Lecciones de Boston

Lo que aconteció la semana pasada en Estados Unidos no debe quedar como una simple anécdota en el imaginario colectivo. No me refiero a la (inútil) utilización de almohadillas en Twitter, o la rápida y poco dolorosa condena número un millón al Islam. Se trata de que, con una semana de por medio, revisemos exactamente qué fue lo que sucedió entre el lunes de las explosiones, y el viernes de la captura. Todo un viaje imprevisto, mas no improvisado, que dio pie a la captura de un sospechoso y a la muerte de otro.

Reparemos, en primer lugar, en la manera en que actuó el FBI. A pesar de que el maratón estaba siendo transmitido por televisión, lo que significa que había una presencia en las calles de cámaras y equipo de grabación, las autoridades no habían podido distinguir con claridad a los responsables de colocar y accionar las bombas caseras que acabaron con la vida de 3 personas ese día.

Es por ello que pidió abiertamente la colaboración de la sociedad norteamericana para que aportara información (imágenes y videos sobre todo) que pudiera crear un mapa de pixeles más amplio donde después destacaría la figura de un joven de lentes oscuros y otro de gorra blanca. Sólo mediante el testimonio civil, las autoridades pudieron tener imágenes de los sospechosos.

He aquí el primer punto de reflexión: los celulares y la presencia desbordante de cámaras (de circuito cerrado, de tránsito, en los celulares, el reproductor musical, de televisión, etcétera) ha creado un mundo donde es prácticamente imposible pasar desapercibido. La constante presencia de estos aparatos en nuestras vidas hace posible desde los videoescándalos hasta las veces de un gran ojo que todo lo ve.

En Estados Unidos, la consigna desde los ataques terroristas del 11/S es que “si ves algo, di algo”. Esta política francamente totalitaria de denuncia “del otro”, de constante vigilancia (desde los vecinos hasta los compañeros de trabajo) crean un ambiente paranoico sin duda alguna.

La misma lógica estuvo detrás del siguiente paso del FBI: una vez publicada la fotografía de los hermanos Tsarnaev, pidió de nuevo la cooperación civil para encontrar a éstos. Por internet se desató una auténtica cacería de brujas, como no se había visto quizá desde el Macartismo, para tratar de perfilar a los sospechosos. Se incluyó información falsa y se inculpó de por medio a inocentes.

Al fin las redes sociales y sus usuarios sentían que se les hacía justicia: se habían convertido en el tribunal supremo que presumen ser para todos los temas.

Ellos inculpaban, dirigían la investigación y alimentaban a los medios de información. Cuando finalmente se identificó con nombre y apellido a los hermanos, las autoridades norteamericanas volvieron a esparcir paranoia, misma que se apoderó de la ciudad de Boston y comunidades aledañas en Massachusetts cuando les avisaron que los sospechosos andaban por las calles y que no salieran de sus casas. Difícil ver en una sociedad primermundista y democrática que se impongan toques de queda. Pero así sucedió.

Los aparatos de inteligencia más sofisticados y supuestamente sólidos del mundo se tardaron una semana en encontrar y detener a un “terrorista” de 19 años que asaltó un 7-Eleven, se robó una camioneta y dejó ir al dueño, no sin antes decirle que había sido él el responsable de los bombazos en Boston, y que finalmente decidió que su mejor oportunidad residía en esconderse en un bote, en el jardín trasero de una casa.

¿Debe el gobierno norteamericano celebrar esto como una victoria? En términos utilitarios, por supuesto, lograron el objetivo de detener al sospechoso. Pero quizá la reflexión no debería detenerse ahí, sino pasar al tema de la “cacería” (el término dice mucho) tanto virtual como real que llevó a cabo.

¿Qué otras cosas van a dejar en manos de los ciudadanos los gobiernos? ¿Estamos en el principio de una twitterización de la justicia y la seguridad?

¿Y si la muchedumbre se equivoca..y encima retuitea?

Cortesía: In Flex We Trust

Cortesía: In Flex We Trust

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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