Secuencias guadalupanas

¿Puede haber alguien que pase por más fino que un hombre o una mujer que diga que no ve televisión comercial o que no la necesita?

 Álvaro Cueva

Hay quien dice que cuando recordamos películas, en realidad lo que nos viene a la mente son secuencias. Que al asegurar que Titanic es tu película favorita se puede deber entonces sólo a la escena en la que bailan bajo cubierta, o el momento en que el coloso es tragado por el mar (perdón a quienes arruiné el final). Quizá lo mismo pueda decirse de los discos: gracias a Steve Jobs y iTunes, ahora estamos acostumbrados a escuchar canciones separadas del álbum que las vio nacer. La importancia del sencillo sobre el disco, de la escena sobre el largometraje.

Y puede que esto tenga un punto de razón. De algunas de nuestras películas hemos olvidado ya muchas escenas, que en una posterior vista ni siquiera vemos venir. Lo mismo sucede con los más variados momentos que según nosotros guardamos en su totalidad. De la campaña presidencial del 2012 en México quizá uno sólo recuerde las encuestas o el increíblemente económico cierre de campaña de Peña Nieto en el Estadio Azteca (si en efecto por $20,000 pesos lo rentan, por mi vida que junto a un par de amigos y armamos un partido épico en las porterías que hicieron suyas Pelé y Maradona, por no hablar del Kikín Fonseca o Miguel Layún).

Así que cuando me aventuro a hablar de la televisión mexicana, es obvio que también sufro del mismo impedimento científico para sostener mis argumentos. Ni lo he visto todo, ni lo pretendo. De lo que me acuerdo son quizá fragmentos, memorables algunos, lamentables los muchos, que han creado en mi mente la misma idea que un par de personas en este país: no es muy buena.

El juicio, por obvias razones, quedará incompleto inevitablemente; se han talado muchos árboles y con hachas más filosas e inteligentes para hablar de un tema que se puede abordar desde el aspecto económico (“el duopolio”), el cultural, el deportivo, el social, el político, el periodístico…

Pero recupero mi valoración inicial e increíblemente subjetiva a raíz de un comentario de Álvaro Cueva, periodista que ve mucha más televisión que yo, y que escribe sobre ella en el diario Milenio. En uno de sus artículos, publicado esta semana, Cueva hace una apología de la nueva temporada de “La Rosa de Guadalupe”, el popular teleteatro que aborda temáticas juveniles y problemas sociales contemporáneos. Dicha valoración podría caer dentro del espacio de los anuncios o el comentario pagado, pero cobra relevancia en una sociedad (sobre todo capitalina) que ha hecho de vilipendiar a “La Rosa de Guadalupe”, un deporte nacional.

Adriana Ahumada, durante un capítulo de la Rosa de Guadalupe

Adriana Ahumada, durante un capítulo de la Rosa de Guadalupe

Hablar mal de “La Rosa de Guadalupe” es el primer y más básico paso para hablar mal de Televisa, para criticarla y enviarla al cesto de la basura o lugares peores. Hablar mal de la Rosa es el equivalente en pose a profesarle amor incondicional a Tarantino para que crean que sabes mucho de cine. Y no del comercial eh. Digo, Tarantino. Va a pegar. No es mainstream.

Es decir que muchos de los que echan pestes de las producciones de Televisa (en específico, la Rosa), lo hacen a partir de la pose, de la conversación con el otro, del espacio en conjunto. No vayan a pensar que voté por Peña Nieto. No vayan a pensar que veo esas cosas tan nacas. No vayan a creer que no tengo “cultura y así”. Cuando en realidad la crítica debería ser personal, individual y reflexiva. No echar tierra por quedar bien con los demás, o porque eso es lo esperado, sino no verla si no se está de acuerdo o no gusta. Aunque hay muchos a los que sí.

Entre ellos, Cueva mismo.

En su alegato a favor de la Rosa, Cueva menciona la importancia de contar con un programa de este estilo, que diga “lo que están viviendo nuestros chavos. ¿Para qué? Para entenderlos, para ayudarlos y para que ellos mismos prevengan” y entonces pasa a defender el programa de manera categórica: “esta producción de Miguel Ángel Herros se me hace uno de los mejores programas de televisión de todo México”, dice el también conductor en canal 40.

La reflexión es interesante y sobre todo, increíblemente controversial. ¡¿Cómo?! ¡¿Que alguien está hablando a favor de la Rosa de Guadalupe?!

Ante esto hay dos caminos, uno propuesto por Cueva y otro por mí. El primero: ver más episodios para poder criticar. El segundo, leer lo que Cueva tiene que decir y reflexionar desde la experiencia y la razón propia. No la pose o el dogma.

Por lo pronto, yo me quedo con el único recuerdo de la Rosa de Guadalupe que tengo: una fantástica secuencia.

P.D. (No se pierda a partir del min. 0:47)

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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