Rápido y de lejitos

Recuerdo muy bien cómo cada vez que salía del salón la maestra, el grupo entraba en una especie de caos colectivo y anárquico que únicamente recobraba algún sentido cercano a lo racional cuando volvía a entrar la autoridad por la puerta.

Era quinto de primaria, pero bien podría haber sido sexto de preparatoria: la escena se repite de formas incontables en mi escuela y en cualquier otra. Un grupo modélico que recitaba al unísono las lecciones del día podía convertirse en una turba sin control en pocos minutos. Había un sentido de urgencia, de hacer la mayor cantidad de desmanes posibles en el menor tiempo. No se sabía cuándo volvería la maestra. Rápido y de lejitos, nadie dejaba rastros personales.

El fenómeno es curioso y sugiere algo terriblemente primitivo o incurable de lo que significa ser homo sapiens.

Como en tantas ocasiones, Los Simpsons dan al clavo con su crítica de las masas.

Como en tantas ocasiones, Los Simpsons dan al clavo con su crítica de las masas.

Quizá es un mal endémico, y cuando perdemos el mínimo contacto que tenemos con las reglas o el orden (que hemos creado nosotros mismos como un recordatorio de que no podemos manejarnos solos) se desatan una serie de comportamientos que eluden una explicación sesuda.

De esto hay mil ejemplos, pero en esta semana me ha tocado vivir dos.

El primero, el martes, durante el partido de futbol de México contra los Estados Unidos. Esta es una fecha que merece una distinción especial en el calendario, pero no es éste el espacio para explicar por qué. Me limito a reproducir los sonidos que inundaron esa rústica construcción entre Tlalpan y el Periférico.

No es nuevo para los mexicanos, pero si alguien lee esto desde otro país, lo explico: cada vez que se despeja el balón desde la portería contraria, es considerado necesario gritarle “puto” al guardameta opositor. Sea mexicano, canadiense, hispanoparlante o no, el insulto se prepara con un grito que confunde las voces y vuelve al insulto un especie de rito comunal.

Bien, pues lo curioso en esta situación es que uno puede apreciar perfectamente a quienes en casa prohíben que se digan groserías o a los nunca les habíamos escuchado una vulgaridad, repetir durante el curso del encuentro el mismo adjetivo una y otra vez. Aquí no se trata de que en efecto el espectador (hombre, mujer, niño, niña, no importa) quiera insultar al portero contrario. Prueba de ello es que desde el primer despeje (cuando quizá el destinatario del insulto no ha ni tocado el balón o mucho menos atajado un gol cantado, lo cual haría comprensible las ganas de insultarle) se grita con desmedida pasión esta arenga particular.

Es la expresión del anonimato, ese que envalentona y amplía los límites de lo obsceno, lo vulgar o lo ofensivo.

De aquí se desprende el segundo ejemplo, fruto de los tiempos en que este artículo se publica.

En plena Semana Santa, no fue demasiado extraño encontrar que un restaurante reproducía en 6 televisiones distintas “La Pasión de Cristo”, esa especie de tortura colectiva y sadismo visual que dirigiera Mel Gibson (el mismo detrás de Apocalypto, donde, curiosamente, se le criticó fuerte por su interpretación laxa de la historia y su visión hiper-violenta del mundo maya. Ah, pero como la otra se trataba de Jesús, pues no aplica).

Lo que en esta ocasión vi con más claridad fue a la multitud que pide a gritos y empujones que crucifiquen a Jesús. Claro que esta es una parte fundamental del relato, pero en esta ocasión le puse un rostro a aquellos “judíos malvados” (fíjense la cruz con la que cargan los judíos, culpables para toda la eternidad de haber crucificado a Jesús. Hugo Chávez llegó a llamarlos “asesinos de Cristo”) de los que tanto escuchamos. No sólo a ellos, sino a los cientos que vieron cómo torturaban al del Sermón de la Montaña sin mover un dedo, alzar una voz o al menos retirarse del lugar.

Es esa misma turba, muchedumbre acéfala la que decide liberar a Barrabás y crucificar al mismo que se habían pasado la tarde azotando. Así como en los congresos del SNTE, donde votaban a mano alzada bajo la mirada de Elba Esther o en los del STPRM para ratificar (obviamente bajo su completa voluntad y después de un ejercicio racional de deliberación) a Romero Deschamps.

La misma turba que lincha policías en Tláhuac, bloquea carreteras durante horas pico o avienta cervezas a los aficionados norteamericanos.

Rápido, y de lejitos.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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