Roger Ebert

No recuerdo cómo conocí a Roger Ebert. Digo conocer a propósito, pues aunque nunca he estado por Chicago o visto siquiera de lejos o en algún aeropuerto o restaurante al crítico cinematográfico norteamericano más famoso de la historia, me considero parte de ese círculo amplio y la vez íntimo que Ebert creó: el de sus lectores.

Roger Ebert (1942-2013) murió la semana pasada, el 4 de abril, en la misma ciudad que lo vio nacer, crecer y escribir como loco acerca de las películas que amaba y que detestaba. Ebert fue el primer crítico de cine en recibir un Premio Pulitzer, y se convirtió en una referencia ineludible en el mundo del séptimo arte. Sus famosos “pulgares arriba” para determinar cuando le gustaba una película o no, se tradujeron en un veredicto esperado por miles. Una reseña favorable suya podía cambiar para siempre el destino de un filme: elevarlo a luces inesperadas o depositarlo en el basurero cinematográfico.

Pongo un par de ejemplos.

Para mí, Fight Club (1999, Fincher) es una excelente película que retrata de manera fiel y hasta dolorosa la etapa posmoderna en que nos tocó vivir. Una película que ha sido disfrutada por miles y que muchos tienen en su colección de favoritas. No Ebert, quien al reseñar el filme nadó a contracorriente (le otorgó sólo 2 estrellas de 4) y la tachó de “alegremente fascista”. (La reseña íntegra aquí)

Esto causó un gran impacto en mí: el saber que alguien veía una película de un modo completamente distinto al mío y que estaba tan seguro en sus convicciones que esa seguridad la ofrecían sus palabras. La manera que Ebert tenía de escribir mezclaba el estilo reporteril de sus primeros años como periodista, con el del crítico de cine que pasaba horas enteras revisando escena por escena “Ciudadano Kane”, quizá la película que más veces vio en su vida. Esa naturalidad como escritor le valía para elaborar reseñas que rebasaban al resto por su originalidad, su dimensión personal o su carisma, más allá de una simple descripción de la trama y la calificación cuantificable.

El segundo ejemplo del poder de la palabra de Ebert lo tenemos en la pasada entrega de los Óscares, o mejor dicho, en las semanas previas a ella. Por esas fechas, Ebert escribió una reseña increíblemente favorable de “Silver Linings Playbook” (O’ Russell, 2013), que acompañaría después con sus famosas predicciones, donde colaba a la cinta protagonizada por Jennifer Lawrence como “Mejor Película”. El anuncio causó revuelo entre la industria y los votantes, que veían como los estudios detrás de la cinta aprovechaban las palabras de Ebert para hacer desplegados de página completa en el New York Times con una simple frase del crítico. Así de grande era el poder de sus palabras.

Ese poder se acentuó, sin lugar a dudas, a raíz del cáncer tiroidal que se detectó en 2002, y que llevó a una operación en 2006 donde perdió su mandíbula y el habla. Esto no silenció al crítico, sino que se convirtió en un catalizador para Ebert, quien abrió una cuenta de Twitter (llegó a más de 800 mil seguidores) y continuó escribiendo incesantemente tanto en su blog personal (donde hablaba de temas políticos, sociales o culturales siempre relevantes y con perspicacia) como en su sitio de internet rogerebert.com, que recupera todas las reseñas escritas por el norteamericano para un periódico de su natal Chicago, el Chicago Sun Times, desde 1967.

No sólo eso, sino que Ebert continuó asistiendo al cine, de manera indiscriminada, para reseñar desde la última película de Transfomers (“ilógica” y “vana” según el crítico) hasta la más reciente entrega de Terrence Malick (“To the Wonder” es la última reseña que escribió, días antes de su muerte).

Y es así que creo recordar cómo conocí a Roger Ebert. Después de que terminaba de ver alguna película que para mí requería más comentarios que un “estuvo buena” o “me gustó”, buscaba en internet reseñas que pudieran serle útiles a quien este artículo escribe. Que hicieran inteligible lo que había visto en pantalla o que le ofreciera parámetros para calificar el filme. Y siempre, siempre, encontraba una reseña de Ebert.

No importaba si era un remake del año 2010, o una película independiente y poco conocida de los años 70, Roger Ebert ya la había visto. Él era el hombre en el que podía confiar en todas las cuestiones cinematográficas. Me sorprendió que abarcara tanto y con una calidad que yo no conocía para la reseña o la crítica en los medios masivos de mi país. El final de cada película se volvía el momento de acudir a Ebert, como el abuelo sabio que uno no puede dejar de escuchar. No sólo era sabio, sino increíblemente carismático, irónico y con un gran sentido del humor (no por nada ganó varias veces el concurso de pie de foto a las caricaturas de la revista New Yorker).

Años después alguien muy querido me regalaría un libro de Roger Ebert, y entendí que el crítico más famoso de la historia no era sólo mi referencia obligada, sino la de miles de personas que lo sentían tan cercano como yo. En ese libro, Ebert aparece en la portada junto a Orson Welles, mirando hacia la pantalla de un cine donde conviven Chaplin,  Hitchcock,  Kurosawa y Cary Grant entre muchos otros. Entendí que si Ebert trabajaba tan intensamente (se dice que al año veía más de 500 películas) era por amor.

En este libro, Ebert hace una recopilación de textos acerca del cine, todos sacados del librero de su casa.

En este libro, Ebert hace una recopilación de textos acerca del cine, todos sacados del librero de su casa.

Un amor palpable por el cine que supo transmitirnos a miles de personas que crecimos y aprendimos de cada una de sus reseñas o comentarios.

Aun así,  el número de agradecimientos se queda corto frente a la cantidad de reseñas.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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