Un automóvil llamado Hugo Chávez

“¿Entonces, Hugo Chávez era bueno, o era malo?” La pregunta misma tiene cierto sentido chavista. Si Enrique Krauze (quien estudió de cerca y por un buen tiempo la realidad venezolana y la figura misma del comandante) asegura que Chávez tenía una visión “binaria” del mundo, las respuestas que involucran al difunto correrán por la misma vía de dos sentidos.

Chávez mismo se encargó de que los demás vieran al mundo a través de sus ojos. De sus palabras. De sus cánticos y sus pasitos de baile. No se explica de otra manera el programa de “Aló Presidente”, ese donde todos los domingos se sentaba el presidente caribeño frente a las cámaras de televisión y que no tenía una duración definida. Era un ejercicio honesto y transparente: quizá más de lo normal o lo recomendable para un presidente.

En su particular reality Chávez construía la realidad a través de sus palabras, de sus decretos que aunque fueran mediados por música y risas del público eran también políticos y muy reales. Decidí que para contestar la pregunta del principio podría hurgar un poco en esta emisión.

Así que senté a quien me preguntaba frente a la computadora, y le puse enfrente quizá el momento cumbre de alguna de las incontables temporadas  que duró el espectáculo: el capítulo se titulaba “Mr. Donkey”.

La trama del mismo es conocida de sobra: en un par de minutos de ráfagas verbales Hugo Chávez, el presidente, llamaba “cobarde”, “alcohólico”, “ignorante” y “burro” al hombre más poderoso del mundo, el presidente de los Estados Unidos, en ese entonces, George W. Bush. Las risas y aplausos de la audiencia parecían corresponderse con la mirada atónita de quien veía el video por primera vez. De quien sólo había escuchado de Chávez las trilladas frases de “está loco” o “es un dictador”. Traté de intuir lo que estaba pensando y me adelanté: “¿Te imaginas al presidente de México diciendo eso?” El curioso negó con la cabeza, que de por sí le daba vueltas.

Pensé que este video no había ayudado nada a aclarar su duda inicial. Así que, casi de manera involuntaria, puse el siguiente episodio que siempre corre de manera binomial (¡de nuevo!) al primero.Este se titulaba “Mr. Chávez goes to New York”.

No se trataba de esa visita que hizo en 1999 para lanzar la primera bola de un juego de los Mets, sino del discurso pronunciado ante la Asamblea de las Naciones Unidas en 2006. Mr. Chávez subió al estrado, y con el talante de un actor de método, aseguró que éste olía a azufre. Antes que los protocolos de emergencia se activaran, Mr. Chávez aclaró el origen del olor: Mr. Danger (su antagónico rival) había estado ahí antes. “El diablo”, como aclararía el presidente venezolano, para dejar en claro de qué tamaño era la amenaza.

Fue en este punto que el curioso se dio por vencido. “Me rindo”, dijo, con una pequeña sonrisa en los labios, “ya no entendí nada”, y salió de la habitación donde me encontraba yo. En ese momento dirigí la pregunta hacia mi. ¿Qué podía contestar yo al respecto, de manera honesta y después de un análisis serio sobre Hugo Chávez? ¿Será que la confusión que dejé en el curioso era producto de mi propia indeterminación frente al tema?

Siempre me pareció demasiado fácil tomar el camino del dictador malvado. Del caudillo irredento. Del eje de la maldad. Malacostumbrado a desconfiar de la facilidad, decidí que no caería en la moda de tener un juicio categórico sobre Chávez. Así pasaron los años y lo mismo envidié algunos de los programas sociales que implantaba en su país o su liderazgo e interés regional, como desprecié sus ataques a la libertad de prensa y los derechos humanos.

Sin duda se trata de un hombre con claroscuros, que no pertenece ni al panteón de otros dictadores latinoamericanos (no hay casos de violencia sistemática desde el Estado, genocidios u otras lindas características de éstos), pero tampoco de los estadistas centenarios. Estoy de acuerdo con quienes dicen que le faltó separar su persona de Venezuela, descoser su historia de la de su pueblo.

Eso fue lo que hizo el Che: como Chávez, también creía que tenía una misión que cumplir. La llevó a cabo y se dio cuenta que los procesos revolucionarios los escriben los pueblos, no sus líderes. Por eso anduvo por África y por donde sintiera que su ayuda era necesaria.

El Che era un vehículo. Chávez el auto, la carretera y el horizonte.

Crédito: Proceso

Crédito: Proceso

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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