¿Adiós al iPod?

Hace algunos años era inimaginable escuchar música en algo que no fuera un iPod, o estuviera conectado por unos audífonos blancos. El éxito del iPod fue tal que desplazó de inmediato a la gama de productos para escuchar música que utilizaban cassettes extraños, memorias flash de sólo 30 canciones o discos compactos. El iPod sin duda vino a revolucionar el mundo en que los seres humanos consumían y disfrutaban de la música.

Presentado en 2001 (en uno de esos chispazos de creatividad de Steve Jobs, sacándoselo del bolsillo), el iPod cambió no sólo el diseño físico o el formato digital de la música, sino que también introdujo en nosotros una serie de hábitos culturales que no nos han abandonado.

Por ejemplo, a partir del iPod la gente empezó a fragmentar sus colecciones musicales. Ya no era necesario escuchar un disco de principio a fin, y no era necesario comprarlo todo para tener el único sencillo que te gustaba. El iPod empezó a crear en nosotros la idea de que había que “llenarlo” y quienes lo hacían se situaban por encima (casi hasta moralmente) de los que tenían sólo una decena de canciones. Su llamativa clickwheel, su capacidad de almacenamiento y su evidente símbolo de estatus hicieron del iPod el artículo indispensable y referente de los primeros años del siglo XXI.

Pero quizá, en 2013, nos encontremos frente al ocaso del iPod.

Presagio fatalista

Presagio fatalista

De manera casi orgánica, fue el nacimiento del iPhone el momento que podríamos ubicar como el comienzo de un fenómeno post-iPod que se ha dejado sentir entre ciertos sectores de la sociedad. El iPhone, que incorporó a su vez un ícono del iPod se había convertido en el mejor reproductor de música del mundo, combinado con las funcionalidades del “mejor teléfono inteligente del mundo”.

Si los iPods habían marcado el camino a seguir para las otras compañías tecnológicas en cuanto al mundo de la música, el iPhone hizo lo propio con el ecosistema de la telefonía celular. Ahora todos los teléfonos inteligentes tenían que incluir alguna aplicación de reproducción de música o se quedarían atrás.

De la misma manera, el iPod tampoco quería quedarse rezagado. Si al iPhone le ponían cámara, el siguiente modelo de iPod lo emularía con la misma herramienta de captura. Todo lo que el iPhone tenía, el iPod lo asimilaba. Atrás quedaron los años del iPod rectangular, de un blanco prístino y pantalla pequeña. Entre más se pareciera a un iPhone, mejor.

Así hasta llegar a estos momentos donde iPhone y iPod sólo tienen dos diferencias: el precio y la capacidad de hacer llamadas (entendido esto a través de telefonía local, no voz sobre IP o alguna de estas modalidades). La pregunta es entonces, ¿para qué un iPod?

La misma pregunta se empiezan a hacer todos los que poseen un teléfono (iPhone o no) que posee la habilidad de reproducir su música. Es más, hay quienes han remplazado al iPod por el que quizá sea el reproductor de música más incómodo del planeta, el iPad.

De esta manera, el iPod se ha vuelto algo completamente remplazable, algo que hubiera sonado descabellado hace no tantos años.

Si a eso sumamos la popularidad creciente de los servicios de música por streaming o en la nube, tenemos un panorama muy distinto al de 2001. Sitios como Deezer, Spotify o Grooveshark se han hecho de grandes comunidades de usuarios, que tienen acceso a millones de canciones en línea que no necesitan descargar (en este mundo perpetuamente conectado a internet) y que representa un catálogo mucho más amplio que el de su iPod arrumbado en un cajón. Además, el hecho de que existan combinaciones (tanto algorítmicas como humanas) de canciones, listas de reproducción y sugerencias hace que la experiencia del consumo musical transite hacia un mundo post-iPod.

¿Estaremos frente al ocaso del aparato más querido de los últimos años?

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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