Certezas médicas

Irónicamente, sabemos que estos tiempos posmodernos son nido de incertidumbres. Con espíritu socrático, declaramos rampantes saber nada y las convicciones que antes daban forma a los diferentes núcleos, sociales o individuales, van perdiendo el piso.

En “¡Adiós a Lenin!” (2003), un joven de la Alemania Oriental observa cómo el camarada Vladimir Ilich abandona la ciudad donde antes vivía. Lenin vuela por los aires, arrastrado por un helicóptero. No se trata de una táctica militar de extracción de presos o sus similares, sino del único modo de transportar una estatua pesadísima (física y metafóricamente) de concreto puro y duro del político soviético. La estampa es sumamente ilustrativa: ni siquiera aquello que pensamos duraría para siempre (la piedra tallada, la estatua inamovible) es capaz de resistir los embates posmodernos de la incertidumbre.

Porque ahí donde antes estatua ahora se erige la nada.

En estos tiempos, preferimos no saber y que los demás sepan. Para eso tenemos herramientas que permiten incluso preguntarle de viva voz las cosas a los teléfonos celulares. Preguntamos a ellos en vez de buscarlo. Lanzamos un tuit o algún mensaje en Facebook pidiendo recomendaciones, apoyándonos en la sabiduría de las masas, en el conocimiento de los otros. Por eso nos ofende cuando nos enteramos que los diputados, senadores, o presidentes no pueden nombrar sus libros favoritos: nosotros tampoco podemos, pero se supone que ellos están ahí porque pueden. Al no hacerlo, rompen la promesa, el pacto fundamental de la sociedad contemporánea: yo no sé, pero asumo que alguien sí. De esta manera nos evitamos responsabilidades (políticas, sociales, civiles y hasta individuales) que preferimos posponer u obviar.

El ejemplo máximo de este deslinde de responsabilidades lo encontramos en los doctores. A ellos los admiramos desde antes que empiecen la carrera, simplemente porque sabemos que dura más que el promedio y eso debe ser mérito suficiente. ¿Quién querría pasar más tiempo en la universidad del necesario? Nuestra reverencia a los doctores no termina ahí. El grado máximo de estudios universitarios (en cualquier rama) es casualmente el doctorado y en los boletos de avión las reservaciones se hacen para el Sr. la Sra. o el Dr.

En un mundo donde se pueden crear células madre por clonación, la profesión del médico cobra una relevancia aún mayor. Se abandona la figura del sabio comunitario para reconfigurarse en el experto solitario. Los mortales depositamos toda nuestra confianza (la vida misma) en las manos y palabras de los doctores, a los cuales el mundo quizá les ha dado demasiadas responsabilidades. ¿En qué otras profesiones podemos (o se nos exige virtualmente) confiar a ojos cerrados? La medicina es el campo de la fe.

Cuando a un enfermo el doctor le diagnostica una uretritis no gonocócica, al paciente no le queda más que creer en lo que afirma el médico. Por ello resulta especialmente delicado el compromiso ético de los doctores, conscientes del poder (fruto de la información y el conocimiento, como el más persuasivo de las maneras de poseerlo) que tienen sobre el resto de los ciudadanos; desde el indigente hasta el millonario.

En México, donde de entrada asumimos que quien se encuentra del otro lado del mostrador nos va a querer transar la confianza en los doctores se mantiene, aún, más o menos inalterada. Pero ¿cómo estar seguros de las intenciones nobles y meramente benéficas del doctor? ¿Cómo reconocer a quien estira los límites del síntoma para extender la mano más adentro en la cartera? La respuesta suele ser la segunda opinión, a la que recurren muchos que pasan primero por una etapa de negación natural, no por desconfianza en la ética del médico. Pero ni eso suele ser suficiente a veces.

Un amigo amaneció un día con una inflamación en la parte baja de la espalda. A todas luces, ese cuerpo extraño de perímetro irregular no era algo normal, como tampoco su crecimiento notable en esos días. Todo apuntaba hacia una inflamación, un quiste o un tumor (siempre suele haber alguien cercano a nosotros que conoce más términos médicos por una u otra razón). El primer doctor al que consultó mi amigo le dio la noticia: era un tumor benigno, pero debería ser operado de inmediato. Ante una noticia así, se suele actuar intempestivamente: médico y paciente ya comparaban agendas para calendarizar la operación. Una voz sensata en ese cuarto habló a favor de la segunda opinión. La maquinaria del quirófano se detuvo y mi amigo consultó a otro médico. Este también resolvió que lo mejor sería operarse, aunque la cirugía no era inminente, como sugería el primero. Con mayor tranquilidad, mi amigo dejó pasar un par de días para tomar una decisión.

Algunas semanas después de esa primera cita médica, el tumor había desaparecido. Literalmente. No quedaba rastro, al menos físico y visible, de la formación extraña que a todos había alarmado por su tamaño.

La pregunta inevitable fue la siguiente: ¿habían mentido los doctores sobre la necesidad de operarse? ¿Su decisión correspondía a criterios financieros o hipocráticos? ¿Tan endebles son los criterios médicos que suponemos avanzados e infalibles?

Mientras más nos esforzamos por saber, menos supimos.

Fe y medicina resultan ser más inseparables que irreconciliables.

Fe y medicina resultan ser más inseparables que irreconciliables.

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El Cafetín de las 5

Revista cultural con sede en la Ciudad de México. 25 de abril 2011
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