Carta a un cementero

Amigo:

Sé que ayer no pudiste ver la final entre el Cruz Azul y el América. Quizá lo intentaste, pero la diferencia de horario, lo poco confiable de RojaDirecta y el sueño te vencieron. Lo siento mucho y te adelanto el resultado por si no quieres seguir leyendo esta carta después de ello: el América es campeón del futbol mexicano.

Sigues aquí. Qué bien, porque la verdad sea dicha, tengo mucho que contarte.

De hecho todo empezó muy bien para tu equipo. De esas veces que las cosas suceden inexplicablemente para bien y que por experiencia (o por cliché) pensamos que se trata de alguna trampa. Y es que resulta difícil de creer que una final que de por sí ya vas ganando 1-0 en el global se te ponga, en el papel, más fácil con la expulsión de un jugador contrario al minuto 13 y un gol soberbio de tu delantero al 20.

Todo pintaba para que el resto del partido fuera la concentración de la máquina contra la desesperación del América. El tiempo era tu mejor aliado. La solidez defensiva, la presión constante, los contragolpes y el Chaco eran las armas que habían blandido desde el minuto uno de esta final para plantarse frente al América. Sacrificaron el buen juego, lo vistoso, el poderío ofensivo por el pragmatismo y la seriedad de una final. Los aficionados como tú, creo, lo perdonaban.

Después de 15 años, vale cualquier cosa.

Esa cualquier cosa  les alcanzó para que el América perdiera la concentración, y añadido a la expulsión y el gol en contra, tuviera también que lidiar con la imprecisión en los pases, la falta de opciones al frente y la lluvia que también empantanaba su juego.

Quedaban 45 minutos y el Azul sería campeón de nuevo. Algunos se frotaban ya las manos, coreaban “ole” en las tribunas del rival (¿los escuchaste hasta allá?) y empezaban a imaginar el doblete en Copa y Liga. La verdad, amigo, lo que se veía en la cancha daba para creerlo. Y es que el América no ofrecía variantes. Había vuelto a su infame teoría céntrica, la misma del partido de la ida: una vez por derecha y otra por izquierda, algún desborde moderado y el centro al área, sin dirección o destinatario fijo. El pelotazo. Y ni siquiera con ventaja o peligro verdadero.

La defensa del Cruz Azul, tachada por su propio técnico tras el juego de la ida como intratable, en este partido tampoco tuvo que emplearse a fondo para detener al América, que aunque tuvo sus oportunidades—un cabezazo del Maza en un tiro de esquina en el primer tiempo, un enredo con la pierna menos hábil de Sambueza, un remate de Jiménez que Corona tapó de manera soberbia—no era suficiente para que el Cruz Azul se sintiera presionado. Creo, amigo mío, que la máquina nunca sintió un acoso asfixiante del América, una intensidad ausente en la cancha y presente en la banca, con el ahora telegénico Piojo, que manoteaba, chiflaba, aplaudía y gritoneaba.

De hecho era el único americanista que gritaba. Porque las águilas fueron dejando espacios atrás, que Cruz Azul, mediante la visión y las botas del Chaco Giménez, convertía en peligrosos contragolpes. Dos de ellos fueron una calca: pase largo a Pablo Barrera, que por velocidad superaba a los defensores americanistas del carril derecho y disparaba potente, cruzado y abajo, pero que Moisés Muñoz tapó adecuadamente.

Nadie dudaba del portero del fondo opuesto, ese hombre de mirada seria y chicle omnipresente, pero de Moisés Muñoz quizá nadie habló antes del juego. Para el minuto 62 ya le había sacado dos de gol a Barrera, y aún tendría mucho que decir en el partido.

Pero me adelanto. Porque además de esas que dejó ir Barrera (o que salvó Muñoz me dirán algunos), hubo otra, quizá la jugada que selló la suerte cementera. El Chaco (¿quién más?) entró solo por derecha al área americanista y ante la salida de Muñoz decidió disparar cruzado. Lo que pasó a continuación se parece a esto: el balón pegó en el poste derecho de la portería, rebotó en la tibia de Teófilo y volvió a besar el metal para después abandonar la cancha. Inexplicablemente esa jugada terminó en saque de meta.

Aún así la razón y la lógica daban para celebrar el fin de la sequía cementera. 2-0 y minuto 87. Pero no sólo era eso. Era el “Cielito Lindo” que cantaban los cementeros en la tribuna, el silencio sepulcral de las porras amarillas y la falta de imaginación, coraje y pundonor que uno esperaría encontrar en un equipo al que se le escapa el partido, el torneo y la final en su propia casa. No había otra más que Cruz Azul campeón. Así lo pensaban los que comentaban el partido en la televisión, los que cronicaban en tiempo real en las redes sociales.

Por cierto, si quieres darte una mejor idea de la ruleta de emociones que siguió al minuto 88 harías bien en revisar las líneas del tiempo y los perfiles de muchos amigos en Facebook y Twitter. A menos que los hayan borrado, sus testimonios están ahí, indelebles, fuentes históricas de primer grado para narrar lo que sucedió.

Fue un tiro de esquina (otro más del América), que Cruz Azul rechazó, pero no lo suficientemente lejos para que el balón no llegara a los pies de Paul Aguilar, que sin mucha idea bombeó la pelota para ver si encontraba algo o a alguien. La redonda se topó con la frente de Aquivaldo Mosquera, quien cayéndose logró rematar con la suficiente fuerza como para enviar el balón al fondo de la red. La repetición televisiva no me dejará mentir: hasta los aficionados del América que estaban detrás de la portería donde cayó el gol tardaron en reaccionar y celebrarlo. El gol, su autor, y el minuto eran todas variables increíbles para ambos equipos. Es más, algunos espectadores ya habían abandonado el estadio para cuando pasó.

Mosquera celebró el gol alzando los brazos, pidiendo a la grada y a sus compañeros un último esfuerzo. En la banca, el Piojo les decía que quedaban 5 minutos, que como sabes bien pueden ser una mirruña en la vida y una inmensidad en el deporte.

Con tres minutos de agregado, el América dependía de los factores que superan la razón. Ese siempre es el motivo por el que los porteros abandonan su arco para irse a rematar: los papeles se olvidan, como las reglas y las leyes, y en los minutos finales todo vale. Así subió Muñoz al tiro de esquina que en el 92’ lo vería saltar de palomita como decimos acá y rematar con la cabeza el balón que después Alejandro Castro desviaría ligeramente con la punta de sus tachones para enviar al fondo de su propia portería.

El éxtasis fue absoluto. Los jugadores de ambas escuadras caían como soldados de plomo: unos de emoción y otros de incredulidad y esa pesadez insoportable que los obligaba a derrumbarse.

El estadio Azteca, que no se sentó desde el gol de Aquivaldo hasta el final del partido, era una efervescencia de gritos y pasiones. Ahí veíamos al dueño del América, el mismo de la televisora, ¿te acuerdas? celebrar como un aficionado más, bueno, en palco, pero con los mismos gritos desaforados y la emoción casi animal. Muchos buscaban registrar el episodio con sus celulares: en nuestros tiempos, tener un video para poder mostrar después (en privado o en YouTube) un evento extraordinario resulta casi tan o más necesario que simplemente haberlo vivido.

Vinieron los tiempos extra y con ellos, imagino, pensamientos opuestos en la mente de los aficionados azules como tú. Por un lado, la última vez que se habían ido a los tiempos extra, con el América y en el Azteca, fue en la semifinal de la Copa de este año que terminaron alzando. Había esperanza. Pero al mismo tiempo no dudo que algunos (desde aquella del doble poste) ya pensaban que el regalo del primer tiempo (la expulsión y el gol temprano) eran una de esas maldiciones envueltas. Un cruel juego del destino, de la suerte o lo que sea; eso para lo que se  han ido acabando los nombres.

En los tiempos extras el América vivió quizá sus mejores momentos. Empujados por el público que creía, y agrandados por la gesta, tuvieron un par de llegadas que Corona resolvió estupendamente. El arquero, que en su última final en el Azteca había encajado 6 goles, ahora estaba deteniendo todos. El Cruz Azul se aferraba a su figura…y poco más. Ni una más de peligro, ningún intento de aprovechar la superioridad numérica. Ya nada.

Hasta que llegaron los penales. La misma instancia por la que ambos habían pasado en la Copa, con saldo favorable al Cruz Azul. Por ahí, me imagino, por esa pequeñísimia rendija, aún cabía la esperanza del algún aficionado cementero, que hacía caso omiso a las señales aciagas que en la cancha se habían estado presentando.

El público americanista, a estas alturas, había cambiado de ídolo. Al grito de “oé oé oé oé Chu-cho, Chu-cho” lo reemplazaba el de “Moi-sés, Moisés”. La figura del portero se agrandaría aún más al detener con la punta del pie el primer penal de la serie, el que erró el Chuletita Orozco.

Jiménez anotó el suyo y luego Alejandro Castro, en lo que quizá marcará en el calendario como el peor día de su vida, resbaló a là John Terry en la final de la Champions en 2008, y envió su disparo directo a las manos de algún feliz miembro de la Monumental. El 2-0 había cambiado de bando. La suerte también.

Chucho metió el suyo, Rogelio Chávez también. Osvaldo Martínez pegó un fierrazo imposible para Corona y Gerardo Flores convirtió para Cruz Azul. Lo anterior dejaba las cosas en las botas de un solo hombre: Miguel Layún.

De Layún seguro te acuerdas. Es ese jugador alto, desgarbado, rubio, que se fue a jugar a Italia y que cuando regresó no encontraba cabida en el América. Su nombre se volvió sinónimo del patetismo, de las oportunidades falladas, de los peores chistes y burlas futboleras. Todo es culpa de Layún decían algunos para justificar desde los pasos del América hasta la situación nacional.

Bueno, pues el mismo Layún (¿inolvidable, verdad?) era el encargado de tirar el cuarto penal para el América. Si lo metía, volvería a su equipo campeón.

Miguel Ángel Layún cobró el penal hacia la izquierda. Ahí lo alcanzó Corona, que rasguñó el balón. Sin embargo la suerte, el destino o el capricho hizo que la pelota entrara.  

Gracias a Layún, el América se coronaba campeón del torneo Clausura 2013.

Lo que sigue me daría para escribirte más, porque como bien sabes, en México el espectáculo no se limita a los foros que presupuestamos y se desborda por todos lados.

Sin embargo no quiero hacerte perder más tiempo. Habrá otras cosas que hacer, quizá finales que inventar en el Nintendo o ganas de apostar por otros juegos con menos variables. Qué se yo.

Porque me queda claro que después de estas cosas, uno no sabe nada…nomás lo siente.

Luis

Alejandro Castro. La personificación del Cruz Azul.

Alejandro Castro. La personificación del Cruz Azul.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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