular de un sistema que funcione, que se mueva, como dicen los anuncios de la presidencia en los medios de comunicación.

Para el presidente Peña Nieto, la política no es un fin, sino un medio. Su obsesión con los compromisos refleja la obsesión contemporánea con el volumen y no con el contenido. Su misión particular: administrar a México como una compañía en números rojos.

Se conformaría con ser el facilitador del detenido engranaje nacional. El aceite de Atlacomulco.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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