Instrucciones para subir una escalera

“… si subes la escalera con una mujer, hazlo detrás de ella (por si llegara a caerse) y si van bajando, ve adelante de ella (por la misma razón); en una puerta normal, ella debe pasar primero; en una giratoria, debes hacerlo tú.” [Nueva Caballerosidad]

De acuerdo con Claudia Ramírez y su texto de la sección Estilos del periódico mexicano El Universal, una de las partes elementales de la caballerosidad es tratar a las mujeres como si fuesen frágiles, por no decir débiles y poco competentes hasta para una simple tarea como subir la escalera o para pasar a través de una puerta. ¿Qué sería de una mujer si su caballeroso acompañante la dejara caminar por la parte externa de una banqueta, o no le mostrara cómo funcionan las puertas giratorias?

Las implicaciones de lo que muchos llaman caballerosidad van más allá de ser “mensajes no verbales que comunican mucho de tu personalidad”, como afirma Navarro Martínez, comunicólogo que aparece citado en el texto. De acuerdo a una serie de estudios iniciados por la Dra. Julia Becker en estudiantes alemanes, la imagen de una mujer depende de cómo reacciona ante la oferta de asistencia por parte de un hombre. Si acepta la ayuda se le percibe como cálida o agradable, pero poco competente. Si la rechaza, se la ve como un poco más competente, pero fría.

En el experimento se presentaba una viñeta donde un trabajador de oficina le ofrece ayuda a su colega (una mujer): “Oh, el servidor de red, es tan difícil y frustrante para que una mujer lidie con ello. Deja que yo lo haga por ti”. A la mitad de los estudiantes se les dio una versión donde la mujer aceptaba la ayuda, y al resto donde la rechazaba. Además de incompetente, pero cálida, la mujer que acepta la ayuda es juzgada como poco adecuada para un trabajo administrativo. La mujer que rechaza la ayuda se percibe como poco apta para una ocupación de cuidado y hogar. Así que, como el dicho común, damn if you do, damn if you don’t.

La idea de que la mujer necesita o apreciaría la ayuda de un hombre se basa en estereotipos de género que disfrazan un sexismo naturalizado por la sociedad. Es una manera suave de declarar la inferioridad de las mujeres y exclamar que es solo amabilidad y decencia cuando se intenta criticar.

Sexismo se define como una serie de actitudes sociales que reflejan la creencia de la superioridad de un sexo y la subordinación del resto.

¿Por qué “el resto” de los sexos y no “el otro”? La manera en que se asigna un sexo al nacer suele ser arbitraria y llega a ser conflictiva en casos de intersexualidad o sexos atípicos donde no se puede determinar a primera vista y a veces ni siquiera tras estudios médicos si un bebé es hembra o macho. También existen muchas culturas donde se reconoce la existencia de un “tercer sexo”, que puede ser una combinación de los dos tradicionales o una categoría completamente distinta.

En Latinoamérica es aceptable el uso de la palabra como sinónimo de machismo. Se atribuye en la mayoría de los casos a los comportamientos opresivos hacia las mujeres o, para ser más exactos, a las personas que no entran dentro de la masculinidad tradicional (sexo y género masculinos), incluyendo a las personas intersexuales y transexuales.

El sexismo supone la existencia de una distribución desigual de poder y actitudes que privilegian a un grupo sobre los demás. Pero no existe privilegio sin opresión, la cual es sistemática, constante y naturalizada.

Por lo general asociamos sexismo con hostilidad. Pensamos en sexismo y lo imaginamos siempre explícito y agresivo: negarle derechos básicos a las mujeres por el hecho mismo de ser mujeres, machismo y violencia física. Es la forma identificable, la obvia y visible, la que escuchamos en las noticias y vemos en la televisión y sabemos que está mal porque está ahí, claramente, frente a nuestros ojos. Por supuesto que es sexismo, pero solo una parte de ello.

Es fácil declararse en contra del sexismo cuando sus consecuencias son tan obvias, pero cuando cuesta trabajo discernir entre la amabilidad y la condescendencia se genera el problema.

Excusándose detrás de costumbres de hace siglos, hoy en día la galantería y la caballerosidad se ven como uno de los beneficios de ser mujer. Dicen que hasta la mujer más feminista siente bonito cuando un hombre le abre la puerta (esa fue la conclusión de un equipo en mi clase de Métodos Cualitativos de Investigación), sin tener idea de que incluso esa pequeña y aparentemente inofensiva frase encierra una clase de sexismo tan naturalizado que ni siquiera lo consideramos importante o perjudicial. Se trata de lo implícito, del subtexto, de miles de microagresiones que se viven cada día sin que nos demos cuenta.

Aunque queramos deslavar de su contenido sexista a las “muestras de caballerosidad”, el hecho es que la mayoría de los hombres solo son caballerosos con las mujeres que les interesan, es decir, de quienes esperan recibir algo a cambio. No es desinteresada amabilidad, es una moneda de cambio. Algunos dicen que su recompensa es la pequeña sonrisa que una mujer les dedica cuando le abren la puerta, cuando en realidad lo es el sentimiento de superioridad cuando una mujer le debe gratitud.

No dudo que existan personas (no solo hombres) que en realidad están convencidos que lo hacen por amabilidad, pero la cortesía también significa deferencia y diferencia, lo queramos o no.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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