Periodistas anónimos

¿Qué pasaría si los periodistas dejaran de firmar sus notas?

Para muchos esta ya no es una pregunta irresuelta. Se trata de todos los lugares de la república mexicana donde el crimen organizado, las autoridades (locales, federales o militares) o cualquier otro medio de intimidación se ha colado hasta la redacción de los diarios, donde a los reporteros no les queda otra que sacrificar su nombre en aras de su propia protección.

El proceso mental es el siguiente: si digo algo que incomoda a alguien, y aparece mi nombre, será más fácil para ellos encontrarme o hacerme daño. La preocupación es legítima. Sin embargo la pregunta que antecede este razonamiento es ¿y cuándo el periodismo no ha sido incómodo?

En una sociedad orwelliana, totalitaria o dictatorial, el primer enemigo al que se ataca es el periodismo, eje que articula y hace visible una de las más fundamentales libertades humanas, la expresiva. Alrededor del mundo, múltiples constituciones y leyes protegen el ejercicio y el derecho de la libre expresión, opinión e imprenta. Tomamos al periodismo y a la prensa como un pilar irreductible y necesariamente presente en cualquier régimen democrático. Se trata pues inclusive de un indicador internacional (la libertad de prensa) que permite evaluar al país en su conjunto.

Guy Fawkes ahora es anónimo. Cortesía: AFP

Guy Fawkes ahora es anónimo. Cortesía: AFP

El periodismo en ese sentido platónico incomoda a quienes abusan de los límites institucionales que la democracia presupone. Es decir, se trata de la función vigilante de la prensa, el depósito ciudadano para hacer contrapeso al poder, criticarlo y exigirle cuentas. Los ciudadanos se enteran de lo que hacen o no sus representantes a través de los medios. Los periodistas pues son los responsables de investigar, de conocer, de brindarle herramientas informativas a los ciudadanos que les permitan i)tomar las mejores decisiones y ii) entender la realidad social a través de la interpretación periodística.

En México (y en buena parte del mundo) nos encontramos aún lejos de los ideales periodísticos primarios que aquí se han enlistado. Cuando alguien con nombre y apellido publica alguna investigación incómoda, la respuesta del poder o de los grupos a los que se señala ha sido siempre la censura, la intimidación o en el peor (mas no por ello impensable) caso, la muerte. Las agresiones a periodistas sólo en 2012 fueron contabilizadas en 207 por la organización de Artículo 19. Responsables por estas agresiones se encuentran funcionarios públicos, crimen organizado, particulares y un porcentaje considerable de “no identificados”.

Ante este temor que a veces no tiene rostro y se traduce en granadas afuera de las redacciones o el asesinato de reporteros, muchos periodistas han optado por refugiarse en el anonimato. En grados cada vez mayores se publican notas sin autor, bautizadas por “La Redacción”, o “Staff”. Las implicaciones de esto, creo, van más allá del orgullo o la satisfacción personal del que pueda presumir algún reportero que quisiera ver su trabajo acreditado correctamente. No estoy menospreciando esta aspiración (a todos nos gusta ser reconocidos socialmente por el trabajo que realizamos), pero quizá existen otras implicaciones que pudieran ser más peligrosas.

Por ejemplo, el hecho de que al no firmar la nota se pierde un grado de responsabilidad del periodista frente a sus lectores y frente a la sociedad misma. Los diarios corren ahora con todo el peso de información y con ello asumen un riesgo mayor. Cualquier error, imprecisión o malentendido se le imputará directamente al periódico, lo que conllevará una pérdida de credibilidad, pieza clave y necesaria en el periodismo.

Pero quizá lo verdaderamente preocupante sea que al no firmarse las notas se incurra en una especie de irresponsabilidad editorial mayor. Es decir, aprovechar el anonimato que brinda “la redacción” para ser más laxos en la corroboración de la información o la presentación de la misma. En otras palabras, tomarse ciertas licencias de irresponsabilidad que el peso de tener el nombre bajo el encabezado quizá eliminaría. Algo parecido al fenómeno del “periodismo civil” que se practica en las redes sociales, otro harén del anonimato por excelencia. Ahí los chismes corren más rápido que las noticias, en gran medida porque no hay alguien que pueda responder ante esa “información”.

En un contexto nacional donde la información se ha vuelto al mismo tiempo cada vez más amenazada y cada vez más importante para sobrevivir, no podemos darnos esos lujos. La protección a los periodistas debería de ir más allá de la simple omisión de su nombre en la nota, medida insuficiente y temporal.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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