El cine al que hemos llegado

En los años 80, todavía era raro quien veía películas en su casa. Pocos tenían una videocasetera y menos aún querían ceñir la imagen a una pantalla cóncava y de pocas pulgadas. No sonaba muy atractivo ver Ben Hur en 14”.

Tenemos testimonios de esto. Michael Moore, el documentalista norteamericano ganador de la Palma de Oro en Cannes y el Óscar lo demuestra así en su espléndida autobiografía “Here Comes Trouble”. Durante un viaje por carretera en su natal Michigan, Moore se detuvo en una gasolinera junto con un par de amigos. Se sorprendió cuando vio un letrero que rezaba “Movies on Home Video Here!” (“películas en video casero aquí”):

“Guau”, dijo Moore. “Mira eso. Puedes rentar una película en una gasolinera. ¿A eso hemos llegado? ¿Las películas se venden ahora como una bolsa de Doritos o un Twinky?”

El tiempo le daría la razón a su visión profética.

En la pasada entrega de los Óscares, Seth MacFarlane bromeó con el hecho de que mientras algunas películas recibían premios, la suya (Ted) estaba siendo vendida afuera de algún local de comida rápida, oliendo a orines y en compañía de algún vagabundo.

¿A eso hemos llegado?

Pareciera que las películas han perdido el prestigioso lugar que ocupaban antes dentro de la cultura popular. Si bien el ir al cine era toda una experiencia hace algunos años (la gente se arreglaba para ir, había acomodadores, y las salas podían ser ocupadas hasta por miles de personas), ahora son una comodidad más de las que se incluyen en el cajón de lo desechable.

Literalmente.

En 2008, una compañía llamada Flexplay presentó lo que ellos esperaban se convirtiera en el nuevo modelo de renta de películas: los DVDs autodestructibles. Estos discos se vendían en aeropuertos, centros de viaje y tiendas de conveniencia a lo largo de los Estados Unidos. Una vez que el disco entraba en contacto con el oxígeno, un químico especial que cubría al mismo se ennegrecía y volvía inútil al DVD. Prácticamente, la película se podía ver sólo una vez.

El negocio duró poco, pero es lo suficientemente ilustrativo del modelo de consumo cinematográfico en nuestros días. Parte por parte en YouTube,  trabándose en Cuevana, a la mitad de la actividad hormonal en el cine, las películas se ven a medias o de plano ni se ven en nuestros días.

Una comodidad desechable.

Una comodidad desechable.

Ir al cine es una actividad por la que pocos tienen verdadero aprecio ya. Generalmente se va por ir, sin antes revisar la cartelera o tomar una decisión sesuda. Si es viernes, habrá que ir. En primer lugar, porque seguro hay algún estreno, y en segundo, porque el estreno es lo que menos importa.

Pero no todos piensan así. De ahí que, al menos en la ciudad de México, tengan tanto éxito los pequeños cines alternativos o independientes que proyectan películas fuera del circuito comercial, o bien, que lo hacen en un ambiente enteramente distinto. Está el ejemplo de la Estela de Luz, que aunque pocos lo saben, presume una sala cinematográfica en sus entrañas. O el popular Cine Tonalá en la colonia Roma, donde las películas se acompañan de un trago antes de empezar, o una cena terminando.

El reciente anuncio de que Cinemex planea comprar Cinemark no hace sino incrementar nuestras suspicacias (bastante fundadas en el caso mexicano) acerca de los monopolios. Recientemente, escuché que alguien se quejaba de que en Cinemex jamás adecúan la proyección a la pantalla, con lo cual pagaba su boleto por ver 5 centímetros menos de filme. En Cinemark ha habido víctimas similares del audio deficiente o una mala iluminación del proyector. Todo cuenta cuando se ve una película.

Mientras tanto, los principales afectados por estas decisiones son los millones de mexicanos que disfrutan del cine y el mundo terriblemente seductor que éste crea. ¿A eso hemos llegado?

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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