Por más que un sermón

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Imagen: Adán Tamariz

Un letrero rojo, luminoso y parpadeante prohíbe usar flash en la toma de fotografías, advierte que el hecho ameritará capturar la cámara. Gracias a una banda metálica automática que nos desplaza durante unos 15 segundos de izquierda a derecha, es posible ver el ayate de Juan Diego, en el que señala la historia, se proyectó la imagen de la Virgen de Guadalupe en 1531.

Encopetada por una corona dorada y más arriba una cruz igual de brillosa, la imagen recibe centenas de oraciones por segundo, en un domingo cualquiera en la Basílica, cuando el sol se postra sobre mí. Las veladoras, flores y ofrendas aparecen en el momento más solemne, cuando la función ha terminado.

En coche, metro o a pie los visitantes llegan al cerro del Tepeyac. El enfrentamiento con los “vienevienes” resulta tan caro como su capacidad “regateadora” lo permite. Si el elegido es el metro, parece más un obstáculo, como una telaraña confusa de usar para los peregrinos que batallan para llegar a la estación La Villa.

Un señor recibe a los visitantes que descienden del sistema de transporte; la función ha comenzado. Así, entre un rectángulo de gis, con barajas, agua, un paliacate y una viborilla. Con unos 50 años de edad, el hombre cantinflea buscando una moneda de los concentrados e inocentes admiradores.

Quienes arriban caminando por Calzada de Guadalupe, sobre el camellón adornado con escuetas plantas y flores avanzan ansiosos. Algunos precavidos pretenden adelantarse al sol y con cachucha evitan una buena quemada.

El aroma de los sopes, gorditas, quesadillas, tacos entre otros antojos derrota por mucho los atrevimientos de Burger King. Abundaban las zapaterías y sucursales bancarias; del Cruz Azul y Chivas son algunas playeras de un puesto futbolero en la calle Garrido, ya muy cerca del objetivo.

De México y el Vaticano son las banderas que ondean en la entrada al atrio. Una cascada con agua que cae pero que también sube, es lo que parece la gente que entra y sale del lugar.

Literal, con bombo y platillo suena “La Guadalupana”, la especie de himno del recinto mientras la estatua de Juan Pablo II saluda. Hay mucha gente. Los menores corretean de un lado para otro, unos ríen, otros simplemente caminan sin rumbo, como yo.

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Imagen: Adán Tamariz

Al centro está la vieja Basílica, esto se infiere gracias a la inclinación  del edificio, como si reverenciara a cada feligrés. A la derecha la Capilla de las Capuchinas, más hacia ese lado un enorme reloj solar es capaz de convertirse en la estrella del show, pues tras dar un manso repique, abre su telón y aparece una versión robotizada de Juan Diego y la “Morena del Tepeyac” representando las apariciones, curiosamente en castellano. Cual celebridad, el indio es apuntado por decenas de cámaras, recibe la atención de los presentes, del mismísimo “Mayre” y “Tavo”, que orgullosos se pasean con playera del Cuetzalan FC que delata sus apodos.

Por azar decido atacar por la derecha. Por lo que veo, será un reto a mi condición física, pues se trata de subir un cerro lleno de folclor. El banderazo de salida lo da Fray Juan de Zumárraga, la Virgen y Juan Diego; quietos, con la mirada fija, supongo que hechos de cobre.

Entre un río de gente, la Antigua Parroquia de Indios aparece, así como la Capilla de Juramentos, que pone a temblar hasta al más valiente fanático del agave. La cuesta ya se siente, los músculos se tensan. Para los mayores los bastones son verdaderas bendiciones.

De pronto, aparece un hombre alto con lentes oscuros, de barba cuidadosamente rasurada y que porta la playera del equipo colombiano de fútbol. Él muy sonriente y sin aparente agotamiento baja las escaleras, como presumiendo su triunfal ascenso y descenso. Parece anunciar que viene el mejor acto de la función. Y sí, la recompensa parece llegar. El sonido de la caída del agua, el ocultamiento de sol y la “angelical” música que emana de las oficinas parroquiales, adornan los jardines.

Pero, sorpresa, el sudamericano mintió; el verdadero reto apenas comienza, sospecho que unos 200 o 300 escalones me esperan, a mi pluma, cámara y libreta también.

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Imagen: Adán Tamariz

Cual Sancho Panza, hace acto de presencia un fotógrafo y sus caballos, ¿o burros?, ¿o mulas?, algo similar. Listo para capturar la mejor sonrisa de los peregrinos con la Virgen como escolta.

Me pregunto si cada escalón trepado es un pecado menos en la conciencia de cada creyente. Si sí, creo que algunos olvidan muy rápido, otros son muy lentos para borrar las culpas.

Ahora sí, nadie me lo cuenta, la Capilla del Cerrito anuncia que estoy en la punta del recorrido, en el fin del calvario. Pero antes, como un mandamiento, los turistas hacen una escala no planeada, directito a Aguas y Tortas Tepeyac, cual función de teatro este tiempo parece adecuado para salir por las golosinas y bebidas.

Desde ahí mi vista se adueña del centro de la ciudad, de Tlatelolco, Lindavista y hasta Teotihuacán, pero es hora de regresar. La bajada es al tiempo de un cielo que amenaza con lluvia, pero ahora me toca sonreír como colombiano.

El deslizamiento no cesa hasta una fuente con las figuras de  Fray Juan de Zumárraga, la Virgen y 14 indios rendidos a sus pies. El paisaje es completado por rosas de varios colores, magueyes, nopales, una cascada alimentada con agua tratada, y monedas que son lanzadas con la intensión de cumplir un deseo.

El astro rey ya fue a descansar al camerino, cualquier desnivel es bien aprovechado y convertido en sofá público, pues el cansancio apremia, total, hoy sé que a este lugar se viene, por más que un sermón.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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